Reportaje especial
De regreso a la libertad y a la vida
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 | La mañana del 26 de febrero de 1990, tras conocerse la derrota del FSLN, de 110 reclutas de la Unidad Militar 26-05, en la RAAN, sólo quedaron 70 |
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El Servicio Militar enlutó a muchas familias nicaragüenses durante la cruenta guerra entre sandinistas y contras. |
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Ricardo Cuadra García ricardo.cuadra@laprensa.com.ni
La noticia nos tomó a todos desprevenidos. Nadie esperaba ese resultado, ni el más iluso de nosotros. La Unión Nacional Opositora (UNO), la “derecha” —como nos enseñaron a llamarla durante las centenares de horas que recibimos de instrucción política— aventajaba en votos al FSLN, según los primeros conteos realizados y dados a conocer por el CSE cerca de la medianoche del 25 de febrero de 1990.
Los más de cien “cachorros” que cumplíamos los dos años de Servicio Militar en la Unidad Militar 26-05, acantonada en la comunidad de Tuapí, a unos diez kilómetros de Puerto Cabezas, reaccionamos de diversas maneras ante el informe de esa noche.
Casi nadie durmió. Estábamos a la expectativa. Por supuesto que esa noche nadie reconoció haber votado por la UNO, pero sus puntos de vista y sus emociones delataban a algunos. Albergaban la esperanza de poder regresar a sus casas lo más pronto posible. La noche estaba envuelta en un manto de incertidumbre.
ORDEN POLÍTICA:“A VOTAR EN LA CASILLA 5”
La mañana del domingo 25 de febrero se programaron varios grupos para que fuéramos de manera escalonada a depositar nuestro voto a la comunidad de Tuapí. “Ya saben, a votar en la casilla 5”, nos dijo en tono de orden el político de la unidad, capitán Armando Castilblanco, cuando nos aprestábamos a cruzar en cayuco el río que separaba la Unidad Militar de la comunidad.
Cuando llegamos a la JRV nos entregaron las boletas electorales para elegir Presidente y Vicepresidente; diputados nacionales, diputados departamentales, y concejales (hay que recordar que ese año no se eligieron alcaldes, sino que sería decisión de los concejales electos nombrar a éste).
Los que tenían más de un año de estar cumpliendo el SMP en la denominada “VII Región Militar”, podían votar por los candidatos de esa región. Esta disposición era amparada en la Ley de Autonomía, que dicta que si una persona tiene más de un año de residir en la región es considerada “autónoma”. Mis 299 días de vida militar y de residir en esa región me impidieron elegir autoridades locales.
Al regresar a la Unidad, se nos concedió libre el resto del día para que hiciéramos lo que quisiéramos. Eso sí, no sin antes escuchar en formación al Jefe de Plana, quien aseguró —entre muchas cosas— que “los enemigos de la humanidad no lograrían acabar con el proyecto revolucionario”.
DESERCIONES AL POR MAYOR Y AL DETALLE
En la Unidad donde presté el Servicio Militar (especializada en artillería terrestre, donde había una docena de cañones soviéticos de 76 mm), las 24 horas del día teníamos que vigilar siete puntos estratégicos que bordeaban el campamento militar. Durante la noche se organizaban tres turnos de vigilancia, de cuatro horas cada uno.
A las seis de la mañana del 26 de febrero tenía que relevar al soldado que se encontraba en el principal objetivo que cubríamos: las bombas de INAA que abastecían de agua a Puerto Cabezas. Cuando llegué al sitio, busqué al soldado, pero no lo encontré.
Pensé que se había aburrido de esperar su relevo, porque para ser honesto, llegué como con veinte minutos de retraso, pero al poco tiempo llegó uno de los oficiales de la Unidad y me informó que todos los “cachorros” que estaban en el turno de las dos de la mañana a las seis habían desertado.
A medida que avanzaban los primeros minutos de la mañana se comprobó que casi la mitad de la Unidad había desertado. De los más de 110 reclutas del SMP en planilla, amanecimos sólo un poco más de setenta.
El fenómeno de la deserción, impulsado por la idea de que ya se había acabado el cumplimiento del SMP con el triunfo de la UNO, no fue exclusivo en la 26-05. En la Unidad Militar de Lamblaya, ubicada a tan sólo tres kilómetros de Puerto Cabezas (también de artillería, con cañones de 57 mm), más del 30% de los efectivos del SMP desertaron en la madrugada del 26 de febrero.
Igual sucedió en el Estado Mayor de la VII Región Militar, ubicado en Kambla, de donde decenas de jóvenes desertaron en horas de la madrugada. Poco a poco, las unidades vieron mermado el número de sus efectivos, en los días posteriores a las elecciones.
OFERTA DE SALARIOS
El EPS trató de frenar la oleada de deserciones, pues la situación para abril del 90 ya estaba fuera de control, al punto que las unidades contaban con menos del 40% del personal. Se nos informó entonces que “para garantizar el funcionamiento de las unidades”, teníamos la opción de firmar un contrato con el Ejército en el que nos comprometíamos a completar los meses que nos faltaban por cumplir el SMP.
El Ejército, en cambio, nos pagaría un salario de 9 millones de córdobas (de los resellados por supuesto), una cantidad muy por encima de lo que nos ofrecían en concepto de ayuda.
Aunque la mayoría de nosotros aceptó la propuesta, las deserciones no cesaron. Hasta nuestros oídos llegaron noticias de que ningún desertor era buscado por las autoridades militares. El nuevo gobierno cumplió su promesa de campaña y decretó la suspensión del SMP, los reclutamientos no continuaron y se podía andar sin ningún temor por las calles de la ciudad.
A finales de mayo la Unidad Militar # 26-05 no era ni la sombra de lo que antes fue. La vida militar en ese lugar había cambiado y la anarquía empezaba a gestarse. Para esa época éramos menos de quince reclutas los que aún permanecíamos en ese lugar, donde ya no se hacía “matutino” ni posta para resguardar los siete puntos estratégicos que antaño se cuidaban celosamente.
Fue en ese momento cuando, influido por mi mejor amigo, decidí abandonar el barco y regresar a Masaya, a disfrutar de los placeres de la vida civil. Así fue como un buen día, mientras estábamos de “pase” en Puerto Cabezas, hablamos con el propietario de un camión Kamaz, y acordamos que nos trasladaría a Managua por un millón de córdobas cada uno.
Los casi 600 kilómetros de distancia que separan Masaya y Puerto Cabezas fueron recorridos en dos días.
Después del nacimiento de mi hijo, ese es otro de los días más felices de mi existencia, porque significó mi regreso a la libertad y a la vida. Atrás quedó mi carné de recluta No. 4002603. 
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