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MARTES 18 DE SEPTIEMBRE DEL 2001 / EDICION No. 22495 / ACTUALIZADA 4:00 am

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Las distintas formas del terror

Luis Sánchez Sancho*
luis.sanchez@laprensa.com.ni

Hoy hace una semana desde que ocurrieron los monstruosos atentados terroristas contra el World Trade Center, en Nueva York, y el Pentágono, en Washington D.C. Pero la humanidad —salvo el sector minoritario, deshumanizado, fanático e insensato que integran los terroristas y sus protectores, aliados y amigos—, sigue conmovida por la mortandad y la destrucción que causaron los atentados terroristas e indignada contra quienes los planearon, organizaron y ejecutaron.

En realidad, cualquier acto terrorista es, por su propia naturaleza y fines, inhumano, criminal, cobarde y despreciable. En general toda forma de violencia entre y contra los seres humanos es injustificable y reprobable. Pero hay una gran diferencia entre un acto de guerra regular o irregular —dirigido contra objetivos militares y combatientes enemigos—, y cualquier acción terrorista —secuestro, ametrallamiento, bombazo, etc.— perpetrada contra la libertad, la seguridad, la integridad y la vida de personas inocentes, que son ajenas a los conflictos y a los motivos que invocan los terroristas para justificar sus alevosos atentados.

Personalmente yo fui víctima del terrorismo, cuando en agosto de 1993 un comando de terroristas sandinistas me secuestró durante varios días junto a otras personas, incluyendo al entonces vicepresidente de la República, Dr. Virgilio Godoy. Y aunque nada justifica ninguna clase y forma de terrorismo, nosotros estábamos involucrados en un conflicto político y fuimos secuestrados para hacernos desistir de la demanda de una asamblea constituyente, que no le convenía ni gustaba a los sandinistas.

Sin embargo, el daño que el secuestro y cualquier otra forma de terrorismo causan a los sentimientos humanos es devastador. Sin dudas que los secuestradores igual que todos los demás terroristas son psicópatas, personas mentalmente enfermizas que sienten placer con el terror que provocan a sus víctimas. Durante el secuestro de la UNO vi colapsar el sistema nervioso de algunas personas que ahora son arrogantes funcionarios del gobierno liberal, y los secuestradores gozaban con su sufrimiento. Aunque fueron sorprendidos por la actitud personal del Dr. Virgilio Godoy, quien rechazó resueltamente sus ultrajes. Pero casos como éste son muy raros en las situaciones de secuestro y de cualquier otro acto de terrorismo. Lo “normal” es que las víctimas se aterroricen. Para eso, precisamente, es el terrorismo.

Ahora bien, a pesar del horror que provoca el terrorismo, cualquiera que sean su forma y la magnitud de sus consecuencias, la verdad es que un secuestro como el que perpetró el comando de terroristas sandinistas contra la UNO, en agosto de 1993, fue muy poco, comparado con cualquier atentado que causa la muerte de seres humanos, ya no digamos la espantosa tragedia del martes 11 de septiembre en Estados Unidos de Norteamérica.

Por otro lado, los terroristas no lo son porque pertenezcan a una determinada nacionalidad, religión o corriente política. Son terroristas porque odian al ser humano; porque son fanáticos; porque se convierten en “frías máquinas de matar” como según el Che Guevara debían ser los “verdaderos revolucionarios”; porque son fanáticos, inhumanos y enemigos mortales de la libertad. Terroristas hay en la extrema derecha y en la ultra izquierda; entre los fascistas y los comunistas; son árabes, asiáticos, latinoamericanos, africanos, europeos o anglosajones (como Timothy McVeight, el terrorista norteamericano que demolió con una enorme bomba el edificio federal “Murrah” de Oklahoma, el 19 de abril de 1995, y mató a 168 personas, inclusive 19 niños de 5 años y menos); e incluso nicaragüenses, como los que secuestraron a los dirigentes de la UNO en agosto de 1993.

A pesar de que algunos terroristas invocan a Dios para justificar sus demenciales acciones, no es justo culpar a los árabes en general ni a la religión islámica en particular por los sanguinarios ataques terroristas del martes pasado en Nueva York y Washington D.C. “Todo aquel que mate a un solo ser humano, sin derecho alguno, es como si hubiese matado a toda la humanidad”, dice uno de los versículos del Corán.

De manera que lo que hay que hacer es aislar, perseguir y castigar a los verdaderos terroristas, independientemente de su nacionalidad, religión y filiación política. Y desenmascarar a sus amigos encubiertos, que “condenan” verbalmente la matanza del 11 de septiembre pero que en realidad están de fiesta por ella.

* El autor es editor de Opinión de LA PRENSA  
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