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MARTES 18 DE SEPTIEMBRE DEL 2001 / EDICION No. 22495 / ACTUALIZADA 4:00 am

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Necesitamos una nueva seguridad mundial

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.Se requiere imperiosamente cambiar conceptos, doctrinas y prácticas

Rafael Grasa.

 

Rafael Grasa (*)
ESPECIAL PARA LA PRENSA

Menudean las afirmaciones de que nada será igual en la agenda internacional, en particular en la dimensión de seguridad, tras los atentados. La afirmación, empero, no es totalmente cierta.

Lo sucedido y las primeras reacciones y medidas políticas permiten verificar cambios ya presentes, así como constatar algunas tendencias contradictorias y algunas novedades.

FENÓMENOS GLOBALES QUE SE CONFIRMAN

Entre las constataciones o verificaciones, algunos fenómenos ya señalados por los analistas: el estrecho vínculo entre política, seguridad y economía; la pérdida de monopolio de los medios de violencia masiva por parte de los Estados; el papel creciente y protagónico de los actores no estatales, solos o en conexión con estados, en particular de “ejércitos” ligados a mafias, narcotraficantes u organizaciones que recurren a formas clásicas y antiguas de terrorismo (sembrar terror indiscriminado, no selectivo, para socavar el sistema y valores dominantes); la cuasi desaparición de los conflictos armados entre estados, sustituidos por formas de violencia intraestatal o por nuevas formas de agresión, basadas en la extrema vulnerabilidad de las sociedades postindustriales, formas de violencia para las que casi no existen instrumentos jurídicos internacionalmente válidos; la presencia en la concepción de la seguridad de dimensiones sociales o económicas, parcialmente solapadas con la dimensión militar, con una mezcolanza heterogénea de riesgos, imposibles de abordar a la vez con los mismos instrumentos.

NOVEDADES GLOBALES

Entre las novedades, la constatación de los enormes agujeros de seguridad interna e ineficacia de los servicios de información de la única superpotencia militar, que auguran cambios radicales y rápidos, o la dolorosa aceptación en curso de que se había menospreciado la amenaza terrorista en las doctrinas de seguridad internacional occidentales elaboradas en los años noventa, y de que la amenaza viene a veces de grupos que inicialmente recibieron apoyo occidental.

Por un lado, basta con recordar que algunos de los grupos palestinos o islamistas más radicales que operan en Oriente Medio fueron apoyados en sus inicios por Israel, al igual que el grupo de Bin Laden fue adiestrado por la CIA, cuando combatía la ocupación soviética de Afganistán.

Por otro, la casi nula presencia del terrorismo en el Concepto Estratégico vigente de la OTAN, aprobado en 1999 como modificación encubierta del tratado fundacional, y obsesivamente centrado en la intervención fuera del área territorial aliada o en operaciones fuera del artículo 5, es decir, actuaciones no ligadas precisamente a “ataques armados contra una o varias de las partes” (es decir, contra sus territorios estrictos o buques o aeronaves en determinadas zonas, artículo 6). Sólo el epígrafe 24 menciona el terrorismo, en el contexto de “riesgos de naturaleza amplia” del contexto global.

Entre las tendencias contradictorias, aún titubeantes, el “silencio” o escasa visibilidad de Naciones Unidas (pese a la Resolución del Consejo de Seguridad del 12 de septiembre, un día tras el atentado), o la cautela en la actuación (en lo declarativo) de Estados Unidos, muy alejada de momento del ataque de Clinton a Sudán buscando a Laden.

DOS ASUNTOS POLÉMICOS

Dos cosas, empero, merecen destacarse como preocupantes. Primero, el intento de forzar a los aliados (la reunión del Consejo Atlántico no fue tan plácida como ciertos medios reflejan) a considerar los atentados como un acto de guerra, un “ataque armado” susceptible de poner en funcionamiento el artículo 5 del tratado fundacional de la Alianza Atlántica.

Dicho artículo permite considerar ese ataque como un ataque a todos los aliados que puede permitir incluso la respuesta armada, eso sí, dentro de los límites de la Carta de las Naciones Uniones (artículo 51, que reconoce el derecho de legítima defensa individual o colectiva), pero con una respuesta discrecional (nunca automática, como recuerda el comunicado público y olvidan citar algunos medios y ministerios de Exteriores), es decir, según las medidas que cada aliado considere oportunas.

Tras ese intento parece subyacer la preparación de una operación armada multilateral amparada en la doctrina de guerra justa. Segundo, la poca reflexión autocrítica sobre los efectos perversos de tozudas políticas exteriores, en particular la poca decisión de resolver de forma justa el conflicto de Oriente Medio, un conflicto regional que se ha convertido en el principal agente globalizador de la seguridad internacional de las últimas décadas.

En suma, novedades importantes, necesidad imperiosa de cambiar conceptos, doctrinas y prácticas, pero fuertes inercias y derivas en la vieja dirección, la que concibe la seguridad con lógica de bloques y guerra fría.

VIEJAS RECETAS A NUEVOS PROBLEMAS

La tentación recurrente en la última década y de nuevo en estas primeras horas, de seguir tratando fenómenos en buena medida nuevos con recetas del pasado, con predominio de la lógica militar o de contrainsurgencia: costosos programas armamentistas que buscan protecciones absolutas, infiltración e inteligencia que permita abortar antes de que actúen las eventuales amenazas, creciente intervencionismo armado, y recurso a las doctrinas de guerra justa más allá de lo previsto en la Carta de las Naciones Unidas.

(*) El autor es catedrático y director del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Es un destacado experto europeo en resolución de conflictos. Ex director de la Cátedra de Paz y Derechos Humanos de la UNESCO en la UAB.  
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