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MARTES 18 DE SEPTIEMBRE DEL 2001 / EDICION No. 22495 / ACTUALIZADA 4:00 am

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Ilustres desconocidos

LA PRENSA publicó el domingo pasado un reportaje sobre la elección de diputados en Nicaragua, basado en un estudio del Instituto de Estudios Nicaragüenses (IEN), en el que se informa que en su mayoría los ciudadanos (60%) no conocen a los candidatos a diputados que “elegirán” el próximo 4 de noviembre.

En realidad, para que la gente pudiera elegir a los diputados entre personas conocidas que tengan mejor posibilidad de desempeñar su trabajo con eficiencia y honestidad, habría que eliminar el actual sistema de elección mediante listas cerradas impuestas por los partidos, y adoptar el procedimiento de elección uninominal que permite a los ciudadanos votar directa y personalmente por sus candidatos preferidos.

La diferencia fundamental entre el sistema actual de votar por una lista de ilustres desconocidos, y el de hacerlo en distritos pequeños que eligen cada uno de ellos a un solo diputado, radica en que en el primero el control de la política lo ejercen absolutamente los partidos, y en el segundo tienen que compartirlo con los ciudadanos.

Actualmente la gente vota por un partido o por otro. Los que manejan el partido deciden quiénes integran las listas de candidatos, en qué orden, cómo se distribuyen los recursos de la campaña, etc. Los candidatos están sujetos a la voluntad de la cúpula o, peor aún, del cacique del partido, antes y después de las elecciones. Cualquier discrepancia, inclusive no ser de confianza de los caciques puede ser castigada con la exclusión. El sistema es degradante. Los diputados responden a su partido, y en muchos casos a su cacique, antes que a los ciudadanos que los eligen y a su propia conciencia.

En cambio, en un sistema uninominal se establecen distritos pequeños. En cada uno de los distritos se elige a un sólo diputado. Así el ciudadano tiene la posibilidad de conocer mejor al candidato por el que votará y luego la gente puede ejercer un adecuado control sobre el diputado. Cuando hay un solo diputado al que recurrir, los ciudadanos del distrito pueden pedirle que vote favorable o desfavorablemente determinadas leyes y exigirle explicaciones por el control que ejerce o deja de ejercer sobre los funcionarios de los demás poderes, y sobre sus propios colegas. Además, en cada distrito la gente puede seguir de cerca el comportamiento público y personal de su diputado y observar si cambió bruscamente su nivel de vida desde que fue elegido. Y le puede exigir que muestre su declaración de probidad, y no volver a votar por él si no lo hace.

Por otro lado, no es cierto que el sistema uninominal perjudica a los partidos pequeños al no permitir la representación proporcional. La verdad es que si los distritos son pequeños y en ellos se postula un solo candidato por cada partido, la gente vota directamente por las personas y las fuerzas políticas intermedias y minoritarias tienen tantas posibilidades como las más grandes.

Por supuesto que para el mejor funcionamiento del sistema uninominal de elección de diputados, es conveniente, aunque no indispensable, que los partidos escojan a sus candidatos en elecciones primarias. Y lo ideal sería que, como en Estados Unidos, cualquier persona pudiera postularse por su propia cuenta en las primarias, bajo la bandera de cualquier partido.

El Partido Conservador ha anunciado que el próximo año presentará un proyecto de ley para adoptar el sistema de elección municipal. Algunos candidatos sandinistas se han pronunciado también en ese sentido. Pero los liberales no han dicho nada acerca de esto. En cualquier caso, ojalá que quienes promueven el cambio de sistema electoral de los diputados tengan éxito, aunque, como lo mejor es enemigo de lo bueno, se podría adoptar un sistema mixto que en todo caso sería preferible al antidemocrático procedimiento que existe hasta ahora.

Pero el principal problema que sufre la democracia de Nicaragua —atrapada en el círculo de hierro del pacto bipartidista entre los caciques Arnoldo Alemán, “liberal”, y Daniel Ortega, sandinista—, es que en general los políticos nicaragüenses no son verdaderamente demócratas. Ellos no toman el poder para servir al público sino para hacer del gobierno un modo de vida, imponer su autoritarismo y enriquecerse por medio de corruptos negocios personales.  
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