Desde la cueva
Jugar o no jugar
Tito Rondón tito.rondon@laprensa.com.ni
Existe una tendencia ante una desgracia masiva de parar las actividades de la vida diaria. Para muchos eso se hace por respeto a los muertos, o sea por luto. Para otros, por miedo a que se repita la desgracia. Para aún más, para dejar que se normalicen las cosas.
Eso precisamente es el punto; si no se reanudan las actividades de diario las cosas no vuelven a la normalidad. Eso causa, por supuesto, que se agranden las consecuencias negativas de la desgracia original.
La primera vez que estuve en esa disyuntiva fue en una residencia universitaria en España. Un estudiante guatemalteco había fallecido. Una tristeza inmensa se apoderó de todos los residentes en el lugar.
Para dar tiempo a que llegaran los familiares los restos se velaron en una habitación contigua al gimnasio. Unos estudiantes me hablaron para pedirme consejo (ya era un veterano de 20 años); me dijeron que ellos jugaban baloncesto en el gimnasio por hacer ejercicio, por cuidar su salud, que necesitaban ejercitarse pero que sentían que si jugaban le faltaban el respeto al fallecido y a sus familiares.
Después de pensarlo un rato se me ocurrió preguntarle imaginariamente al estudiante muerto su opinión. Resulta que estudiaba medicina; no dudé en pensar en que estaría del lado del ejercicio y la salud.
Mi consejo fue de jugar, pero sin gritar más de los necesario y sin chistes en voz alta para no molestar a los familiares. El encargado de la residencia estuvo de acuerdo y así se hizo.
La siguiente gran crisis fue el terremoto de Managua de diciembre de 1972.
¿Qué hacer? ¿Se tendría que aplazar por meses el comienzo de la temporada de béisbol de Primera División de 1973?
Pensé en Tatabucho vendiendo maní, en la Conchita Pravia, en la Marucha y la Jocota en Granada, la Gordita en Masaya, en los taquilleros, los taxistas, los pasabolas. Sentí que teníamos que jugar beis lo antes posible, lo contrario sería extender los efectos del terremoto y llevarlo a un grupo de gente que no necesariamente lo había vivido.
He pensado mucho, y he llegado a la conclusión que eso es lo correcto. Después de un duro golpe, hay que volver a la normalidad lo antes posible. Con el máximo respeto posible, pero hay que reanudar las actividades cotidianas.
Pasó lo mismo cuando la guerra en 1979, y cuando el Mitch nos atacó con furia en 1998. No haber reanudado el béisbol y demás deportes hubiera sido empeorar la situación.
Me decía Bayardo Cuadra que eso mismo pensó él cuando el terremoto, que debía empezar lo más pronto posible el beis.
Lo mismo con las Grandes Ligas y el cobarde ataque a las Torres Gemelas. Dejar que sufran los que dependen de la actividad económica generada en torno a los partidos es ayudar a los terroristas. Bienvenidas las Mayores. 
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