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LUNES 17 DE SEPTIEMBRE DEL 2001 / EDICION No. 22494 / ACTUALIZADA 12:36 am

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Estados Unidos y la libertad

Jorge Salaverry
jorgesal@cablenet.com.ni

“La libertad ha sido atacada esta mañana por cobardes sin rostro, y la libertad será defendida”. Con esas palabras el Presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, se dirigió a la ciudadanía a tan sólo unas horas de ocurrido el ataque terrorista contra su país el martes pasado. Esa misma noche, en un breve y enérgico discurso desde la Casa Blanca, repitió el mensaje: “Defenderemos la libertad y todo lo que es bueno y justo en nuestro mundo.” Bush tiene claro que lo que está en juego en la guerra recién iniciada es la libertad misma. O se preserva, o se pierde.

Estados Unidos es un país fundado sobre un principio esencial al hombre: la libertad. Y se trata de una libertad muy concreta: la libertad individual. Dice su Declaración de Independencia: “Nosotros sostenemos estas verdades como evidentes; que todos los hombres han sido creados iguales, y que han sido dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre ellos, la vida, la libertad, y la búsqueda de la felicidad.” Contra esa proposición —que es inspiración y fundamento a la vez— lanzaron sus ataques los terroristas. Estados Unidos no tiene más alternativa que luchar con todas sus fuerzas para defenderla y preservarla.

No será la primera vez que lo haga. En el pasado ese país ha derramado, no una, sino varias veces, la sangre de decenas de miles de sus ciudadanos para preservar al mundo libre de totalitarismos. Nosotros mismos contamos con su apoyo para sacudirnos a un gobierno totalitario. Es por eso que todos aquellos que amamos la paz, la libertad, y la vida civilizada, sentimos cariño y respeto por esa gran nación, y por eso mismo, los que se regodean con los regímenes opresivos sienten un odio visceral contra ella.

Atacar y condenar a Estados Unidos es un acomplejado pasatiempo con el que se entretienen muchos en el mundo entero, especialmente los intelectuales de izquierda. “El Gran Satanás”, lo llaman los radicales en el mundo árabe. En el himno sandinista se le llama “enemigo de la humanidad”. No dudo de que en Nicaragua hay algunos que en el fondo están felices con los atentados terroristas ocurridos en Washington y Nueva York. No obstante, “las circunstancias” les impiden expresar ese gozo; antes bien los obliga a expresar fingidas condolencias. Hasta los articulistas de un diario local se han visto afectados por “las circunstancias”. No hayan que decir. Saben que si condenan con energía los atentados, sonarían más falsos que una moneda de tres córdobas; y lo que es todavía peor, no sabrían cómo justificar su condena sin parecer que defienden a Estados Unidos o que reprueban a ciertos líderes y países que apoyan el terrorismo y que ellos admiran.

Creo que es justo y necesario reconocer a Estados Unidos por lo que en realidad es: un gran país en todo sentido. No es perfecto, porque ninguna creación humana lo es, pero sí es el país más libre de la Tierra, y el que más calurosamente ha acogido a millones y millones de seres humanos de todo el mundo que han llegado a él en busca de una mejor vida. Estoy seguro que asimismo piensan decenas de miles de hermanos nicaragüenses que viven allá y que han logrado hacer una vida honrada y de provecho para ellos y sus familias. Con gusto y convicción me suscribo a lo que Gordon Sinclair, un periodista canadiense, dijera en un famoso comentario radial en 1973: “Este canadiense piensa que es tiempo de hablar alto por los estadounidenses como el pueblo más generoso y menos apreciado de la Tierra”. Así es la vida.

Pero dejemos de lado por un momento lo que es un asunto de honrosa y legítima gratitud, y pensemos en términos prácticos. A Nicaragua, y a todos los nicaragüenses de buena voluntad, nos conviene que la guerra que ha empezado —que no será fría, sino oscura y dolorosa— la gane la coalición de países que se está formando para impedir que el mundo sea sometido por la barbarie. Consecuentemente, la resolución de nuestro país de ponerse del lado de quienes librarán la batalla contra el terrorismo debe ser invariable. Nicaragua no debe ser convertida otra vez en cueva ni en santuario de terroristas como lo fue en la década de los ochenta cuando los sandinistas tuvieron el poder. Después de todo, es un asunto de dignidad, de sentido común, y de amor a la vida civilizada y a la libertad.

El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la U. Thomas More.  
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