Reportaje Especial
Testimonios de guerra
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 | Mulukukú provoca sentimientos encontrados. Igual que el Servicio Militar. Mientras para muchos jóvenes es sinónimo de amargas experiencias; para otros, en menor número, es motivo de orgullo y hombría. |
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Muchachos del SMP destazan un animal para alimentarse. Para muchos, esta experiencia militar fue una escuela de la vida, en cambio para otros, la pérdida de ésta. |
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Orlando Valenzuela orlando.valenzuela@laprensa.com.ni
MULUKUKÚ, RAAS.- En la década de los ochenta, miles de jóvenes de toda Nicaragua llegaron hasta aquí en camiones militares, algunos lanzando consignas revolucionarias; otros, serios, callados, y con miradas de preocupación. Comenzaban así sus dos años de Servicio Militar, y la incertidumbre era el sentimiento que invadía a la mayoría de ellos, ya que la sola idea de participar en una guerra cruenta, hacía meditar hasta al más inquieto.
Llegaban a completar un curso de preparación combativa de tres meses de duración a la Escuela de Mulukukú, la cual, según la propaganda de la época, fue una de las mejores del país en lo que respecta a lucha irregular. Aquí, igual que en otras tantas, permanecieron asesores militares cubanos como instructores de preparación combativa.
No hay datos oficiales disponibles de cuántos jóvenes pasaron por esa escuela militar, sólo se estima que fueron miles, como miles son los recuerdos que quedan en la memoria de aquellos que cumplieron su Servicio Militar, porque consideraron que era un deber ciudadano o bien, porque fueron reclutados contra su voluntad.
CUMPLIÓ DOS VECES
Oscar Danilo Morales, habitante de esta zona rural, tenía 15 años cuando se integró voluntariamente a las Milicias Populares Sandinistas en el reparto San Carlos, de León. Con entusiasmo fue a pasar un curso de preparación militar de tres meses en la Escuela “Carlos Agüero” (ECA), de donde fue trasladado a Cosigüina a dar entrenamiento a otros milicianos.
De allí fue enviado a la base de Waswalí, Matagalpa, donde le comunicaron que a partir de ese momento pasaban a ser miembros de un batallón de reserva, que operaría en la zona de Waslala, para enfrentar al Comando Regional del FDN “Jorge Salazar”.
“Mi primer combate fue como miliciano, en el lugar conocido como Barrial del Colorado, cerca de Dipina, a las diez de la mañana”, recuerda Oscar, y continúa: “Jamás en mi vida había sentido la refriega de balas, allí es donde la adrenalina se te trepa al mil por uno. No se sabe ni qué hacer, ni las ordenes se escuchan, es un nerviosismo tremendo. Fueron como 45 minutos, larguísimos... la sed era bárbara, los labios se te secan, el humo de la pólvora te envuelve y sólo te queda disparar, disparar”.
Librando combate tras combate, Morales asegura que se voló dos años, así que les solicitó a sus jefes que le convalidaran ese período como su Servicio Militar Patriótico. Se lo aceptaron y regresó satisfecho a su casa.
Su alegría no duró mucho, pues al mes de estar en su casa, le llegó una cita donde le ordenaban que se presentara a cumplir su Servicio Militar. “Yo me enojé, les dije que estaba claro del cumplimiento de la Ley, pero estaba molesto, no con la institución, sino con el mando que miraba el área de reclutamiento, porque ellos sabían que yo ya había cumplido mis dos años y no se tomó en cuenta”, relató Oscar.
Ya como recluta, lo enviaron a recibir un curso de Lucha Irregular en la V Región (Chontales y Boaco), donde formó parte de los “Pintos” de las Tropas “Cristóbal Vanegas” y fue trasladado a Bluefields, en la Costa Atlántica.
Entre algunos operativos donde participó, Oscar recordó la persecución al grupo de “contras” que atacó e incendió el barco “Expreso de Bluefields”, el operativo “Soberanía” contra las fuerzas de ARDE comandadas por Edén Pastora, y el apoyo a los Batallones Ligeros Cazadores que derribaron el avión del mercenario norteamericano Eugene Hassenfus, en 1986.
Tampoco olvida cuando vio morir al primer compañero de batalla. “Los contras se retiraron al ver que nos llegaba apoyo, pero sólo hicieron el simulacro, pues cuando ya estábamos confiados, nos empezaron a disparar y le pegaron en el abdomen y la parte trasera de la cabeza a un compañero, Víctor Romero, de Santa Lucía”, recordó.
“Estuvo tres días grave, y como era una zona impenetrable, empezamos a improvisar una pista para que llegara un helicóptero a traerlo... recuerdo que el mismo día que murió, él me dijo que siguiéramos luchando, que no dejáramos que el enemigo se tomara la posición. Lo primero que le da a uno es una tristeza profunda, ver a un compañero morir, se te va un amigo, es alguien a quien ya no tenés”, añadió.
“Pienso que eso nunca debió suceder, no valió la pena, nos fuimos a la guerra y terminamos con la guerra, pero después vino la decisión del pueblo en el 90 y volvimos casi al mismo sistema que combatimos, los pobres hoy están igual o peor que hace veinte años”, concluyó.
ALSMP PARA EVITAR SER ASESINADO
Más que un acto de compromiso con la Revolución Sandinista o por cumplir una Ley, Mercedes Soza Prado se integró al Ejército como única alternativa para proteger su vida.
Cuenta que todo sucedió cuando los “Milpas”, que fue el embrión de lo que después se convertiría en la “contra”, mataron por denuncias a un tío suyo, y vio en peligro su propia vida. “Como empezaron a matar a mi gente, yo dispuse irme al Ejército, aunque no tenía la edad todavía”, refirió a LA PRENSA.
Durante buen tiempo anduvo de escolta de un capitán, y cuando tuvo la edad del Servicio Militar lo integraron a las tropas acantonadas en Río Blanco, de donde lo mandaron a un curso de seis meses de preparación para tropas especiales en la Escuela del Mombacho, Granada, de donde luego lo enviaron a operar en Mulukukú.
“Cuando andaba como escolta la pasaba bien, pues comía buena comida y dormía tranquilo porque no hacía turnos, como que estaba en mi casa, pero cuando entré al Servicio Militar, allí empecé a morder el leño”, relató.
“Mi primer combate como SMP lo tuve en Caño Negro. Íbamos por el camino cuando los “contras”, que estaban en unos cerros, nos emboscaron, y combatimos desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde, allí nos mataron a un teniente, jefe de pelotón, a quien conocía de cara”.
“Ese día me dio un escalofrío en todo el cuerpo, pero cuando ya entra uno en fuego, se le quita el miedo. Yo andaba 700 tiros en mi mochila, 500 gasté en ese combate. Cuando todo terminó, nos sentimos alegres porque habíamos salido con vida del primer combate. Después no le teníamos miedo a nada, peleábamos de pie, habíamos agarrado valor”, señaló.
Mercedes recordó que en una ocasión fue herido en el pie derecho durante una emboscada, cuando se trasladaba de Matagalpa a Mulukukú, motivo por el cual estuvo seis meses internado en el Hospital de Apanás.
Sobre todo lo vivido reflexiona: “La Contra nos quemó la casa, mal vendimos la finca. Ahora no tenemos nada, sólo las manos libres para trabajar, por eso fue que me metí al Ejército, para que no me mataran como garrobo, fue por defensa, no porque yo haya querido ir a la guerra. Pero... creo que valió la pena, porque teníamos que defender a Nicaragua, si no la defendíamos nosotros, ¿quién la iba a defender?, se preguntó.
Actualmente trabaja como albañil en Mulukukú.
RECLUTADO A LA BRAVA
A Teodoro Sánchez Espinoza la vida no le ha sonreído. Cinco años atrás le secuestraron un hermano, y para rescatarlo su familia tuvo que vender todos sus animales, ahora vive en una casa donada por Hábitat, la que tiene que pagar a veinte años de plazo. Para colmo, está en el desempleo.
Teodoro tenía 17 años en 1983, cuando un día que venía tranquilo de Matiguás a visitar a su mamá en Mulukukú, al pasar por un retén militar ocurrió un hecho que marcó el curso de su vida. “Eran como las 10:00 a.m. cuando los soldados detuvieron el camión de pasajeros, me pidieron identificación, y me preguntaron que cuántos años tenía, y como les dije que tenía 17, me dijeron que los acompañara a la Brigada 361, en Matiguás”.
“De ahí me mandaron a entrenamientos militares, y en menos de una semana me enseñaron a usar armas de diferentes tipos, luego me enviaron al Batallón de Ligeros Cazadores “Ernesto Cabrera Cruz, Cabrerita”, ubicado entre Río Blanco y Matiguás. Allí me equiparon con AK-47, 300 tiros, entre trazadoras y ordinarios, uniforme, capote, botas y todo lo demás”, recordó.
Fue designado sargento de una compañía de morteros, que cargaba cuatro unidades de 82 milímetros, responsabilidad en la que estuvo por unos seis meses. Sin embargo, en su primer mes del Servicio Militar tuvo su bautizo de fuego.
“Fue en las faldas del Cerro Musún, como a la una de la tarde. La primera vez se siente miedo, uno no quiere ni levantar la cabeza, pero los más veteranos te dan ánimo, te dicen: ‘¡Tire jodido, tire!’ El mismo olor a pólvora te quita el nervio, y en el próximo combate ya uno puede levantarse y disparar de pie, y así va agarrando uno valor y avanza de frente hacia el enemigo”, aseguró.
Pero ese día vio también la muerte de frente. “Murió un compañero nuestro. Fue algo triste, daban ganas hasta de llorar de arrecho. Me acuerdo que antes de morir, ese compañero nos decía que siguiéramos adelante, que cumpliéramos los dos años, que tuviéramos ánimos”.
En sólo año y medio estimó que participó en 160 combates. “Había veces que combatíamos hasta tres veces al día, en ocasiones nos tocaba pelear con gente buena de la Resistencia, en combates de hasta tres horas”, refirió a LA PRENSA.
Haciendo una pausa, Teodoro analizó los sucesos de aquellos años y fue categórico: “Uno luchaba por amor a algo, por defender la Patria, para que mis hijos tuvieran educación, salud, por eso me sentía bien, pero platicando con amigos de la Resistencia, creo que luchábamos por los mismos ideales”.
“Al final, expusimos nuestro pellejo por esos ideales justos, pusimos los muertos, pero otros son los que se están beneficiando, por eso pienso que la guerra, por ningún motivo es buena para nadie.”, concluyó.
Teodoro actualmente es Delegado de la Palabra de la Iglesia Católica.
DESMINADO MULUKUKÚ
El ambiente es desolador, en la entrada a la antigua base, ahora copada de pequeños negocios, un pedazo de carrocería de vehículo militar es lo único que relaciona este lugar con su pasado.
A un lado, las ruinas del galerón de tablas; al otro, viejas casas de palma donde viven varias familias humildes que se afincaron después del paso del huracán “Joan”, en 1989.
En la colina que domina la entrada al poblado, soldados de la Unidad de Desminado del Sexto Comando Militar de Matagalpa continúan con sus labores de “limpieza” de los alrededores de la antigua base castrense.
Ya no se oyen voces de mando ni rugir de helicópteros, ni tampoco los ruegos de madres pidiendo información sobre sus hijos. Tampoco queda en pie ninguna de las covachas de madera donde dormían los reclutas. Lo único que a lo lejos se divisa son las trincheras y zanjas de comunicación perdidas entre el monte. 
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