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LUNES 17 DE SEPTIEMBRE DEL 2001 / EDICION No. 22494 / ACTUALIZADA 12:36 am

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Nica entre víctimas

Foto  
.Era carpintero y trabajaba en el piso No. 100 de la segunda torre cuando se estrelló el avión
.Antes del impacto, describía a su esposa por teléfono lo que estaba sucediendo en la torre vecina

Mauricio González, el joven nicaragüense que se encontraba en el piso No. 100 de una de las torres al momento de la tragedia, aparece aquí, al centro, en una foto familiar, con sus padres Corina Gutiérrez de Murillo y Carlos Murillo.

 

Mariana Vilnitzky
Especial para LA PRENSA

NUEVA YORK.- Mauricio González, un joven hijo de nicaragüenses pero nacido en Estados Unidos, está desaparecido desde el pasado martes, después de los ataques a las torres del Centro Mundial del Comercio en Nueva York.

Mauricio tiene 27 años y es carpintero. Ese día se encontraba trabajando, de casualidad, en el piso 100 de la segunda torre atacada. Cuando el avión hizo impacto en el primer edificio, Mauricio hablaba por teléfono con su esposa. Le decía que podía ver lo que estaba sucediendo en la torre de enfrente. También le decía que esperaba salir con vida, pero que la situación era difícil, y que en el caso de que no lograra salir, le hacía saber cuánto la amaba. En ese momento la comunicación se cortó. Su familia pudo ver, por televisión, cómo el segundo avión entraba en la estructura de la torre donde él se encontraba.

No se lo volvió a ver. El cuerpo no ha sido encontrado entre las ruinas. Su madre, Corina Gutiérrez, oriunda de Granada, se niega a darlo por fallecido, y ha repartido la foto de Mauricio por donde ha podido.

En embajador nicaragüense ante la ONU, Eduardo Sevilla Somoza, dijo no conocer el caso de González ni de ningún otro nica afectado directamente, pero aseguró estar a disposición de la familia para apoyarla en la búsqueda de información.

Sin embargo, recordó que el alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, considera que es casi imposible que alguna de las personas que estaban en los pisos superiores a la zona de impacto haya sobrevivido. “Hasta ahora no se ha encontrado a nadie vivo de esos pisos”, dijo.

Ana Rosa Mayorga, una señora criada en Matagalpa, pero residente desde hace años en Estados Unidos, la vivió. Estaba trabajando en la calle 72 de Manhattan (del lado contrario a donde ocurrió el doble atentado), cuando la dueña de la casa donde trabajaba encendió el televisor. Ana Rosa continuó con su labor mientras observaba, a ratos, la pantalla. Todavía no había comprendido bien qué era lo que estaba ocurriendo, cuando vio derrumbarse la primera torre, y se dio cuenta de que su hija, Lucía, se encontraba en una escuela cercana al lugar de los hechos. Ahí mismo dejó todo y salió sin pensarlo.

“Me sentía que no estaba en Manhattan —recuerda Ana Rosa— la gente chocaba, iba corriendo de aquí para allí. No había buses ni forma de movilizarse, y yo caminaba para tomar aire y volvía a correr como una loca. Me imaginaba mil cosas. Estaba desesperada y lloraba sin parar”. Ana Rosa cruzó la isla de Manhattan a pie, y en 45 minutos llegó a la escuela de su hija, donde la encontró cuidada por los maestros. “Nunca pensé que podría correr tan rápido. Fue una pesadilla”.

Pero aun y para los que no se encontraran en pleno centro del episodio, la pesadilla no terminó. Continúa en el recuerdo y en la incertidumbre de una futura guerra mundial. Doña Callita Brenes, de Granada, y su esposo Hugo Meneses, de Managua, residen desde hace más de 10 años en Nueva York, y a pesar del miedo han decidido seguir allí.

“Estamos asustados. Ésta es la primera vez que pasa una cosa así aquí. La gente de Nueva York no está acostumbrada a vivir entre la vida y la muerte. Es diferente que en un país como el nuestro. Definitivamente, hay un antes y un después de los atentados en Nueva York. Antes la gente era más fría, y de pronto parece haberse vuelto más humana. De todas maneras, muchos se fueron. Nosotros seguiremos aquí”, dice Hugo, que se encontraba frente a la isla de Manhattan viendo cómo caían las dos torres, y sin poder comunicarse con su familia en la isla. Los puentes estaban cerrados y los móviles habían colapsado. Su esposa Callita había visto los derrumbes y el humo desde su oficina. Se encontraba lejos del centro, y su hijo aún más lejos, pero de todas maneras salió en su búsqueda.

“Al principio, cuando vi lo del primer avión pensaba que era un jet con un piloto borracho. Después, cuando por fin Hugo pudo comunicarse conmigo, me avisó que había sido un atentado terrorista, que buscara a mi hijo Adham en la escuela y comprara la mayor cantidad de comida posible para llevar a casa”, recuerda con estrés Callita.

Hugo continúa preocupado por la posibilidad de que sigan los ataques. “En realidad, nosotros tenemos terror a la represión que puede llegar ahora. El vacío más grande no es sólo por la cantidad de muertos inocentes que ya hay, sino por todos los que van a morir”, dice.

Adham Brenes, de 10 años, continúa fuertemente afectado por lo que ha visto una y otra vez en el televisor y lo que ve también en la calle. “Yo espero que esto no haga que comience una guerra”, dice.

NICAS EN LA TRAGEDIA

En la ciudad de Nueva York viven unos 10,000 nicaragüenses, según un estimado del consulado de Nicaragua. La embajada en Washington no tiene reportes de ningún nicaragüense afectado. Pero los hay. Hasta el sábado en la noche, LA PRENSA tenía conocimiento de la desaparición de Mauricio y de otras personas que habían vivido en carne propia la tragedia.

“Hasta el momento no tenemos reportes de nicaragüenses desaparecidos, ni de New York ni de Washington. Hemos puesto a la orden el teléfono directo (202) 939-6541 de la Embajada, para que cualquier nicaragüense que tenga a un familiar desaparecido nos llame, y ver cómo podemos ayudarlo”, dijo a LA PRENSA Harold Rivas, ministro consejero de la Embajada de Nicaragua en Washington.  
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