Fred y “Amal”, dos héroes anónimos
 | Estuvieron en Nicaragua y Venezuela |
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Antonio Lafuente EFE
NUEVA YORK.- “No hemos dormido en cuarenta horas”. Fred se refiere a él y “Amal”, un perro pastor alemán que embarrado y cansado, busca un lugar donde acostarse durante un breve reposo tras días de un trabajo continuo en busca de supervivientes.
Procedentes de Massachu-ssets, Fred Golde y “Amal” son dos voluntarios y veteranos que han participado en labores de rescate en terremotos y otros desastres naturales con un grupo de ayuda de emergencia internacional que ha estado en lugares como la India, Nicaragua y Venezuela.
Los dos llegaron el martes muy poco después de que tras el brutal atentado terrorista las Torres Gemelas se desplomaran sepultando a cerca de cinco mil personas. Desde entonces sólo han dado “una cabezada aquí y allá.”
Preguntado sobre si Amal ha hallado algún sobreviviente, Fred dice que no, que “todos los cuerpos que ha encontrado estaban muertos”, pero además son pocos los cadáveres que están completos, porque lo que se ve son “restos de personas, una cabeza aquí, otra allí, pies, brazos, piernas. De todo.”
Fred no quiere comparar “desastre con desastre, porque cualquier pérdida de vida es una tragedia. Decir que uno es peor que otro, no se puede hacer... sería estúpido”.
Sin embargo, reconoce que éste “duele más, porque es justo en mi patio trasero”, y porque los otros “eran desastres naturales y éste es deliberado, hecho por la mano del hombre”.
El veterano apenas puede describir lo que ha visto en los dos días que lleva de trabajo: “Creo que no se ha inventado la palabra para expresar la devastación que hay. Es tan diferente... Es demasiado, porque no debía haber pasado y pasó. Gracias a Dios que no fue una bomba nuclear”.
“Obviamente, no he estado nunca en un lugar donde ha caído una bomba atómica, pero me lo puedo figurar”, explica Fred, que asegura que “hay sitios ahí en los que parece que ha habido una explosión nuclear.”
Fred también reconoce que sintió miedo cuando el día anterior por la noche bajó cinco de las ocho plantas que tenía el aparcamiento de lo que fue el complejo financiero World Trade Center.
“Fui con dos bomberos y todo empezó a temblar. Algunos cascotes cayeron y sentí miedo. Pensé: ‘Ya está. Esto es todo’”, recuerda con el cansancio visible en su rostro.
Luego agrega que “era simplemente un convoy del metropolitano”, y dice con una sonrisa socarrona: “Parece ser que Nueva York nunca duerme”, para después preguntarse “por qué no se mantiene cerrado hasta que todo haya terminado”.
Mientras “Amal” continua echado, Fred se refiere a las dificultades de las tareas, que se interrumpen continuamente porque hay el peligro de que algunos edificios se desplomen.
Se queja de que “hace mucho calor en la superficie, y de que el humo da en los ojos. No es nada fácil mover un cuerpo en esas condiciones”.
“En un terremoto no tenemos el humo, sólo el miedo del siguiente temblor. Eso es duro, pero al menos podemos respirar y ver. Aquí hay vapor y llamas”, explica Fred, quien señala que incluso con “un buen entrenamiento es una labor muy difícil”.
Fred hace después una seña a “Amal”, que se levanta de inmediato, y los dos se van otra vez hacia las ruinas de las Torres Gemelas con la esperanza de que, quizá en un último intento, aún puedan salvar a alguien atrapado. 
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