En deuda con los próceres
El 180 aniversario de la Independencia de Nicaragua y Centroamérica (15 de septiembre de 1821), se conmemora y celebra hoy en circunstancias en que la hermandad y la integración centroamericanas —que fueron el ideal y la aspiración más sentidos de nuestros próceres— se encuentran más quebrantados que nunca antes desde la guerra entre Honduras y El Salvador en 1968.
En los días previos a las fiestas patrias centroamericanas del 2001, las tensiones entre los gobiernos nicaragüense y costarricense se incrementaron después de conocerse que este último incluyó en sus estimados presupuestarios del próximo año, una partida especial para financiar los gastos de su demanda de Costa Rica contra Nicaragua en la Corte Internacional de Justicia radicada en La Haya, Holanda, en respaldo de sus pretensiones de navegación en el Río San Juan con fines comerciales y guardias armados en sus embarcaciones, a pesar de lo que establecen al respecto el Tratado Jerez-Cañas y el Laudo de Cleveland.
Por otra parte, las relaciones entre los gobiernos de Nicaragua y Honduras andan todavía peor, debido a que en el agravamiento del conflicto con el vecino del norte después de que éste ratificó un tratado de límites marítimos con Colombia —en contra de los intereses territoriales nicaragüenses—, se han involucrado los militares y por lo tanto existe el peligro de un conflicto bélico entre los dos países centroamericanos.
Pero no son los pueblos, sino los gobernantes, los que envenenan las relaciones entre los países con sus ambiciones desmedidas y sus actuaciones políticas insensatas, que atentan contra la hermandad de las naciones centroamericanas y menosprecian los principios del derecho internacional.
Es obvio que el pueblo de Nicaragua desea y necesita vivir en paz con Costa Rica, donde viven y trabajan decenas de miles de nicaragüenses que contribuyen con sus remesas económicas al sostenimiento de sus familias y a mantener a flote las finanzas nacionales. En tanto que los costarricenses —mayoritariamente— siempre han sentido cariño hacia los nicaragüenses, y aprecian su trabajo honrado y fecundo que contribuye sustancialmente a crear la riqueza y la prosperidad que disfruta Costa Rica.
En realidad, los pueblos de Nicaragua, Costa Rica y Honduras, así como los de El Salvador y Guatemala, en cuanto ha sido posible se han mantenido fieles a los ideales de hermandad y de integración que inspiraron a nuestros padres de la patria y próceres de la Independencia.
Al margen de las inevitables diferencias y contradicciones que siempre entre las personas y las naciones hermanas, los pueblos de América Central saben o por lo menos perciben que para progresar, desarrollarse, prosperar y vivir en condiciones de bienestar, Centroamérica debe actuar y comparecer ante el mundo como una sola entidad regional, con una sola economía y un único propósito concertado de actividad creadora, tanto productiva como comercial y cultural.
Lo cierto es que si la hermandad de las naciones centroamericanas duró poco tiempo después de la independencia de 1821 —pues la Federación se extinguió en 1838—, no fue por culpa de los pueblos sino por la falta de talento y por las ambiciones de poder de los políticos gobernantes en los distintos países de Centroamérica. Pero el ideal unionista y la fraternidad centroamericana nunca se perdió y, a pesar de los diversos conflictos y de las deslealtades de unos gobernantes contra los otros, de múltiples maneras sigue palpitando hasta ahora.
En 1871, al conmemorarse el 50 aniversario de la Independencia de Centroamérica, el General y estadista rivense Isidro Urtecho, pronunció un memorable discurso en el que expresó: “Eduquemos a nuestros pueblos; y sin ruidos, suaves y naturales, vendrán las reformas que necesitamos. Eduquémoslo; y ante una civilización más avanzada, caerán esas barreras que dividen hoy a nuestros estados centroamericanos, en donde para escándalo de familia, si se puede decir así, fuera del error político y económico, se estancan los productos propios de cada uno de ellos, ahogando el desarrollo de su comercio entre ellas mismas, y el necio espíritu local que cada día nos desune y aísla más”.
Sabias palabras que conservan hasta hoy su validez y actualidad, pero que lamentablemente no penetran en los oídos sordos de los arrogantes políticos que gobiernan sobre los pueblos de Centroamérica. 
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