Insurgencia y terrorismo
Roberto Fonseca roberto.fonseca@laprensa.com.ni
Han transcurrido 18 años, sin embargo el miedo embarga al hombre sentado frente a mí. Había aceptado hablar, revelarme detalles sobre la columna guerrillera que Nicaragua y Cuba conformaron en julio de 1983 para ejecutar acciones de sabotaje y terrorismo en territorio hondureño, pero de última hora se echó atrás. “Me llamaron y me advirtieron que no hablara”, comentó un poco avergonzado, refiriéndose a sus antiguos jefes de Inteligencia Militar. “Yo soy sandinista, no quiero perjudicar al partido, así que mejor me callo, no vaya a ser que la agarre del cuello”, añadió aquel hombre, un poco mayor de 40 años, oficial retirado de las Tropas Especiales del EPS.
Irónicamente, desafió el peligro como paracaidista, instructor de guerrilla o bien, participando en incursiones relámpagos a las bases de la Contra en Honduras, pero ahora teme decir la verdad.
“Ellos (la columna guerrillera hondureña) no fueron los únicos a quienes preparamos militarmente, aquí entrenamos a hondureños, ticos, salvadoreños y al propio comandante Marcos, de los zapatistas”, dijo apuradamente.
Segundos después, abandonamos su casa, cargando un sentimiento de frustración y de rabia. No podíamos hacer nada frente a esa orden, simple y llana de: “Te callas o te callamos”.
COLOR HASTA EN EL CINE
El sujeto vestido de traje formal y lentes oscuros entró al avión y preguntó en voz alta: “¿El señor Fonseca?”, lo observé y no había que ser un erudito para corroborar que era un agente chileno de seguridad. “Aquí, soy yo”, respondí en voz alta y volvió a verme. “Okey”, dijo y se fue.
Era septiembre de 1991 y, a pesar de que la revolución sandinista había sido derrotada en las urnas hacía más de año y medio, en varias partes del mundo, como en Chile, ser nicaragüense o viajar con pasaporte nica, equivalía a tener “color” de “terrorista”, pese a que me había limitado a asistir como periodista invitado a un seminario económico del CELA.
Aquel mismo año, paradójicamente, se había estrenado la cinta “Terminator 2: El Día del Juicio”, y en un diálogo entre el robot T2 (interpretado por Schwarzenegger) y el joven John Connor, futuro líder de la resistencia humana, sale “bailando” Nicaragua como refugio de terroristas.
“Pasamos mucho tiempo en Nicaragua y lugares como éste, ella estaba con este tipo loco ex Boina Verde, activando pistolas. Además, había otros tipos. Ella conviviría con cualquiera del que pudiera aprender cuestiones militares”, le cuenta Connor al robot protector (de la serie T2), refiriéndose a la madre (Linda Hamilton), recluida en un centro mental.
Aquella no era la primera vez, ni la única, en que Nicaragua aparecería a los ojos del mundo como un lugar de refugio de terroristas, sicarios, narcotraficantes o prófugos.
Por supuesto, aquel no era un “color gratuito”. En la vida real, aquí se entrenaron —entre otros— el escuadrón especial que se voló el llamado “Puente de Oro” en El Salvador, sobre el Río Lempa, en octubre de 1981, una de las principales arterias del sistema de transporte del pequeño “Pulgarcito de América”.
CINISMO OFICIAL
En abril de 1984, el Canciller sandinista Miguel D’Escoto Brockmann certificó y declaró oficialmente que eran “falsas” las acusaciones de que Nicaragua estaba colaborando con la guerrilla salvadoreña, en un documento legal notariado por Julio César Espinoza Flores, abogado y notario.
“En verdad, mi gobierno no está comprometido, y no lo estará, en el abastecimiento de armas u otros abastecimientos, con ninguna facción involucrada en la guerra civil en El Salvador”, aseguró D’Escoto Brockmann en el segundo párrafo de su declaración oficial. Sin embargo, mentía campantemente.
En enero de 1981, de cara a la denominada “Ofensiva final” de la guerrilla salvadoreña, se intensificó el abastecimiento de armas al FMLN desde Nicaragua, empleando medios aéreos y pilotos de la Fuerza Aérea Sandinista (FAS), así como una red de pilotos colaboradores costarricenses. La labor no era fácil, había 120 toneladas de equipo militar a trasladar.
Los pilotos ticos, que habían hecho el mismo trabajo en la lucha contra Somoza, devengaban supuestamente 2,000 dólares por viaje, bajo las órdenes del legendario Renán Montero Corrales, de origen cubano, cuyo verdadero nombre era Andrés Barahona López, jefe de la Dirección Quinta de la Seguridad sandinista.
Para ello se rehabilitó y mejoró una pista aérea agrícola, denominada Papalonal, al norte de Managua, desde donde partían los aviones que estaban en el inventario de la Fuerza Aérea de Somoza, desde Cessna hasta C-47. En total más de 50 medios aéreos, valorados en más de 26 millones de dólares. Muchos se involucraron en esa “aventura” y resultaron destruidos.
Uno de estos pilotos ticos, de nombre Julio Romero Talavera, fue apresado por el ejército salvadoreño luego de que su avión colisionara al aterrizar, transportando una importante cantidad de fusiles M-16 y otros pertrechos militares, en enero de 1981.
Con este piloto costarricense, precisamente, compartió celda Orlando Tardencilla, ex oficial del EPS que fue enviado a El Salvador para reforzar militarmente a la guerrilla salvadoreña, bajo la bandera del “internacionalismo proletario”. Dos nombres, dos evidencias. 
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