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MIéRCOLES 31 DE OCTUBRE DEL 2001 / EDICION No. 22538 / ACTUALIZADA 01:30 am
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Fiel al rey, pero primero a Dios

La Iglesia Católica eleva al honor de los altares a ciertos hombres y mujeres que considera que en sus vidas reflejaron de manera especial y transparente el amor de Dios hacia ellos, y de ellos hacia Dios. La intención de la Iglesia es que esas personas, a quienes se les honra con el título de santos, sirvan como un testimonio concreto del poder transformador de Dios en la vida de los seres humanos. Es un recordatorio de la perenne presencia de Dios en el mundo y de su voluntad de actuar en quienes están dispuestos a abrirse a su influencia transformadora.

Pero también a veces la Iglesia, dependiendo de la actividad a la que en vida se dedicaban esos hombres y mujeres santos, nombra a algunos de ellos como patronos de ciertos grupos sociales. Es el caso, por ejemplo, de San José, patrono de los obreros, o de Santo Thomas More, nombrado por el Papa Juan Pablo II, hace un año, patrono de los gobernantes y los políticos.

Quizás algunos se extrañarán de que el Papa haya nombrado un santo patrono para personas dedicadas a una actividad que tendemos a identificarla con algo indigno y sucio. Y si bien es cierto que sobradas razones para pensar así nos dan muchos de los que se dedican al menester de la política —tal como podemos verificarlo con tantos actos de travestismo político, por ejemplo—, no hay duda de que el Papa pretende, con el nombramiento de Thomas More, hacer un llamado a la conciencia de quienes incursionan en ese campo, para que recuerden que se trata de una actividad noble y legítima que debe ser ejercida con dignidad, responsabilidad y decoro.

Y es evidente que la escogencia de Thomas More como patrono de los políticos no pudo haber sido más acertada. Como es sabido, More, que vivió en Inglaterra entre 1478 y 1535, fue Canciller del Rey Enrique VIII. Entre ambos existía una gran amistad. No obstante, el día en que el rey y su secretario, Thomas Cromwell, manipularon el parlamento para eliminar la libertad de la Iglesia, Thomas More no dudó, ni por un instante, renunciar a su cargo. Para él era un asunto de conciencia. Consideraba que estaba en juego la sobrevivencia de la Iglesia, la naturaleza de la ley, y el alcance de la autoridad legítima del Estado.

La consecuencia de la acción de More es de sobra conocida: fue decapitado por órdenes de su amigo Enrique, el 6 de julio de 1535. Sus últimas palabras al subir al patíbulo fueron: “Soy un fiel servidor del Rey, pero primero de Dios”. More fue un hombre leal, pero no servil. Desempeñó su cargo con eficiencia y lealtad al Rey y a Inglaterra, y pudo fácilmente conservar su destacado puesto, pero al costo de vender su conciencia, lo que para More era simplemente inadmisible. Ni siquiera la conservación de su cabeza fue para él razón suficiente para traicionar su conciencia. Es por ello que ese hombre extraordinario, aún en vida, ya era conocido como “el hombre para todas las épocas”.

Nuestro país, al igual que muchos otros países del mundo, está necesitado de políticos honestos que entiendan que el manejo de la cosa pública es una responsabilidad grave y solemne, porque emana de la confianza depositada en ellos por el pueblo. Quien resulta seleccionado en una elección popular es un mandatario, o sea, el titular de un mandato político en el que el mandante es el pueblo. Se elige para servir, y no para servirse del cargo.

El cardenal Roger Etchegaray, presidente del Comité Vaticano para el Jubileo del año 2000, expresó en ocasión del nombramiento de Thomas More: “Hoy se da la urgencia de rehabilitar la política, que es vista bajo sospecha, desacreditada por todo lo que ha afectado a su imagen y ofuscado sus rasgos éticos”.

Por eso, en las vísperas de nuestras elecciones generales debemos tomar en cuenta que son muchos los que aspiran a salir electos para disfrutar las mieles del poder pero pocos son los que se acercan a la política con el afán de servir. Y que es necesario diferenciar muy bien a unos de los otros.  
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