Opinión económica
Estado o mercado, disyuntiva mal planteada
Rigoberto Stewart
San josé, costa rica (aipe).- Los apagones de California sirvieron para que cierta élite costarricense, encabezada por el ex presidente Rodrigo Carazo —uno de los peores presidentes de nuestra historia— volviera a la carga contra el mercado, aduciendo que es una especie de monstruo que, si no se vigila, se interviene y se regula causa pobreza y muchos otros males. Para evitarlo proponen recurrir a una instancia superior, infalible, de infinita compasión y sabiduría: el estado. No obstante, acusan a algunos humanistas de endiosar al mercado, sólo porque estamos absolutamente convencidos de que es infinitamente superior al estado en crear bienestar general. Aquí sostengo que el mercado es mucho más humano y que la disyuntiva estado o mercado está mal planteada.
El mercado consiste en una esfera o espacio en el cual intervienen seres humanos, de muy variadas condiciones y características, para intercambiar pacíficamente bienes y servicios (los oferentes venden; los demandantes compran) a precios negociados y de acuerdo con ciertos arreglos institucionales. Cuando no se entrometen fuerzas extrañas o malignas para limitar la esfera de acción voluntaria de las personas involucradas —como fijar precio, cantidad o espacio geográfico—, se dice que el mercado es libre; es decir, los individuos interactúan libremente. En ese sentido, el mercado libre es absolutamente humano: está conformado por gente que intercambia sus bienes y servicios de acuerdo con arreglos institucionales establecidos también por seres humanos.
En el marco de la disyuntiva planteada, el estado es un grupo de personas (timoneado por la clase política) que, a raíz de ciertos arreglos institucionales, tiene el poder coercitivo para interferir en el intercambio de bienes y servicios de otros individuos. Cuando lo hace, el mercado (y los seres que lo conforman) deja de ser libre y se convierte en un mercado intervenido. Los gobernantes y políticos suelen intervenir el mercado para cumplir simultáneamente dos roles éticamente incompatibles: el de regulador y el de oferente de bienes o servicios.
Para justificar la intromisión, los políticos aducen que en el mercado libre siempre habrá quien posea poder para violar el juego limpio que debe prevalecer si el proceso de intercambio ha de generar el máximo beneficio posible a todos los participantes. Por tanto, es necesario que el estado intervenga para restablecer esa pulcritud de acciones y proteger a los más débiles. Esta es su teoría. En la práctica, el estado regulador suele obstruir el libre juego de los oferentes y demandantes, no con el fin de mantener el juego limpio, sino de beneficiar a la clase político-empresarial en perjuicio de los más pobres.
Pero la clase política no se contenta con sólo “regular” los mercados para su beneficio; también participa en ellos como oferente de bienes y servicios, con una serie de prerrogativas que no tendría ningún oferente en el mercado libre. En su doble y obsceno rol de juez y parte, los políticos no tienen empacho en decir: “a la porra con el juego limpio, aquí mandamos y seremos tan descarados y abusadores como nos venga en gana”. Luego establecen quiénes serán los únicos oferentes de este producto o aquel servicio. Así se comenten impunemente fechorías que no podría perpetrar el más despreciable de los seres humanos en un mercado libre.
Queda claro que la disyuntiva mercado o estado es en realidad la del mercado libre —donde los seres humanos mejoran su condición al intercambiar valor por valor—, o mercado intervenido por una cleptocracia que se entromete no para cambiar valor por valor sino para llevarse valor por la fuerza. El predominio en nuestra sociedad del mercado intervenido por los políticos es ominoso. Cuando una sociedad sustituye el código bíblico —no robarás, no violarás los derechos de tu prójimo, etc.— por el de los mafiosos, no puede más que descomponerse. En mi país, lo peor está por venir.
*Director del Instituto para la Libertad y el Análisis de Políticas Públicas. 
|