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MIéRCOLES 24 DE OCTUBRE DEL 2001 / EDICION No. 22531 / ACTUALIZADA 01:45 am

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Regreso del infierno a la vida social

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.La experiencia de jóvenes que integraron las temibles pandillas que asolaron y causaron zozobra en Granada

La ciudad de Granada es más tranquila desde que un grupo de jóvenes que integraban varias pandillas cambiaron esa vida. Ellos, ahora piden apoyo de la sociedad.

 

Pedro J. Vindell Matus.
Corresponsal/GRANADA
sucesos@laprensa.com.ni

Los habitantes de Villa Sandino o de las Villas Tepetate Norte y Sur de esta ciudad, cerraban las puertas de sus casas muchas veces por la noches cuando se daban cuenta de que el grupo juvenil o la llamada pandilla de los L-18 incursionaba por esos sectores.

Sembraban el pánico entre la gente, dejaban sus siglas en paredes, muros y en otros lugares en señal de desafío o para indicar su presencia. Noches tras noches recorrían los andenes y calles, otros muchachos no se atrevían a enfrentarlos por temor a lo peor.

Sus cabezas iban cubiertas con pañuelos o llevaban cintillos, pantalones cortos flojos (cholos), camisolas, y con tatuajes en sus cuerpos, que daban una idea de peligrosidad, según las reseñas policiales y los expedientes que llenaron las veces que fueron a prisión. Ellos dicen que los gendarmes los golpeaban aunque no se metieran en problemas. “La tenían en contra de nosotros”, declara Douglas Morales Rodríguez, de 19 años.

Comenzaron sus andanzas antes de llegar a la adolescencia, siguiendo los pasos de sus hermanos que fueron los primeros metidos en conflictos, relata Ricardo José Morales Urbina y una de las madres que ahora los acompañan en el Comité Social con el objetivo de apartarlos por completo de los problemas que algunas veces los llevaron a la cárcel y hasta los tuvieron en peligro de muerte.

Jimmy, Noel, Toño, Omar y Léster fueron los iniciadores del grupo juvenil, “nosotros estábamos ‘chateles’, no caminábamos con ellos, pero nos conocíamos cuando eran provocados en las fiestas a las que asistíamos con nuestras novias, o aquellos venían a buscarlos aquí al Reparto Julián Quintana”, asevera.

ERAN ESTUDIANTES

Los primeros L-18 fueron estudiantes del Instituto Nacional de Oriente y de la Escuela Carmela Noguera, cuando salían de sus clases eran retados por miembros de otras pandillas que tuvieron fama en la parte norte de la ciudad.

Estos barrios eran los repartos Bartolomé 1 y 2, por Los Batos Locos, Los Reyes de la Calle o los del asentamiento “Hemer Gómez”, conocidos como Los Dragones Rojos, de los cuales quedan algunos remanentes.

Entre los L-18 desarticulados por la Policía y los que les sustituyeron, quedó el lema al estilo de Los Tres Mosqueteros: “Todos para uno y uno para todos”, recuerda Ricardo. Los fundadores de esta pandilla ahora se encuentran trabajando en Costa Rica para ayudar a sus familias y los nuevos “bróderes”. Tenemos dos meses de habernos apartado de esos clavos. Algunos volvieron a las aulas y otros trabajan o bien contribuyen en sus casas con los oficios”, explicó el joven.

Recuerda que fue un joven que llegó de Managua quien escogió el lema, pero no sabe por qué. “Los primeros y nosotros nos ‘plaqueamos’, o sea ‘tatuamos’. Ese hermano tenía experiencia, procedía de la pandilla L-18 que operaba en uno de los barrios capitalinos, pero también ya se retiró. Así surgió la pelota o la pipol”.

ERAN TEMIBLES

Cuando Los Batos Locos se atrevían a llegar a territorio de los L-18, éstos los sacaban en carrera, y cuando no los podían enfrentar la tomaban en contra del vecindario, apedreaban o boloneaban las casas, entonces nos defendíamos, narra Ricardo.

Sus compañeros lo ratifican. “Éramos temibles”, afirman ellos mismos, “pero no caímos en las drogas, sólo en los vicios del cigarro y el licor”.

Con Los Dragones Rojos surgió un problema que después se hizo serio e insostenible. Uno de sus miembros llegaba al territorio de los L-18 y aquello fue considerado como una traición, y una vez que lo agredieron buscó la ayuda de su antigua pandilla que lo apoyó.

Admiten que para defenderse o atacar, usaban piedras, garrotes, machetes o lo que tuvieran a mano. Si los contrincantes llevaban lanzamorteros, ellos también respondían de la misma forma. Entraban a la cárcel y salían cuando sus padres pagaban las multas.

VOLVER A LA VIDA

Hoy los jóvenes están organizados y no piensan volver al pasado. Esperan que las cosas cambien pronto, incluso lograron cedularse y en las próximas elecciones depositarán su voto por el partido de su preferencia, explica Francisco Alejandro Mejía, de 19 años.

Los jóvenes ex pandilleros de Granada consideran que ahora “hemos vuelto a la vida”, y aunque no olvidan cuando los policías llegaban a buscarlos, rodeaban las casas y se introducían violentamente a las mismas sin presentar ninguna orden judicial para capturarlos, ahora coordinan acciones con la capitana María Lidia Hernández, de la Policía de Granada, que busca proyectos de reinserción social y ayuda psicológica para ellos.  
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