Opinión económica
Recursos naturales y comercio: ¿maldición o desafío?
David de Ferranti y Guillermo Perry*
Muchos países latinoamericanos se han visto afectados por la inestabilidad y el descenso de los precios de sus exportaciones de productos primarios como el café, algodón, azúcar, minerales y petróleo. Con ello, resurge una vieja preocupación por el hecho de que la mayoría de los países de la región continúa especializada en actividades basadas en sus recursos naturales. Al mismo tiempo, las tendencias del empleo en la última década han inducido a ciertos sectores a sugerir que la apertura comercial ha generado empleos de bajo salario y calificación, así como el aumento del sector informal.
Sin embargo, los recursos naturales no son una maldición sino una ventaja para el desarrollo de los países, y la apertura comercial ha sido el catalizador decisivo para la diversificación de exportaciones y el crecimiento económico.
La experiencia de países como Australia, Canadá, Estados Unidos o Suecia, al igual que la reciente de algunos países latinoamericanos, demuestra cómo el éxito de su desarrollo se ha sustentado precisamente en las exportaciones de productos basados en su riqueza natural. Y en todos los casos exitosos lo que destaca es un sistema de producción con una extensa red de instituciones del conocimiento que genera innovación y facilita la adopción de tecnologías extranjeras como ingrediente decisivo en el dinamismo sectorial. Lo que importa no es qué se produce, sino cómo se produce.
Por otra parte, la especialización en actividades basadas en recursos naturales no es un destino ineludible. La proximidad de un país a los grandes mercados, su conocimiento técnico, capital humano, infraestructura pública y calidad de sus instituciones, junto con la reducción de los costos de transporte y el desglose de la producción de bienes en todo el mundo en varias etapas de producción —todos ellos ejemplos de la globalización—, han cambiado los conceptos tradicionales de ventaja comparativa. El extraordinario crecimiento de las exportaciones de manufacturas en México a partir de la negociación de NAFTA, así como el éxito sobresaliente de Costa Rica y otros países de Centro América y el Caribe en estas ramas —a través de sus zonas francas— demuestra este hecho, observable en muchas otras latitudes.
La dicotomía entre una base de recursos naturales y la “nueva economía”, sustentada en los sectores del conocimiento y altas tecnologías, es falsa. Los recursos naturales tienen el mismo gran potencial para generar progreso tecnológico y crecimiento de la productividad que muchas industrias manufactureras.
En Chile, por ejemplo, donde las reformas a las leyes de comercio a principios de los años setenta pusieron fin a una prolongada tendencia antiexportadora, las exportaciones de fruta crecieron en un 20% anual durante 20 años, como resultado de los eficaces incentivos para invertir en procesos y tecnologías que aumentaron la productividad. Costa Rica ha empleado sus inversiones en desarrollo de capital humano para atraer inversiones en alta tecnología y así crear un conglomerado de industrias electrónicas, entre otras una planta de INTEL. México se ha valido de su proximidad a la economía más grande y tecnológicamente más avanzada del mundo para crear un centro industrial de computación, telecomunicaciones y electrónica en el estado de Jalisco.
Varios observadores señalan, sin embargo, que el desempleo es elevado en muchos países, que se ha acentuado la desigualdad salarial e incrementado el sector informal. Nuestros estudios demuestran que existen pocos indicios de que estas condiciones sean permanentes o endémicas para las economías más abiertas o que hayan sido causadas por la apertura comercial. El crecimiento de la informalidad se ha dado fundamentalmente en los sectores que no participan en el comercio internacional y que crecieron desmedidamente a principios de los noventa como consecuencia de la apreciación del tipo de cambio y los fuertes ingresos de capitales, ambos fenómenos más vinculados con la estabilización y la apertura financiera, que con la apertura comercial. De hecho, los empleos generados en las nuevas actividades inducidas por la apertura comercial son buenos empleos. Y si bien es cierto que los nuevos sectores exportadores emplean más trabajo calificado y lo remuneran mejor, contribuyendo en el corto plazo a la desigualdad salarial, ello estimula la demanda por educación. De esta forma, si los gobiernos aprovechan la oportunidad, ampliando la oferta de educación de buena calidad, el resultado será mejor para todos en el mediano plazo.
El mediocre crecimiento económico de América Latina durante el siglo pasado —en acentuado contraste con las economías exportadoras de productos primarios de los países desarrollados— se debió a la inestabilidad política, las barreras comerciales, la poca solidez de los derechos de propiedad, las deficientes infraestructuras y la volatilidad en las finanzas públicas. Asimismo, la mala formación general y técnica y otras barreras a la innovación relacionadas explícitamente con la generación y gestión de conocimientos contribuyeron a este lento crecimiento. Todo ello se vio exacerbado por estrategias proteccionistas con industrias de substitución de las importaciones, que descuidaron el desarrollo de las fortalezas naturales de los países, desalentaron la innovación y sobrecargaron de impuestos a sus sectores de recursos naturales.
La apertura comercial, y no el proteccionismo, ha sido decisivo para ayudar a los países a diversificar sus exportaciones. Por ello, la región no debe darle la espalda a sus recursos naturales, a su proximidad geográfica general con los Estados Unidos, o a su fuerza laboral competitiva. La mejor forma de tener éxito es mantenerse abierto a la competencia internacional. La consolidación de los esfuerzos de integración regional, como el NAFTA y el Mercosur, será fundamental para ayudar a los países a diversificar sus fuentes de ingreso por exportaciones y así aumentar los ingresos y hacerlos más estables.
Los países de América Latina y el Caribe no deben volver al pasado, sino aprovechar sus recursos naturales y la apertura comercial para transitar hacia una economía del conocimiento que genere empleos de alta calidad y bienestar para los latinoamericanos.
*David de Ferranti Vicepresidente del Banco Mundial para América Latina y el Caribe, y Guillermo Perry es el Economista Jefe del organismo. Este artículo resume los argumentos de su nuevo estudio From Natural Resources to the Knowledge Economy: Trade and Job Quality (De los Recursos Naturales a la Economía del Conocimiento: comercio y calidad de empleo). 
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