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MARTES 23 DE OCTUBRE DEL 2001 / EDICION No. 22530 / ACTUALIZADA 12:30 am

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Dios y los políticos

Francisco Fiallos Navarro

Los evangelios nos relatan que la única vez que la indignación de Nuestro Señor Jesucristo llegó a la manifestación física sucedió cuando, látigo en mano, fustigó severamente a los que utilizaban la religión para enriquecerse y enriquecer a los poderosos que estaban detrás de los comerciantes de los alrededores del templo de Jerusalén; ese hecho fue la gota que colmó el vaso del odio que le profesaban los escribas y fariseos, que decidieron entonces eliminarlo.

Esa acción, y su famosa frase: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, sellaron para siempre por el mismo Cristo la relación que Dios ha tenido desde el Antiguo Testamento con el poder político: al Señor no le interesa el poder público ni la actividad de los políticos más que cuando son instrumento —profundamente respetuoso de ese gran regalo Suyo que es la libertad personal— para la salvación eterna de los hombres y el cumplimiento de su Plan Maestro para la humanidad.

Por ello a las personas de fe nos interesa analizar con mucho cuidado las expresiones de religiosidad de los que dirigen o aspiran a dirigir a los pueblos, especialmente de algunos que, coincidentalmente en períodos electorales se rasgan las vestiduras para mostrar crucifijos en el pecho, se muestran ante las cámaras de televisión recibiendo la comunión en las catedrales, o diciendo que Dios bendiga a Nicaragua, cuando los bendecidos —y no por Dios, son sus bolsillos.

El único requerimiento que Dios hace a todos los seres humanos, incluyendo a los políticos, es la búsqueda incesante de la santidad en todos los órdenes de la actividad humana, incluyendo la política, en la cual es imposible obtenerla a menos que se viva una intensa vida espiritual para poder rendir frutos positivos, que constituyen la única medida para conocer si lo que profesan los políticos, y todas las personas, viene del corazón o de una mentalidad perversa. Una de las muestras más claras de ello deriva de la calidad de vida privada y familiar que se practica.

El cristiano que tenga vocación política debe tener conciencia de que son los intereses de Dios, manifestados en las necesidades espirituales y materiales del pueblo, el objeto y sentido de esa vocación, que no puede estar reñida con los principios y medios que Él ha dado al hombre para que pueda atender al llamado universal a la santidad, que tan magníficamente explicaba el beato José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. Debe saber también el político auténticamente cristiano que pocas actividades atraen más el odio de las fuerzas de la oscuridad en su contra que el aspirar al poder público, porque éste es el medio por el cual se destruyen con mayor facilidad los valores morales y los medios materiales de la sociedad, o se puede hacer mucho bien si se gobierna con un sentido trascendente de la vida y de la Historia. Por ello debe revestirse de gran fortaleza y valentía para resistir las embestidas brutales y constantes de sus enemigos naturales, entre los cuales se destacan los sutiles encantos de la vanidad, la corrupción y la deshonestidad. Nadie mejor testigo de esto que Santo Tomás Moro, primer ministro de Inglaterra hace quinientos años, y hoy santo patrono de los políticos.

El político cristiano cumple, como todos los seres humanos, una misión divina, y la eventualidad de su acceso al poder o de la derrota en su búsqueda son manifestaciones de la voluntad de Dios, que permite ambas de acuerdo a sus designios, muchas veces inescrutables. Por ello el cristiano no debe aferrarse a una o desesperarse por la otra, consciente de que todo lo que no se haga en y por Cristo será eventualmente total y absolutamente irrelevante en la historia del Universo.

El autor es Rector de la Universidad Católica Agropecuaria del Trópico Seco, (UCATSE) y Presidente del Movimiento de Acción Republicana (MAR).  
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