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DOMINGO 21 DE OCTUBRE DEL 2001 / EDICION No. 22528 / ACTUALIZADA 1:30 am

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Cosas Veredes Sancho Amigo
Dos añorantes irredentos del Colegio Rubén Darío

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.Las órdenes religiosas que llegaron a Nicaragua durante el siglo pasado fundaron centros de enseñanza carísimos para los hijos de los ricos. Para los pobres establecieron los “anexos”, propiciando así una marcada división clasista. Con su colegio, el padre Marco Antonio García intentó encontrar el justo medio: un centro para los “medio pelo”.

El licenciado Ramón Sirias Vega y el doctor Miguel Silva Mayorga

 

Mario Fulvio Espinosa
mariofulvio.espinoza@laprensa.com.ni

En un solar situado detrás de la Ermita del Perpetuo Socorro se levantaba, allá por 1930, un galerón rústico tipo mediagua, construido con pilares de madero negro, paredes de tabla cepillada, techo de tejas y piso de ladrillos de cemento.

Allí funcionaba una escuelita de párvulos que era atendida por dos hermanas maestras de profesión, las señoritas Carmen y María Luisa Rodríguez Samper, ambas bajo la vigilancia de un joven sacerdote llegado de Terrabona, el pedrano Marco Antonio García Suárez.

A ese local acudían unos 70 niños que se repartían en dos grupos las hermanas Rodríguez, María Luisa con el “Kinder” y Carmen con el Primer Grado. De acuerdo con el mecanismo psicológico de defensa llamado “transferencia”, ambas señoritas volcaban el amor que nunca pudieron dar a marido o hijo alguno, sobre los chavalitos que llegaban a recibir sus enseñanzas.

Acerca del Colegio Rubén Darío y de su director, al igual que de las dulces pero al mismo tiempo severas señoritas Rodríguez, era la plática que tuvimos el otro día con nuestros buenos amigos, el doctor Miguel Silva Mayorga y el licenciado Ramón Sirias Vega, ambos alumnos fundadores del citado centro de estudios.

Con sumo cuidado, los tres establecimos que para ese año la ermita y las murallas del vecino Campo de Marte constituían el límite sur de la ciudad, que al Este terminaba en el mercadito de El Patión, al Oeste con la Iglesia de San José en la Calle 15 de Septiembre, y por el Norte con los rieles del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, y los barrios Miralagos y el de Pescadores.

La Managua de esa época estaba hecha con tres tipos de viviendas: las residencias, construidas con paredes de gruesos adobes, de portales artísticos y puertas de pesados tablones, contaban con acogedores aleros donde el viandante podía “escampar” la lluvia; las casas de taquezal hechas con barro reforzado con reglas y caña de castilla, y por último algunos ranchos pajizos de la clase indígena.

Según el doctor Silva, durante un año funcionó la escuelita detrás de la Iglesia del Perpetuo Socorro. “No se llamaba Rubén Darío, nombre que adquirió hasta el año siguiente cuando se trasladó a las cercanías del Mercado San Miguel, a una casa de dos pisos construida por el maestro Berroterán, de donde fue el Edificio Silva una cuadra arriba, en la Calle del tope de la Cervecería.

“Por cierto, durante la Semana Santa, en esa esquina se colocaba un arco de frutas, palmas y flores por el cual pasaba la procesión de los judíos del Jueves Santo. En 1932 yo entré a primer grado en ese local, recuerdo que mi maestra fue la señorita Catalina Soriano, hermana de la Lolita Soriano”, puntualiza el doctor Silva.

“Posteriormente, en 1933, el colegio se trasladó al local que ocupó después el Teatro Tropical, cerca del Colegio Renovación. Allí hice mi segundo, tercero y cuarto grados, y recuerdo que mis maestros fueron, sucesivamente, don Mariano Salmerón, Gregorio Moody y Vicente Arriola”.

Coinciden Miguel y Ramón en señalar que ya en 1936 está funcionando el Colegio Rubén Darío en su edificio propio de dos pisos, que estaba ubicado de la esquina suroeste del Colegio Bautista una cuadra abajo.

“Ese edificio estaba pintado de amarillo pálido —dice Ramón—. Nosotros ya éramos alumnos cuando ocurrió el traslado, y teníamos como condiscípulos, entre otros, a los señores —algunos fallecidos, otros vivos— Jorge Armijo, Roberto Castillo Quant, Rafael Córdoba Rivas, Jorge Ulises Chévez, Alberto Guerrero, Fernando Montiel G., Orlando Morales, Guillermo Orozco, Guillermo Ortega, Rómulo H. Romero, Salvador Sequeira L., y Roberto Solís B.”.


AQUELLAS AULAS INOLVIDABLES

Sin dificultad alguna coincidimos los tres —incluyéndome— al rememorar los nombres que el cura García dio a las aulas del primer piso, que eran las de primaria. El primer grado honraba la memoria del ilustre maestro don Rosa Rizo, el segundo grado se dedicaba a don Samuel Meza, el tercero al hermano Julio, el cuarto a monseñor Isidoro Carrillo, el quinto a don Francisco Huezo y el sexto a don Felipe Ibarra.

Alguien dijo que para construir la Iglesia del Perpetuo Socorro y el colegio Rubén Darío el padre Marco Antonio contó con el mecenazgo de la señora Salvadora Debayle de Somoza, y como prueba señalaban que en el templo existía una banca y un reclinatorio exclusivo para dicha dama.

El doctor Silva no participa de esa versión. “No creo que el padre García, que era liberal y un hombre muy orgulloso, haya querido recibir ayuda de esa señora, pues él prefería hacer las cosas con esfuerzo propio”, asegura.

Por su parte, el licenciado Ramón Sirias Sirias añade que esas bancas y esos reclinatorios de uso particular existían en casi todos los templos de Managua. “Especialmente en el Palacio Arzobispal, antes que comenzara a funcionar la Catedral, existían varios, como el de la familia Vega, la familia de mi madre, que estaba a la par del de la señora Brockmann, la suegra del conde Escoto”.

Vienen a nuestra memoria las charlas que a las diez de la mañana, dos veces a la semana, brindaba el cura García a su alumnado mientras paseaba su gran figura por el corredor del centro.

Hablaba sobre diferentes temas, no solamente religiosos sino de ética, moral, urbanidad y cívica, para que sus alumnos tuvieran una mejor educación.

“En 1944 ocurrió la primera promoción de bachilleres de la cual ambos formamos parte. Éramos catorce graduados, que son los compañeros que ya le mencioné, a partir de entonces sucedieron otras promociones hasta que el colegio desapareció”, puntualiza el doctor Silva.


LOS MAESTROS DEL DARIO

En la mente de Ramón revolotean los nombres de sus profesores de primaria. Fueron, en orden ascendente, la señorita Carmen Rodríguez, don Mariano Salmerón, Abraham Mendoza, Abelardo Matus, Lino Galán y Víctor Manuel Calderón. “En secundaria recibimos enseñanzas de parte de los catedráticos Rafael Carrillo, en Matemáticas; el mismo padre García, en Gramática; Francisco Zelaya, en Inglés; Antonio Sarriá, en dibujo; don Sofonías Salvatierra, en Historia; don Salvador Sacasa Vela, Luis Alberto Cabrales, don Cristino Paguaga Núñez, don Tomás Urroz y don Víctor Zúñiga.

Yo, por mi parte, añado que entré al Rubén Darío en 1941, y que mis profesores de primaria fueron, la inefable doña Carmen, Emilia Sobalvarro, Antonio Lugo, Alberto Ferrey, Alberto Corrales y Zacarías Reyes Morales.

¿Y de los apodos qué recuerdan?, les pregunto.

(Miguel) ¡Ohhh, eran muchos y muy acertados! Armijo era “El Gorgojo; “El Chino”, Roberto Castillo Q.; “Tinajón”, Córdoba Rivas; “El Boaqueño”, Salvador Sequeira; “Montielito”, Fernando Montiel; “El Ratón” que era yo; “Chachita”, “El Enano Peludo” y otros.

Las rivalidades eran con el Colegio Bautista en el campo deportivo. Yo recuerdo con agrado que en la liga de fútbol tuve el gusto de anotarle un gol al turco Alejandro Hueda. En básquetbol nuestro equipo era el dolor de cabeza de los coloraditos de Juncadella, y ya no se diga en hand-bol, que jugábamos con pelotas de tenis.

Y de la disciplina del Darío, ¿qué recuerdan?

(Ramón) Siempre fue de primera calidad, el padre sabía imponer orden. Pero recuerdo como anécdota que una vez llegó una señora a matricular a su hijo que era una verdadera pécora. “Padre, le dijo, le traigo aquí a mi muchacho porque tengo conocimiento de que usted sabe enderezar a aquellos sujetos que no van por el camino correcto”, el cura le contestó: “Mire, si por eso lo trae hay una equivocación, porque yo no sé de dónde he adquirido esa fama de enderezador de torcidos”.

Pero sí, me consta que metió al colegio a varios familiares suyos de Terrabona y de otros sitios, a los que forjó con severidad, y que también fue el fundador y director del Reformatorio de Menores que funcionó por mucho tiempo en las cercanías del Parque Las Madres, allí por la actual Plaza España.

Fue famoso “El Fajón” del cura, que era el enorme cinto de cuero con que se sonaba a los vagos y belitres. Entre éstos recuerdo a César Pablowsky, un atlético muchacho de origen polaco que casi siempre se quedaba castigado después de las cuatro, tuvo una vida muy corta y muy inquieta, alguien me dijo que esto era así porque estando su mamá enferma de la mente, era su padre el que lo criaba.

Otro que era castigado sempiterno era Ulises Morales, al que le gustaban las trompeaderas, lo mismo que Arosmán Jerez, un díscolo de buen corazón fallecido prematuramente.

Pero también salieron de las aulas del Darío ciudadanos ejemplares y virtuosos artistas, como el declamador Henry Rivas, el pianista Rudy Espinosa, y pintores notables, como Genaro Lugo y otros más.

Por último, debo consignar el patriotismo que predicaba con el ejemplo el padre García. En el Rubén Darío nunca se dejó de cantar el Himno Nacional a las ocho de la mañana, cuando entrábamos, y a las cuatro de la tarde cuando salíamos, en todo se hacia honor al lema del colegio: “Dios, Patria, Virtud y Labor”.

Finalmente, el Colegio se extinguió por un par de eventualidades, primero la muerte del padre, ya obispo de Granada, el 11 de julio de 1972, y después, el terremoto de diciembre de ese mismo año que derribó el edificio. Sin embargo, el sobrino de Monseñor, el licenciado Antonio García, lo reabrió en 1977 al costado norte de la Casa del Obrero, pero en 1979 se volvió a cerrar, esta vez de forma definitiva.


RETRATO DE DON MARCO

Era el padre Marco Antonio García un hombre moreno, alto y fornido, posiblemente pesaba unas 300 libras. Su rostro rubicundo terminaba debajo de la barbilla en una amplia papada que daba severidad a sus gestos, pero también contribuía a delinear con amplitud sus momentos de buen humor.


EDUCACION CLASISTA

En 1940 los colegios para ricos de Nicaragua eran: el Pedagógico (en Managua y Diriamba), La Asunción, La Inmaculada y el Centroamérica de Granada.

Para la clase media existían: el Colegio Rubén Darío, los diferentes centros salesianos, la Divina Pastora, Renovación y la Normal de Señoritas.

Para los pobres estaban los “anexos” del Pedagógico y La Asunción, también las escuelas e institutos nacionales, destacándose entre éstos el Ramírez Goyena.  
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