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MARTES 16 DE OCTUBRE DEL 2001 / EDICION No. 22523 / ACTUALIZADA 01:50 am

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Mis preguntas a Estados Unidos

Cristiana Chamorro Barrios
xchamorro@laprensa.com.ni

En el hipotético caso que Daniel Ortega gane las elecciones y se le ocurra nombrar de Canciller a uno de sus tres hombres: Cerna, Baltodano o Borge, recientemente declarados “non gratos” por el Departamento de Estado, ¿qué haría Estados Unidos?, le pregunté al representante del gobierno del presidente Bush, John Keane, después de su discurso en Pittsburg: “La importancia de las elecciones en Nicaragua para Estados Unidos y el Hemisferio”.

“No comment”, dijo primero en inglés y en seguida agregó “creo que Daniel Ortega es más inteligente de lo que yo pienso”. Interesada en conocer de las acciones que tomaría Estados Unidos hice mi segunda pregunta: ¿La administración Bush pondría como condición a un gobierno presidido por Ortega, que se deshaga de sus más cercanos colaboradores para poder entablar relaciones diplomáticas?

“No puedo contestar preguntas hipotéticas, pero debo decir que Estados Unidos respetará los resultados y estamos obligados a replantear nuestra visión”, dijo Keane, luego de admitir el desconcierto que causa dentro del Gobierno de Estados Unidos el posible regreso de Daniel Ortega al poder. “Verdaderamente no sé si nuestra política va a cambiar algo en relación a los sandinistas, lo que sí puedo decir es que Estados Unidos va a ser implacable con cualquier país que preste su territorio al terrorismo”.

John Keane es un hombre de hablar suave y tiene a su cargo Centroamérica, el Caribe y Canadá en el Departamento de Estado. El mayor énfasis de su discurso lo puso en la parte que dice “Estados Unidos no puede olvidar el pasado del Frente Sandinista en el poder”.

Es cierto, nosotros no olvidamos “su pasado de pisotear libertades cívicas, destruir la economía y mantener lazos con quienes apoyan el terrorismo”. Tampoco podemos olvidar lo que hicieron los Somoza, ni olvidaremos el reciente pasado corrupto y destructivo de la institucionalidad democrática durante la administración Alemán-Bolaños. Sin embargo, hemos aprendido a perdonar para poder lograr una mediana paz y tener un país en donde vivir.

Le pregunté entonces si Estados Unidos le daría un chance a Nicaragua y perdonaría a un pueblo decepcionado con lo que tiene, en caso decida votar por el candidato del pasado.

Enviamos un mensaje claro, reiteró Keane, y explicó que ellos están observando conductas que ilustran prácticas de comportamiento y no han visto que el Frente Sandinista cambie. Los que cuestionaron a Ortega fueron expulsados y los que tienen un pasado cuestionado son los que rodean al candidato, quien tendrá que tomar decisiones, sentenció el delegado del Presidente de Estados Unidos.

Cuando me preguntaron a mí, como única nicaragüense en esa conferencia de la Universidad de Pittsburg, ¿qué impacto tendría en Estados Unidos el regreso de Ortega al poder? Respondí primero preguntando ¿de qué estaría hablando el gobierno del presidente Bush, la prensa norteamericana y académicos reunidos allí si fuera otro el candidato del Frente Sandinista?

Quizás olvidados como nuestros vecinos centroamericanos en Honduras y Costa Rica, cuyas elecciones en noviembre y febrero próximo respectivamente parecieran que no tienen el mismo interés noticioso. Es trágico que Estados Unidos no pueda ver a Nicaragua más allá de un caudillo, sus pretensiones y sus tres mosqueteros. Propuse convertir la tragedia de un posible Ortega otra vez, en una oportunidad para observar Nicaragua al margen de la coyuntura electoral y darnos un chance independientemente de quien gane.

Nicaragua es un testimonio de que no basta tener elecciones para estar libre de una reversión democrática, como la que resultó de la administración Alemán-Bolaños. Por otra parte, Ortega representa la antítesis de la democracia en la década de los 80. Ambos candidatos son hijos naturales de un pacto oprobioso, son expresiones de dos distintos fracasos democráticos y ofrecen iguales niveles de incertidumbre: Bolaños en lo político y Ortega en lo económico.

El caso de Ortega y Estados Unidos depende también de la voluntad de la administración Bush para reaccionar ante el caudillo sandinista en la actualidad de Nicaragua en el 2002 y de su inteligencia para manejar a un Ortega más débil que antes, en favor de su política de seguridad nacional. La pregunta de fondo es si Estados Unidos va a respetar la decisión soberana de un pueblo, si va a ver hacia adelante y actuar en función de hechos y no de un pasado al que nadie quiere volver.

Me pregunto también, y si gana Bolaños, ¿nos van a poner atención o nos van a olvidar?, así como ahora su posible victoria no es tema para la prensa norteamericana, ni aparece en los discursos del Departamento de Estado, ni en conferencias en EE.UU., ni entrevistas sobre la base de cuatro preguntas: 1. ¿Por qué Ortega puede ganar?. 2. Temas de campaña. 3. El impacto de un triunfo sandinista en EE.UU. y 3. El papel de los medios de comunicación en las presentes elecciones.

Un mal comienzo, por la natural desconfianza existente, puede provocar una fuga de capitales agravando la difícil situación económica en que nos deja el actual gobierno, lo que a su vez aumentaría la emigración hacia Estados Unidos. Por otra parte, las posibilidades de una real integración centroamericana y de su incorporación al ALCA, se reducirían sustancialmente al no atreverse los países vecinos a sentarse con un Ortega, si Washington se niega a darle un chance a Nicaragua con el posible Presidente electo.

Nicaragua necesita un voto de confianza, más allá de los candidatos y del Presidente que resulte electo. Después del 11 de septiembre los nicaragüenses queremos ser de los nuevos amigos de Estados Unidos, de esos que el periodista Andrés Oppenheimer, del Nuevo Herald, sugiere en su artículo “Estados Unidos y el fin del unilateralismo”, que dice así:

“Ahora que la seguridad nacional es la prioridad, el Presidente norteamericano deberá entender que Estados Unidos no podrá ganar esta guerra sin la ayuda de viejos y nuevos amigos. Ya se trate de aumentar los intercambios de inteligencia o hacer operaciones militares conjuntas, necesitará más y mejores amigos en el mundo”.

Al final del día, gane quien gane, Nicaragua tiene la última palabra en su nueva relación con Estados Unidos.

La autora es periodista  
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