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LUNES 15 DE OCTUBRE DEL 2001 / EDICION No. / ACTUALIZADA 09:30 am

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Ecos y paridades

Lillian Levi

Como todo hecho de magnitudes colosales, el desastre de NY no ocurre en singular, sino que se expande y se replica en mil y una dimensiones. Marcará la historia del mundo de modo semejante a la caída de Constantinopla, que fue el fin del Imperio Romano y el principio de la hegemonía cristiana en Occidente.

Más allá de la funcionalidad y la dimensión de las torres, lo que se ha derrumbado es un geosímbolo, un monumento señero de la identidad estadounidense, un templo del dios mercado. En la conciencia colectiva de los EE.UU. las generaciones venideras recordarán el derrumbe de las torres “verdaderos minaretes de la meca del capitalismo”, acaso como se recuerda la destrucción del templo de Jerusalén en la memoria colectiva del pueblo judío, ocurrida en los albores de la era cristiana. Todos los muros y fortalezas que construyan ahora para proteger sus grandes sitios serán muros de los lamentos donde se llora la seguridad perdida.

A la par se han desplomado viejas certezas y nociones consabidas. Al quedar en entredicho todo cuanto se creía y se sabía, los Estados Unidos tienen ante sí la oportunidad para cambiar el rumbo de su cultura. En la necesaria tarea de reconstruir su imagen ante sí mismos y ante el mundo, pueden reescribir su papel ante la historia desde una perspectiva más madura, responsable y democrática, o caer de nuevo en la megalomanía del “destino manifiesto” y en la violencia, que es el verdadero enemigo a combatir.

Un doble parangón nos viene del pasado remoto: la desmesura entre los medios empleados y los efectos alcanzados es pavorosa, pero no es nueva. Otras caídas paralelas han ocurrido con pareja desmesura en la historia de nuestro continente. Escoltado por un ejército de 80 mil guerreros y rodeado su monarca por todo su consejo de sabios y notables, el Imperio Inca cayó en cuestión de minutos a manos de 30 soldados españoles. Análoga conmoción y análoga desmesura se vivió cuando el Imperio Mexica cayó a manos de 300 temerarios venidos de otro mundo. Quinientos años no han bastado para reponernos de aquella doble caída.

Nuestra América Latina, que no halla todavía modo de gobernarse, viene a sumar otra orfandad, otro trauma, otra evidencia de que estamos solos y acorralados entre dos violencias. De mala gana y sufriendo horrores, hemos aguantado que los EE.UU. hayan sido para nuestros países algo así como un padrastro que se nos impuso por la fuerza, que nos sometió a sus dictados y que nos doró la píldora con Mickey Mouse y Coca-Cola.

El juego especular entre los enemigos tiene su réplica también entre nosotros, en los ámbitos regionales y personales. Tras un mundo que parecía apagar la Guerra Fría, vuelve a perfilarse el fantasma del fascismo, el totalitarismo, el odio a todo lo distinto, la violencia contra la otredad. Es verdad. El corazón de la batalla no son solamente los Estados Unidos ni Afganistán. El enemigo está por todas partes. También está dentro de nosotros mismos. Se llama violencia, y hay que pararla donde quiera que la hallemos, empezando por la propia casa.

Nuestro papel como países-extra en esta película consiste en reflexionar en cómo hemos llegado hasta estas circunstancias y hacia dónde vamos “o nos llevan”, y si estamos dispuestos a ir a donde nos quieren llevar, y para qué vamos adonde vamos. En fin, las perennes preguntas del pensar humano. Lo otro que debemos hacer es darnos la mano y forjar redes que nos permitan sobrevivir y mantener la integridad y la cordura, buscar los resquicios por donde podamos respirar aires de vida y no de guerra, para que no nos maten, no nos usen, no nos envenenen. Que no nos atropelle la cabalgata de las mil guerras.

Aun en las peores circunstancias es posible hallarle facetas luminosas al bruto diamante de la vida.

La autora es escritora.  
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