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LUNES 15 DE OCTUBRE DEL 2001 / EDICION No. / ACTUALIZADA 09:30 am

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Aprendamos a diferenciar

Jorge Salaverry
jorgesal@cablenet.com.ni

Creo firmemente que el acto de votar en cualquier elección debe ser la expresión de una convicción íntima y profunda. Siendo entonces, un asunto de conciencia, creo también que cada persona debe sentirse libre de votar por el candidato de su preferencia, e incluso, de no votar por ninguno. Esta última posibilidad cabe cuando, después de analizarlos a todos, una persona siente, que en buena conciencia, no puede decidirse por ninguno de ellos. Por eso creo que cualquiera de las dos posiciones ¯votar o no votar¯ son políticamente legítimas. No obstante, debo decir que me resulta chocante la nada disimulada arrogancia de algunos por ahí que consideran que su anunciada decisión de no votar en las elecciones del 4 de noviembre próximo es moralmente superior a la que hemos tomado los pobres diablos que sí votaremos.

Los conocidos intelectuales sandinistas Sergio Ramírez, Gioconda Belli y Ernesto Cardenal, en un artículo publicado en un diario local, han vuelto, una vez más, con el gastado cuento de que la revolución sandinista fue “…una esperanza cuyas promesas frustró la guerra y la intervención extranjera, así como muchos errores manifiestos de sus dirigentes, que se alejaron de los ideales éticos de Sandino”. A estos escritores rojinegros les cuesta aceptar ¯no sé si por ignorancia o por conveniencia¯ que la revolución sandinista fracasó porque fue, en esencia, un proyecto socialista, es decir, contrario a la libertad, y, por ende, contrario a la naturaleza humana.

A todos ellos, y a quienes piensan como ellos, les recomiendo leer la obra de Friedrich A. Hayek ¯ganador del Premio Nobel de Economía 1974¯, titulada “La fatal arrogancia”. Su lectura le permitiría a don Sergio, a doña Gioconda, y a don Ernesto, analizar el fracaso de su amada revolución a la luz de criterios mucho más sólidos y objetivos que los derivados de simples sensiblerías poéticas o románticas, y quizás, finalmente, dejaríamos nosotros de escuchar la repetición del mismo cuento. Aprenderían esos señores que el fracaso que tuvieron todas las aplicaciones del socialismo en el mundo real del Siglo XX, fueron el resultado directo e inevitable de las debilidades propias del socialismo, y no de alguna guerra, intervención extranjera o debilidad ética de dirigentes revolucionarios, como pretende hacernos creer el trío de intelectuales.

Según ellos, Enrique Bolaños y Daniel Ortega son la misma cosa: “representan el pasado”. Esas palabras suenan muy chistosas, si no abiertamente ofensivas, viniendo, nada más y nada menos, que de don Sergio Ramírez Mercado, el mismo personaje que fuera vicepresidente, ¡y con verdadero poder! del señor Daniel Ortega en la década sandinista. Porque es bien sabido que don Sergio era quien supervisaba las decisiones económicas que hicieron que Nicaragua retrocediera 40 años. Y tan de acuerdo estaba con todas las atrocidades del régimen, que volvió a ser candidato a vicepresidente de Daniel Ortega en su fracasado intento por retener el poder en 1990. ¡Por favor, don Sergio!

Muy lejos está de mi ánimo intentar justificar los actos de corrupción cometidos en este gobierno. Me repugnan y los condeno enérgicamente. Pero tampoco puedo admitir que estas personas vengan a establecer una equivalencia moral entre Enrique Bolaños y Daniel Ortega. Entre los dos hay una diferencia tan grande como la que existe entre la noche y el día. Carlos Alberto Montaner la describió con magistral precisión en uno de sus más recientes artículos. El pasado de Enrique Bolaños es uno de trabajo honrado y productivo; de lucha por los derechos civiles; de defensa de la libertad individual y de la propiedad privada; de respeto a los valores que engrandecen a la familia y a la sociedad. Nada de eso puede reclamar en su currículum el señor Ortega. Y, lo queramos o no, uno de los dos será el próximo presidente de Nicaragua.

Ante esa inminente escogencia, yo siento que mi deber y responsabilidad, como persona que tiene el privilegio de escribir semanalmente una columna de opinión, es darle información y argumentos a mis apreciados lectores para que puedan decidirse a votar por el candidato que, a mi juicio, puede ser un mejor presidente para nuestro país en los próximos cinco años. Como periodista de opinión, estoy obligado a emitir juicios. Y el juicio que emita tiene que ser totalmente honesto, pero no puede ser neutro. La neutralidad no cabe en las columnas de opinión. No creo tampoco en los equivalentes morales cuando las evidencias demuestran que no existen. Permítaseme llamarle al pan pan, y al vino vino.

El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la UTM.  
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