La decisión de los indecisos
La semana pasada varios profesionales y empresarios nicaragüenses formaron un Comité de Promoción del Voto, con el propósito de motivar a los indecisos y abstencionistas para que vayan a votar el 4 de noviembre. “Disminuyendo la abstención ayudamos a consolidar la democracia en Nicaragua”, aseguró uno de los líderes de dicho movimiento.
Casi al mismo tiempo se divulgó la proclama de tres renombrados intelectuales de izquierda, que ocuparon cargos prominentes en el régimen sandinista, pero que ahora son disidentes del FSLN (Gioconda Belli, Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez), quienes declararon y explicaron las razones por las que no votarán el 4 de noviembre. Y aunque no pidieron apoyo público para su decisión, es obvio que ellos expresan el sentimiento político de un importante sector de la intelectualidad nicaragüense, en la que ejercen un indiscutible liderazgo.
Se trata, pues, de dos actitudes políticas opuestas que sin embargo apuntan a la misma dirección, al sector de los indecisos y de los que han decidido no votar.
La Ley Electoral prohíbe hacer propaganda abstencionista (artículo 87) y manda a castigar con arresto inconmutable de seis a doce meses a quien trate de obligar a cualquier ciudadano a abstenerse de votar (artículo 174). Pero la abstención, en tanto que opción personal del ciudadano es legítima y democrática, aunque en términos generales se considere que daña a la democracia, de acuerdo con el criterio de que ésta se fortalece con la participación de los ciudadanos y se debilita con su indiferencia. Sin embargo votar es un derecho, no una obligación, y a nadie se le puede obligar a que haga algo contrario a lo que le dicta su conciencia.
Por otro lado, el abstencionismo como fenómeno electoral (no como opción personal del ciudadano) es propio de la democracia —no existe en los regímenes autoritarios—, que garantiza a los ciudadanos no sólo el derecho de elegir y ser electo, sino también el de abstenerse. Y, en efecto, muchas personas se abstienen, ya sea porque están plenamente satisfechas con el sistema y confían en las instituciones y en la clase política (pasividad positiva); o, al contrario, por frustración, por desconfianza hacia las instituciones y todos los líderes políticos a los que consideran ineptos y corruptos, o simplemente porque no les interesa la política para nada, ni siquiera para votar cada cuatro o cinco años (pasividad negativa).
Ahora bien, el porcentaje de los ciudadanos nicaragüenses que permanecen indecisos o que podrían abstenerse en las próximas elecciones oscila entre 16% y 20% del electorado total, según las distintas encuestas. Pero aunque sean relativamente pocos en comparación con la gran mayoría de electores que va a votar y tiene por quién hacerlo, los indecisos y abstencionistas constituyen el factor decisivo para la elección del 4 de noviembre, puesto que de entre ellos es que tendrán que salir los votos que harán la diferencia, al decidirse a sufragar por una u otra de las opciones planteadas, ya sea que lo hagan por el deseo de romper la polarización y el empate entre Bolaños y Ortega, o por el éxito que pudiera tener la propaganda anti abstencionista del Comité de Promoción del Voto y otros organismos cívicos que actúan en ese mismo campo, o por cualquiera otra razón o motivo.
A este respecto es importante considerar que los indecisos y abstencionistas nicaragüenses no son gente de bajo nivel cultural a los que se les pueda deslumbrar con la retórica populista (de izquierda o derecha), ni con las promesas de cualquier clase de ilusiones y baratijas. Por el contrario, son personas cuya indecisión y abstencionismo se derivan de factores muy específicos y bien fundados, tales como la insatisfacción ante la injusticia y las deficiencias del sistema, el repudio a la corrupción y la ramplonería gubernamental, el menosprecio a la clase política y el rechazo al pacto libero-sandinista, que cerró espacios fundamentales de participación y prostituyó las instituciones.
De modo que a estos indecisos y abstencionistas sólo se les podría convencer de que voten por una u otra de las opciones electorales ofrecidas, con razonamientos inteligentes y convincentes, no con la violencia verbal ni con las tonterías que han abundado en esta campaña electoral. 
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