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DOMINGO 14 DE OCTUBRE DEL 2001 / EDICION No. 22521 / ACTUALIZADA 1:00 am

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Estados Unidos nunca será el mismo de antes

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Al final de la calle estaban situadas las Torres Gemelas.

 

Gustavo Ortega Campos
gustavo.ortega@laprensa.com.ni

Paranoia, tensión, nerviosismo, tiendas vacías, despliegue militar, ese es Estados Unidos desde el 11 de septiembre. Todos tratan de regresar a la normalidad y se esfuerzan mucho por hacerlo, pero saben que su vida no volverá a ser igual jamás.

En una reciente visita a la Unión Americana, por invitación del gobierno del país del Norte, se pudo palpar el cambio drástico que ha sufrido la sociedad de ese país. Los sucesos ocurridos en el Pentágono y Nueva York, son una plática recurrente en charlas de todos los niveles.

Cuatro días después de los sucesos el país estaba convulsionado, los aeropuertos son ahora el mejor lugar para conseguir estrés indeseado, las revisiones obligatorias personales y de los equipajes en los vuelos internos y el temor a viajar están incidiendo negativamente en el campo de la aviación.

Los despidos en las líneas aéreas y actividades conexas se proyectan hasta en 100,000 personas, según comentarios de fuentes ligadas a la actividad.

A lo interno del país existe una gran controversia acerca de los efectos económicos posteriores a los atentados terroristas. Sobre todo en la capital, unos economistas aseguran que el país ya se sumió en una recesión de efectos catastróficos, otros son menos pesimistas y señalan que la economía tendrá leves distorsiones.

Igual polémica existe en el gobierno, pues unos hablan de la reducción de inversiones hacia el exterior y un impasse en la promoción comercial, pero otros lo niegan y aseguran que “Mister President” (el señor presidente) ha dicho hasta el cansancio en reuniones privadas que las cosas continuarán igual que antes, eso incluye mantener las negociaciones para el establecimiento del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

El asistente adjunto de la Oficina de Comercio del presidente George W. Bush, Benett Harman, señaló que el gobierno no cambiará sus políticas comerciales hacia Latinoamérica, sin embargo, un par de días antes un alto funcionario de la Oficina del Hemisferio Occidental del Departamento de Comercio, Walter Bastian, tenía sus dudas al respecto, y dijo que las prioridades definitivamente habían cambiado.

Mientras tanto, las tiendas en algunos lugares reciben con suerte un par de clientes, lo que mantiene en zozobra a los empleados, pues ven como inminentes algunos despidos, en otros lugares la situación es más estable, pues se vieron obligados a normalizarla ya que la demanda de bienes y servicios se ha venido recuperando.

En Nueva York, la situación era impactante, la primera visita obligatoria era asomarse por la zona del desastre —curiosidad periodística— y a pesar de lo rudo de la descripción, también ya es un sitio que los turistas conciben como la obligación impostergable para la fotografía histórica.

Diez días después del atentado, la zona estaba acordonada al menos en un kilómetro a la redonda, el humo y los malos olores pululaban en el ambiente, el paso era permitido sólo para ambulancias, el Ejército y la Policía.

La gente de la “Gran Manzana” no sale de su asombro, expresan sin tapujos su dolor y su miedo, sus gemelas “adoradas” ya no están, “me levantaba todas las mañanas y desde mi ventana se divisaban, ya no están, y eso es increíble, ahora todos los días duermo pensando si despertaré al otro día, ya no se vivirá igual nunca”, sentenció con los ojos húmedos Dianne Díaz, una neoyorquina de ascendencia latina.

Por otro lado, las operaciones bursátiles de Wall Street donde se movilizan unos 1,000 millones de dólares a diario, iniciaron con la intención de demostrar la fortaleza financiera del país, los periodistas de Bloomberg y Reuters (son competencia) reanudaron sus actividades con proyecciones, análisis y estadísticas de futuro.

La globalización sigue ahí y seguirá sin detenerse, aseguró el profesor Edward Schuh, destacado economista de Freeman Center de Minneapolis, los flujos financieros y comerciales desde y hacia Estados Unidos se calculan en unos 3,000 millones de dólares diarios, pero después del 11 de septiembre las cosas son impredecibles.

La sensación de incertidumbre se percibe hasta en el campo, donde los granjeros trabajan con la certeza de un respaldo en los subsidios gubernamentales, pero no saben si sus cosechas tendrán el mismo mercado, Gene y Louise Smallidge, de Minneapolis, hoy gozan con el fruto de su trabajo de toda una vida, que incluye deudas durante 20 años.

“Pero no sabemos qué nos depara el futuro, este país está sacudido, nadie sabe cuál es el rumbo por ahora”, señaló el sexagenario Gene.

En Seattle, en el extremo noroeste de ese país, la cosa no varía, diversas opiniones fueron coincidentes, la economía se deprimirá y el resultado será el aumento del desempleo, cuya tasa actual es del cinco por ciento en el estado de Wa-shington. Desde ya los sindicatos están alertas.

Reclaman, además, por los 44 millones de estadounidenses, que según la AFL-CIO, reconocida central sindical de ese país, no tienen acceso al Seguro Social, y continuarán exigiendo mejoras en el salario mínimo, cuyo promedio nacional es de cinco dólares por hora.

“Tenemos el temor de que algunos legisladores extremistas limiten los derechos civiles”, imputó un alto dirigente de la central sindical.

Más al sur, en Austin, Texas, la alerta está concentrada en la migración, el estatus de los ilegales, qué pasará con ellos, y más aún tratar de mantener constantes las relaciones comerciales con México, país con el que transan casi el 90 por ciento de sus bienes.

Aquí es donde se percibe más depresión comercial. Pese a las ofertas que saltan en los escaparates, las tiendas están semivacías y el turismo con tendencia a reducirse.

Así está la cuna del modelo económico capitalista: sorprendida, alerta, dolida y aún aturdida, quien llegue a ese país sabrá y entenderá de viva voz de sus ciudadanos, que ya nunca más será lo mismo, el 11 de septiembre marca el antes y un después muy incierto.  
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