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DOMINGO 14 DE OCTUBRE DEL 2001 / EDICION No. 22521 / ACTUALIZADA 1:00 am

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La crisis en la Corte
Devuélvannos la esperanza

Dr. Roberto Aguilar Briceño

Los expertos en las diferentes disciplinas científicas que estudian el suicidio, han dejado claro desde hace mucho tiempo que este fenómeno social es multifactorial, pero que su consumación casi siempre está ligada al factor que podríamos llamar “desesperanza”.

Cito el suicidio, porque constituye uno de los principales fenómenos sociales del mundo —y especialmente de nuestro país— que repercute a primera vista en las tasas de morbimortalidad, por el hecho de que desde hace unos seis años es la primera causa de muerte entre la gente de 15 a 34 años en Nicaragua; y los expertos latinoamericanos recomiendan, por las dificultades metodológicas y culturales para establecer cifras en este rubro, que utilicemos el cálculo de 30 a 60 intentos suicidas por cada uno consumado.

Es claro que, más allá del aspecto facial del problema, se esconden las pérdidas económicas que tal fenómeno origina en cada país, las discapacidades que produce, los duelos y patologías relacionadas que sufren los sobrevivientes (familiares y amigos), así como las causas de fondo, generalmente políticas, sociales y económicas, que sirven de base a la mencionada multicausalidad.

Pero, en fin, al contrario del proverbio popular, para los suicidas se puede decir que “mientras hay esperanza, hay vida”.

Tratando de extrapolar estos conceptos a la vida de nuestro país, vemos con tristeza cómo cada día más aquello que hemos aprendido desde nuestra niñez como valores deseables, tales como el patriotismo, la solidaridad, la honestidad, se vuelven conceptos dúctiles y maleables al gusto de quienes los utilizan para su provecho.

Diariamente nos encontramos con nuevos casos de diferentes formas de apropiación ilícita de bienes por líderes institucionales y algunos privados, e incluso asesinatos, que quedan en total impunidad, y aun son justificados mediante el docto uso de conceptos de normas y procedimientos legales con su respectivo articulado, que nos dejan tan impresionados como a los espectadores de series televisivas como Perry Mason u otras modernas. Sólo que estas explicaciones van dejando caer sobre nosotros gotas de indefensión, desconfianza y desesperanza, que se han visto reflejadas en las encuestas, donde hace algunos meses el Poder Judicial era el único que conservaba algún nivel decente de credibilidad para la población general, lo cual ha decrecido sustancialmente en las últimas encuestas que sobre estos temas se han hecho, suspendidas ahora de manera temporal, por el hecho de que lo que cuenta son las encuestas electorales.

¿Por qué nos perturban tanto estos datos? Porque cuando alguien me arrebata una cadena, reloj o cartera, me daña a mí y a mi entorno familiar más cercano; pero cada dólar que se va por el camino equivocado, se convierte en arma que mata por desnutrición, carencia de medios diagnósticos y terapéuticos en las unidades de salud, de presupuesto para personal y recursos humanos que garanticen nuestra seguridad ciudadana, de carreteras transitables que nos permitan no sólo producir sino sobrevivir cuando las transitamos... En fin, cada indemnización indebida por cambio de trabajo dentro del mismo Estado, cada mansión o hacienda nueva de origen incompatible con los ingresos del propietario; y tantos casos similares, se convierten en un incremento permanente en las tasas de desnutrición, enfermedades y mortalidad por causas naturales y violentas; y en un deterioro galopante en la calidad de vida y en general de la salud mental de los que tenemos la “dicha” de sobrevivir.

Por estas razones y muchas otras, honorables miembros del Poder Judicial —cuya cabeza, la Corte Suprema de Justicia, está integrada por personas a cuya mayoría he tenido el honor de conocer y tratar como alumno, amigo o conocido—, me permito dirigir esta formal petición: hagan todo lo que esté a su alcance, y más allá, por recuperar ese nivel de confianza, respeto y credibilidad.

Yo no soy quién para decirles cómo podrán hacerlo, pero sus conocimientos, honestidad y experiencia, seguro que se los permitirá. Sólo les pido que piensen en que, al menos en teoría, por mecanismos indirectos, hemos sido nosotros, el pueblo de Nicaragua, quienes hemos ubicado en su cargo a cada uno de ustedes; y lo único que les pedimos para no sucumbir es que nos devuelvan la esperanza.

Espero que esta solicitud no se difumine en el aire, pues “mientras hay vida hay esperanza”, y si ustedes quieren, “mientras haya esperanza habrá vida”.

Médico y Cirujano - Especialista en Psiquiatría.  
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