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- Crónicas Viajeras
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El Realejo
Entre aguas y redes, fraguando el futuro
Orlando
Valenzuela
orlando.valenzuela@laprensa.com.ni
Hilda Rosa Maradiaga
hildarosa.maradiaga@laprensa.com.ni
Textos
y fotos
* Las incursiones de los piratas ingleses y franceses, a inicios del
siglo XVII, obligaron a los conquistadores españoles a abandonar
el que fuera el principal puerto marítimo de Nicaragua en tiempos
de la Colonia: El Realejo, que pasó de una breve época de
pujante desarrollo económico y social, al más dramático
abandono de más de 300 años, reflejado en las pocas y mal
cuidadas ruinas de sus antiguos templos que hoy apenas son motivo de una
referencia histórica.
Hablar
de El Realejo en los primeros años de la Colonia española,
era hablar de una de las villas más importantes de la época,
pues entonces este pueblito, ubicado en las inmediaciones del Estero de
doña Paula, en Chinandega, no sólo era la cabecera del corregimiento
al que correspondía su distrito y la Provincia de El Viejo, sino
que también por muchos años fue el principal puerto de Nicaragua
y a la vez base de uno de los mejores astilleros de la región marítima
de Punta Cosigüina.
Durante casi cien años, los habitantes de El Realejo, que llegaron
a este lugar en 1525, vieron nacer un próspero poblado con un fuerte
crecimiento comercial, ya que fue utilizado por los españoles como
puerta de salida al Océano Pacífico.
Durante su época de auge, El Realejo fue utilizado como puesto
de aduanaje de las mercancías que se trasladaban de las colonias
ubicadas en el litoral del Pacífico hacia España, lo mismo
que para el tránsito de comerciantes, religiosos, soldados autoridades
y aventureros de un océano a otro.
Desde la llegada de los españoles a estos parajes, se dieron a
la tarea de construir el muelle de San Francisco, el cual fue terminado
en 1535, dos años después de iniciada la construcción
del muelle de El Realejo, que estuvo ubicado en las afueras del poblado,
a un costado del estero que desemboca en el Océano Pacífico.
Pero el mismo muelle que sirvió para impulsar el desarrollo económico
de El Realejo y toda la provincia de Nicaragua, contribuyó a la
vez con su destrucción, ya que por este lugar entraron, en 1623
las hordas del pirata John Davis, quienes saquearon el poblado e incendiaron
las viviendas, incluido el Convento de San Francisco.
El poblado se recuperó del ataque, pero 58 años después,
el pirata inglés Bartolomeo Sharp volvió a saquear e incendiar
la villa, y el convento religioso resultó nuevamente dañado.
A pesar de la reconstrucción iniciada por los pobladores, la vida
se hizo imposible en El Realejo, sobre todo a partir de 1685, cuando sus
pobladores fueron víctimas del ataque de los pitaras ingleses Edward
Davis, Towby, Swan, Knite y William Dampier.
Producto de esos ataques, muchos habitantes abandonaron el lugar hasta
dejarlo convertido en un pueblo fantasma, situación ratificada
en el informe suscrito en 1776 por el corregidor Martín Díaz
de Corcuera, donde expresó: La villa está hoy muy
aniquilada y sin un español, haberse caído los conventos
y casas de tejas, y sólo la habitan unos pocos negros galafates
y carpinteros.
Así,
la señorial Villa de El Realejo fue perdiendo su importancia económica
y política hasta quedar reducida a un mero recuerdo colonial portuario
y casi olvidado. Pero lo que le vino a dar el tiro de gracia a este poblado
no sólo fue la destrucción hecha por los piratas, sino el
decreto Legislativo del 15 de mayo de 1858, que autoriza el traslado de
la Aduana de El Realejo a Punta Icaco, en la Isla de Aserradores, donde
años después se construyó el muelle y Puerto de Corinto.
UNA RIQUEZA PORTUARIA COLONIAL
Hoy, El Realejo es apenas un pueblito semioculto a un lado de la carretera
que lleva a Corinto, con una Iglesia de construcción y estilo colonial,
pero no tan antigua como las montosas ruinas de lo que hace cuatro siglos
fue el Convento de San Francisco.
Al viejo muelle de El Realejo ya no vienen barcos veleros llenos de mercancías
traídas de otros países costeros y de ultramar. Sólo
unos cuantos botes flotan por las impávidas aguas del cada día
más seco canal del estero, donde los pobladores ribereños
tiran sus redes con la esperanza cifrada en una buena pesca.
Un parquecito de una manzana cuadrada frente a la Iglesia San Benito es
lo que distingue el centro del casco urbano con los barrios, una periferia
que empieza a sólo dos cuadras hacia los cuatro puntos cardinales.
Aunque la vida es tranquila, a veces se torna aburrida en este pueblo,
donde no hay mercado, barbería, zapatería, cine, hospedaje,
hospital, TV de cable, discoteca ni centro recreativo para distracción
de la población, que tiene que ir hasta Corinto para poder divertirse
un poco.
El mayor problema que enfrenta El Realejo es el desempleo, que afecta
a un 88 por ciento de sus habitantes, los que en su mayoría tienen
que sobrevivir del concheo, actividad que consiste en rebuscar
en el fango del estero conchas negras para comercializarlas en los mercados
de Corinto o Chinandega.
Otros, la mayoría, hacen lo mismo con la pesca artesanal, la captura
de jaibas, el cultivo de larvas de camarón o la extracción
de leña de mangle rojo para cocinar, con el ya conocido efecto
negativo en el medio ambiente.
Por esta razón, algunos consideran a El Realejo como un pueblo
dormitorio, porque la mayoría sale a trabajar a Corinto, Chinandega
y lugares aledaños, y regresa por la noche sólo para dormir
en sus hogares.
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Doña
Francisca:
Un ejemplo de amor al prójimo
El
ex marinero que hace llorar las cuerdas de la guitarra
El
insólito año cuando nadie se murió
Un
alto para saborear el
afrodisíaco pescado seco
Vicente
Napoleón Fletes, el paisajista de El Realejo

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