Alternancia en el poder
La victoria en las elecciones hondureñas del 25 de noviembre, del opositor Partido Nacional de Honduras y su candidato presidencial, Ricardo Maduro, significa un triunfo de la democracia representativa en el verdadero sentido de la palabra, o sea, desde el punto de vista de la alternancia en el poder.
En realidad, “la alternancia en el gobierno es un elemento esencial de la democracia (porque) la continuidad indefinida en sus cargos del o de los mismos titulares del Ejecutivo, aún en el caso hipotético de que ello sea el resultado de un pronunciamiento electoral libre del pueblo, sin coacción ni fraude, es un factor distorsionante para la democracia... porque el continuismo indefinido genera peligrosos elementos personalistas y autocráticos que afectan negativamente la existencia de una democracia real”, según la autorizada opinión del eminente jurista argentino Héctor Gros Espiell, Vicepresidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y antiguo Relator de las Naciones Unidas sobre Libre Determinación de los Pueblos.
Los nicaragüenses tenemos mucha experiencia sobre lo dañino que es el continuismo gubernamental para la democracia y, por lo tanto, para la convivencia civilizada y pacífica de la nación. Sin embargo, no hemos podido hacer lo mismo que los hondureños y los demás pueblos hispanoamericanos, es decir, fortalecer la democracia mediante la alternancia en el poder de un partido democrático con otro partido democrático. Y, hay que decirlo con toda franqueza, no lo hemos hecho porque la única alternativa que hay por ahora al gobierno del PLC —que está en el poder desde enero de 1997—, es el Frente Sandinista, cuyas credenciales políticas y sus antecedentes como partido de gobierno no garantizan que si volviera al poder respetaría la libertad y aseguraría que el país siga andando por el camino de la democracia.
Precisamente, por eso es que la mayoría de los nicaragüenses, en las elecciones del 4 de noviembre escogió al PLC para que siga gobernando el país durante los próximos 5 años —a pesar de que este partido ha institucionalizado la corrupción e instaurado un régimen mafioso—, con la esperanza de que se cumplan las promesas del Presidente electo, ingeniero Enrique Bolaños, de que va a gobernar con eficiencia, integridad y transparencia.
Ahora bien, es muy difícil, aunque no imposible, que en los próximos años se constituya en Nicaragua una fuerza política intermedia, equidistante de liberales y sandinistas, con capacidad de ofrecer a la nación una alternativa de gobierno genuinamente democrática y confiable, que pudiera evitar que el grupo corrupto que domina el PLC y que se ha enquistado en los poderes públicos —coludido, por supuesto, con grupos cupulares igualmente corruptos del sandinismo—, continúen saqueando al Estado, destruyendo las instituciones, y pervirtiendo y desacreditando la democracia.
Lo cierto es que la única esperanza y oportunidad que —por ahora— le queda al pueblo de Nicaragua, es confiar en que don Enrique Bolaños hará un buen gobierno, que se rodeará de colaboradores que harán el contraste necesario con la corrupta camarilla del presidente Alemán, quien a Dios gracias ya va a terminar su período, y que logrará —el gobierno de don Enrique— sobreponerse a los efectos perversos del pacto libero-sandinista.
Pero el gobierno de don Enrique Bolaños no podrá hacer mayor cosa sin el apoyo activo —aunque de ninguna manera incondicional, sino necesariamente crítico— de la opinión pública, y si pierde el respaldo de la población que lo ha llevado al poder. Y tampoco el presidente Bolaños podría lograr lo que ha dicho que quiere hacer para el bien de Nicaragua, si los sectores honestos del PLC —que sin dudas los hay— no se desembarazan de la mala influencia alemancista. Pero en todo caso, para efectos de que haya en Nicaragua la necesaria alternancia en el poder, otros sectores democráticos deben avanzar en el proyecto de forjar una tercera vía democrática; y los sandinistas moderados también deberían tener éxito en su propósito de transformar al FSLN en un partido realmente democrático, en el que la mayoría de los nicaragüenses pudiera alguna vez volver a confiar.
Porque seguir eligiendo al mismo partido gobernante es como mantener activa una bomba de tiempo contra nuestra incipiente democracia. Ni más ni menos. 
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