Injusticia rampante
“Año de la injusticia” fue el título del último Editorial que publicamos el año pasado. Y al paso que han ido las cosas en el presente año, parece que bien podríamos repetir ese título al final del 2001, pues sólo una persona, entre tantas otras involucradas en quiebras bancarias fraudulentas, es la que guarda prisión, y no faltan quienes, aplicando una buena dosis de ironía y cinismo, aseguran que sólo guardan prisión quienes hacen “bandidencias” sin el debido padrinazgo político.
El Dr. Noel Ramírez, Presidente del Banco Central, dijo recientemente en una entrevista televisiva que el estimado preliminar de lo que le costará al Estado —léase, a la ciudadanía— la quiebra fraudulenta de los bancos, asciende a unos 250 millones de dólares, de los cuales unos 150 millones serán por la quiebra del Interbank.
Al respecto, el lunes pasado LA PRENSA publicó un reportaje en el que se revelan en detalle y con base en informes de auditoría del banco, algunas operaciones fraudulentas efectuadas por Interbank y por otras compañías —como Fininsa de Panamá, S.A. e Inversiones Bursátiles Internacionales S.A.— en las que aparecían como socios algunos ex directivos y socios de Interbank.
El informe de auditoría revela que ese banco utilizaba dinero de los depositantes para abrir depósitos a plazo fijo en bancos del exterior, y que posteriormente los endosaba para garantizar préstamos a Fininsa y a Inversiones Bursátiles Internacionales S.A. Dicho en otras palabras, utilizaba el dinero de los ahorrantes para autodarse préstamos y para cancelar adeudos que compañías de los hermanos Centeno tenían con Interbank. Sólo en esas operaciones, se perdieron más de 7 millones de dólares.
Las pérdidas ocasionadas por las quiebras bancarias han significado una reducción significativa de reservas internacionales y un sustancial aumento de la deuda interna, de la cual muy poco se habla, pero que pesa sobre los hombros de los ciudadanos nicaragüenses tanto o más que la deuda externa, porque, como bien se sabe, al menos parte de la externa será eventualmente condonada, mas no así la interna.
Pareciera que mucha gente no alcanza a percibir el impacto que sobre sus bolsillos tiene esa deuda interna; quizás porque creen que al ser una deuda no debida a acreedores del exterior no tiene importancia o no debe ser pagada, pero no es así. Es una deuda, y como tal debe pagarse, y será pagada, tarde o temprano, de los bolsillos de los contribuyentes. Para pagarla hay dos caminos: o se utiliza dinero de los impuestos que ya la gente ha pagado y se dejan de brindar ciertos servicios públicos o de hacer obras de infraestructura que pudieran hacerse con ese dinero, o bien, se aumentan los impuestos.
De cualquier forma, la economía sufre porque se despilfarran recursos al ser aplicados a actividades improductivas, y se comete un acto de injusticia al hacer que paguen todos por las acciones fraudulentas de unos pocos. En los países de habla inglesa se usa mucho una expresión que dice: “No hay almuerzo gratis”, con la cual se quiere decir que siempre hay alguien que paga por cualquier producto o servicio que alguien recibe, aunque quien lo reciba no pague nada.
Sin embargo, entre gran parte de los ciudadanos existe la falsa creencia de que cuando el Estado es el que paga, no son ellos los que pagan, pero ya vimos que no es así. De ahí que la ciudadanía debe permanecer siempre alerta a las acciones de los políticos que constantemente tratan de quedar bien con sombrero ajeno, presionando por un aumento en el gasto público y haciendo creer a la ciudadanía que es posible lograrlo sin costo alguno.
Esos 250 millones de dólares —que sólo son un estimado, según el Dr. Noel Ramírez— serán pagados por el pueblo nicaragüense irremediablemente, y con la enorme falta de justicia que hay en el país, es muy probable que ni siquiera le quede la satisfacción al pueblo de ver en la cárcel a quienes lo han hecho pagar de forma injusta esa exorbitante suma de dinero. A menos que el nuevo gobierno asuma la responsabilidad de actuar y presionar para que no sea el pueblo el que siempre pague los platos rotos. 
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