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MARTES 20 DE NOVIEMBRE DEL 2001 / EDICION No. 22558 / ACTUALIZADA 01:30 am
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Álvarez Montalván, académico de la lengua y la historia

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Jorge Eduardo Arellano

El 27 de enero de 1995 el doctor Emilio Alvarez Montalván ingresó como miembro de número a la Academia Nicaragüense de la Lengua, ocupando la silla C y leyendo el discurso “Valores de la cultura política nicaragüense”. Significativamente, la letra C coincidía con su personalidad de conservador en el mejor sentido de la palabra, es decir como renovador de la permanencia que sabe conservar vivo lo viejo reconocido y admirando al mismo tiempo, la novedad e innovación especialmente del pensamiento y la tecnología.

En cuanto al tema de su discurso que tuve el honor de contestar, sistematizó después el volumen, constituyendo el mejor y mayor testimonio de su vocación intelectual. Realista y ameno en su relato, novedoso y perspicaz en su análisis, se sustenta en teorías sociológicas modernas para ofrecernos un acabado ensayo sobre la identidad latinoamericana en general y la nicaragüense en general. Yo también me acredité el honor de presentar su obra, en la que se fundó el escritor y el historiador, quedando como uno de los aportes interpretativos de más consistencia y ecuanimidad de lo que es y ha sido nuestro proceso sociopolítico.

Pero veinte años antes de su ingreso, ya Álvarez Montalván había contribuido a la investigación de nuestra habla popular con el trabajo “Apuntes sobre el escaliche nicaragüense”, es decir, el lenguaje de los bajos fondos. Posteriormente, esta vena lexicográfica suya heredada de su padre, también académico de la Lengua, produjo otra contribución valiosa. “Mil palabras en desuso”, las cuales sirvieron de base al material léxico del Diccionario de uso del Español de Nicaragua que nuestra Academia editó a principios de este año.

Igualmente, en 1995 Álvarez Lejarza aceptó presidir la Junta Directiva de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua (AGHN), tras casi tres lustros de interrupción; sencillamente, ésta no cabía en los planes culturales de la nueva realidad política inaugurada en 1979. Pero él, con su sentido de nación y de continuidad institucional, le dio su apoyo solidario, al margen de los signos partidarios e ideológicos de sus colegas.

En realidad, fue por ese apoyo personal primero y luego oficial —desde la Cancillería de la República— que esta otra Academia ha funcionado, pudiendo editar una revista especializada en sus disciplinas, organizar cursos de actualización para profesores de secundaria, seminarios sobre archivos, etc. Y en todas estas actividades ha estado presente, incluso, impartiendo clases en dichos cursos y colaborando en la revista con ensayos como el de la periodización histórica de la “Medicina y sociedad nicaragüense”, desde la mágica precolombina hasta la atómica de nuestros días.

Agradecemos, pues, al doctor Álvarez Montavlán toda su preocupación y todo su tiempo dedicado a la AGHN, no sin subrayar en él otros dos valores que pocos practican. La conciencia de retirarse en el momento oportuno de sus responsabilidades y la convicción de dar paso oportuno a intelectuales de otras generaciones para dirigir y hacer marchar nuestra corporación.

Con estas palabras me sumo al homenaje de reconocimiento y consenso nacional que se le tributó recientemente al científico y profesional de la medicina y la oftalmología, al analista político nacional e internacional, al dirigente e ideólogo del conservatismo, al Canciller de la República (1997-98) y al académico de la Lengua y de la Historia que ha sido y es mi amigo, maestro y valedor Emilio Álvarez Montalván.

Miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua  
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