Riqueza de la Iglesia es el Evangelio
Melvin Javier Paredes melvinjavier@mailcity.com
Discrepo de la posición del sacerdote Pablo A. Villafranca (LA PRENSA, lunes 12 de noviembre) porque ya no vivimos en el medioevo, cuando se pensaba que fuera de la Iglesia no existe la salvación.
Aunque seamos elocuentes al ignorarlo, ha habido casos en que la Iglesia con palabra, obra u omisión ha estado de parte de ideologías amenazantes y devastadoras, como cuando guardó silencio frente al holocausto de los judíos, gitanos y otras minorías. Otro episodio fue la cruzada contra los cátaros, martirizados por la imposición de una sola verdad ideológica, la que nuestros indígenas terminaron aceptando con masivas dosis de violencia, sangre y fuego.
Sería recomendable encausar a tiempo y fuera de tiempo, desde el púlpito y otras tribunas la cultura de la paz, para dirimir los conflictos sin violencia, con pleno respeto a quienes piensan de otra manera. Como se ha dicho, una sociedad donde no caben todas y todos, es una sociedad sin Dios.
Debemos ser constructores de la paz, la justicia y la reconciliación. En este arduo sendero contamos con la luz y el ejemplo de personajes y líderes a quienes por su coherencia cristiana hay que rescatar: Teresa de Calcuta, San Francisco de Asís, Thomas More, Miguel Servet, San Pascual Bailón, el Premio Nóbel de la Paz Albert Schweitzer, Monseñor Oscar Arnulfo Romero, Martín Luther King, Frai Antón Montesinos o Bartolomé de Las Casas, entre otros.
En el Libro de Amós, el profeta denuncia a voz en cuello: “vendieron por dinero al justo /y al pobre por un par de zapatos. /Pisotean en el polvo de la tierra/ las cabezas de los desvalidos” (Amós 2.6,7). ¿No es una situación similar la que se está viviendo en Nicaragua? Es desagradable leer estas partes de la Biblia cuando te sientas a la mesa y comes a tus anchas el filete miñón, el vino tinto, el queso manchego, el jamón ibérico, cuando bendices los festivales gastronómicos de los hoteles, el Pío V, la ensalada tártara, mientras que el pueblo crucificado por la falta de institucionalidad democrática, falta de créditos para los pequeños productores, falta de transparencia en la gestión pública, escasez de empleos dignos, carencia de circulante en los bolsillos, inseguridad ciudadana y otros males, no tiene ni para el gallo pinto (comida popular nicaragüense). Una iglesia que se aleja del pueblo se aleja realmente del Evangelio.
Citar en latín con profusión tal vez no sirva de mucho. Será más provechoso el luchar para mejorar la calidad de vida de las mayorías empobrecidas y restituir la imagen de Dios en el ser humano. La riqueza de la Iglesia no consiste en la cantidad de bienes que posee. La riqueza de la Iglesia es el Evangelio, como decía Lutero.
Si el futuro presidente Bolaños habla de un nuevo trato político con trabajo, tesón y esfuerzo, bienvenido sea. Max Weber en su estudio sobre la ética protestante, quería determina la influencia de ciertos ideales religiosos en la formación de una mentalidad y ethos económicos, fijándonos en el caso concreto de las conexiones de la ética económica moderna con la ética racional del protestantismo ascético. Quizás releyendo estas obras clásicas del pensamiento, encontraremos pistas que puedan ser de utilidad para sacar adelante a Nicaragua, ahora que, después de la contienda electoral, tenemos mucho trabajo por delante, y siempre que los funcionarios públicos sean los primeros en dar el ejemplo.
El autor es sociólogo de la UPOLI y doctor en Filosofía. 
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