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LUNES 19 DE NOVIEMBRE DEL 2001 / EDICION No. 22557 / ACTUALIZADA 01:30 am
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Ventana de oportunidad

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Jorge Salaverry
jorgesal@cablenet.com.ni

Habiendo transcurrido dos semanas desde que el pueblo nicaragüense impresionara al mundo con una hermosa lección de madurez y de civismo, el ambiente aún se encuentra impregnado de una sensación de alivio y de paz, y de una alegría que va en aumento a medida que se acercan los aires decembrinos, y junto con ellos, las festividades de la Purísima y de la Navidad. La gente siente que tomó la decisión correcta, y eso explica por qué, aún en medio de las vicisitudes y problemas de la vida cotidiana, se percibe ese ambiente festivo y de esperanza.

Comprendo que pueda haber pesar y tristeza en algunos de los electores que votaron por los candidatos perdedores, pero creo firmemente que, después de todo, ellos también ganaron, porque la ventana de oportunidad que se ha abierto para nuestra patria como resultado de las elecciones recién pasadas, es amplia, ancha, y buena para todos.

De seguro que habrá algunos que piensen que en esta ocasión las esperanzas ciudadanas podrían verse frustradas una vez más. Y dada nuestra experiencia histórica, resulta lógico tener ese temor. Por eso es importante que estemos conscientes de que lo que tenemos ante nosotros es simplemente una oportunidad, grande y extraordinaria, ciertamente, pero una oportunidad al final de cuentas, y las oportunidades o se aprovechan o se pierden.

La pregunta que cabe es: ¿cómo podríamos aprovecharla y no desperdiciarla miserablemente? Recordemos, en primer lugar, que no hay soluciones mágicas ni instantáneas. Sería infantil pensar que con tan sólo cambiar a un nuevo gobierno ya todo será color de rosa. Ni siquiera podemos esperar tal cosa al final del mismo, aún en el supuesto de que todo lo haga bien. Nuestro país sufre tal grado de retraso económico y social que nos tomará mucho tiempo salir del hoyo. Lo importante es que nos movamos en la dirección correcta y no en el sentido contrario.

Debemos revestirnos de paciencia y de inteligencia, y darnos cuenta de que el progreso es evolutivo y no revolucionario, o sea, que se da paso a paso, poco a poco, y no de repente ni de sopetón. Es fruto del trabajo y del esfuerzo arduo y tesonero de todos, y no sólo responsabilidad del gobierno o de unas cuantas personas.

Ciertamente que el nuevo gobierno deberá hacer su parte, y hacerla bien hecha, pero sería un grave error esperarlo todo de él. El gobierno deberá caracterizarse por ser austero y honesto, y deberá dedicarse a crear un ambiente favorable para que los ciudadanos nacionales y extranjeros puedan tener confianza para invertir y trabajar productivamente. Eso pasa, sin duda alguna, por la despartidización de las instituciones estatales; tarea nada fácil, pero urgente y necesaria. Pero la otra tarea, la que debe ser realizada por la sociedad, es decir, por los ciudadanos, es igualmente importante y decisiva para lograr el progreso.

Recuerdo que en la inauguración de su precampaña, nuestro ahora Presidente electo, don Enrique Bolaños, pronunció un discurso en el que habló de soñar con una Nicaragua próspera y con bienestar para todos. Don Enrique tiene razón: seremos lo que nos imaginemos. Si nos autovemos como un país que debe ser objeto de la caridad internacional, seguiremos siendo pobres. Pero si nos convencemos de que Nicaragua puede salir de la pobreza, lo lograremos, si trabajamos dura y creativamente.

La condición primaria para alcanzar ese objetivo es la libertad, empezando por la libertad de cada ciudadano de poder soñar y de llevar a cabo sus propios sueños y ambiciones; una libertad que debe ser indelegable y que jamás puede ser cedida a ningún organismo planificador ni coordinador, llámese Conpes, Conades, o como quiera que se llame.

Más sociedad y menos Estado debe ser la meta. Es factible que haya más sociedad y más progreso en la medida que haya más libertad, pero si esa libertad se congela en una burocrática, ilusoria e inútil “agenda de nación”, las posibilidades de progreso y bienestar se reducen dramáticamente. Vaticino un futuro promisorio para Nicaragua, siempre y cuando el Estado se reduzca a hacer lo que le corresponde, que no es otra cosa más que proteger nuestra vida, nuestra libertad y nuestra propiedad, y si deja a los ciudadanos libres para soñar y esforzarse en materializar sus propios sueños. Y para cualquier “agenda de nación” que se llegara a formular, lo único que anticipo es un lugar polvoriento en el estante de alguna oscura y silenciosa biblioteca.

El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.  
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