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LUNES 12 DE NOVIEMBRE DEL 2001 / EDICION No. 22550 / ACTUALIZADA 1:00 am
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Las pretensiones de Alemán

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Jorge Salaverry*

Hace una semana, gracias a Dios, terminó la incertidumbre electoral. La demostración de civismo y responsabilidad que dio el pueblo nicaragüense el 4 de noviembre pasado asombró y maravilló a cuanto observador internacional estuvo presente en Nicaragua. En unas elecciones sin precedentes en cuanto a la masiva participación de votantes, el pueblo hizo gala de gran sensatez y buen juicio al elegir como Presidente de la República a la persona con mayor capacidad para conducir al país por un sendero de libertad, de paz y de progreso para todos. Muy pronto el virtual Presidente electo, ingeniero Enrique Bolaños Geyer, tendrá el privilegio de empezar a honrar la extraordinaria confianza que la ciudadanía ha depositado en su persona.

Pero no todo será fácil. Además de la gran dificultad que representa gobernar un país pobre, con bajos niveles de producción, y con una tan precaria fortaleza institucional, ya empiezan a perfilarse también ciertas manifestaciones de mezquindad y de ambición política que podrían complicar las cosas todavía más.

A partir del 10 de enero del próximo año, Enrique Bolaños ejercerá la Presidencia de la República por voluntad explícita de un millón doscientos veintiocho mil cuatrocientos doce nicaragüenses, mientras que Arnoldo Alemán ejercerá una diputación en la Asamblea Nacional como consecuencia de la voluntad de dos personas solamente: la suya propia, y la de Daniel Ortega. (Se recordará que en el pacto que hicieron esos dos señores en 1999 se reformó la Constitución Política para que Alemán obtuviera una diputación automática y regalada en el cuerpo legislativo). Eso quiere decir que Enrique Bolaños tendrá un mandato popular claro, mayoritario y transparente para ejercer el Poder Ejecutivo, y que Arnoldo Alemán, por haberse colado amañadamente en la Asamblea Nacional, no tendrá ninguno.

Pero por si eso fuera poco, Alemán pretende ahora, con nuevos trucos, hacerse elegir Presidente de la Asamblea Nacional, demostrando, una vez más, que su lujuria por el poder no conoce límites. Pretende, en otras palabras, traicionar y burlar la voluntad popular expresada con suma nobleza y dignidad el domingo antepasado. Yo no tengo dudas de que si se hubiese dejado en manos de la ciudadanía la potestad de decidir si Alemán debe de irse a su casa o a la Asamblea Nacional al término de su período presidencial, el pueblo habría decidido, por abrumadora mayoría, que es a su casa —si no incluso a otra parte—, adonde le correspondería irse, pero, lamentablemente, no fue así, y sólo se le consultó a su socio, el señor Daniel Ortega.

Pero el que Alemán llegue o no a ser Presidente de la Asamblea Legislativa depende en última instancia de lo que decidan los diputados liberales recién electos. Si ellos optan por satisfacer las ambiciones de Alemán, estarán demostrando una sumisión servil e injustificable, y el mensaje que inevitablemente estará recibiendo la población es que la voluntad que prevalecerá en esa institución será exclusivamente la de alguien que ni siquiera fue electo por el pueblo.

La construcción de una democracia, como la que la ciudadanía nicaragüense está demostrando querer, es un asunto no sólo de leyes y de instituciones, sino de gestos y de símbolos. Una nación que ha sufrido tanto por las ambiciones insanas de gente inescrupulosa y sedienta de poder, merece que se le respete su voluntad. La votación del 4 de noviembre pasado no fue sólo para decirle sí a Enrique Bolaños y no a Daniel Ortega, sino que también fue para, implícitamente, decirle un basta ya a Alemán.

La sola presencia de Alemán en el Parlamento, y con mucha mayor razón en la presidencia de esa institución, introduce un elemento discordante en el proceso democrático nicaragüense, debido a que perpetúa el indeseable mito de la indispensabilidad personal, un viejo vicio somocista y sandinista que nos urge superar.

Si bien es cierto que el actual sistema de selección de diputados favorece el nombramiento de personas dóciles y controlables, también es cierto que una vez que un diputado ha sido electo popularmente, nadie puede removerlo de su cargo, ni siquiera la persona que en primer lugar hizo posible su elección. Me queda entonces aún la leve y probablemente muy infundada esperanza de que haya un gesto de dignidad entre la bancada liberal que tomará posesión en enero del 2002, para que en beneficio del proceso democrático del país no se escoja al señor Alemán como presidente de ese ente estatal. ¿O será acaso necesario que el pueblo se manifieste cívicamente para expresar su rechazo a las pretensiones de Alemán?

* El autor es miembro del Consejo Editorial de La Prensa y catedrático de la UTM.
jorgesal@cablenet.com.ni  
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