Editorial
Desde abajo o desde adentro
En todas partes del mundo democrático, la oposición trata de que sus programas sean aceptados y ejecutados por el gobierno, y se molesta y critica a los gobernantes cuando no aceptan semejantes proposiciones, es decir, casi siempre. Pero esto es parte de la comedia política, que resulta inofensivo mientras se mantiene en los límites de la moderación y no se lleva a extremos dramáticos ni ridículos, como fue la estrategia de “gobernar desde abajo” que aplicó violentamente el FSLN después de las elecciones de 1990, o la de “gobernar desde adentro”, que parece ser la nueva versión de la misma estrategia sandinista.
En realidad, esto es lo que se puede deducir de la exigencia del FSLN de que el recién electo Presidente de Nicaragua, don Enrique Bolaños, tendría que gobernar de conformidad con un supuesto programa de “unidad nacional” dictado por los partidos que perdieron las elecciones, y no de acuerdo con la plataforma de gobierno por la que votó una incuestionable mayoría (56.31%) de los electores nicaragüenses.
Para sostener semejante despropósito, el diputado sandinista Bayardo Arce Castaño declaró el jueves de la semana pasada que: “Nosotros (es decir, el FSLN) creemos que el ingeniero Bolaños tiene una deuda moral que adquirió con el país y doña Violeta Chamorro. Nuestro apoyo está en dependencia de si cumple con llamar a las fuerzas políticas para que hagamos una nación para todos”. Y sentenció, ominoso, el diputado sandinista: “Estamos esperando que lo haga, de eso va depender mucho todo lo que pase en la vida política del país”. (LA PRENSA, viernes 9 de noviembre del 2001).
Pero la verdad es que la ciudadanía no escogió para gobernar durante los próximos cinco años, a los tres candidatos que compitieron el 4 de noviembre. Tampoco votó a favor de todos los programas de gobierno que le presentaron durante la campaña electoral. La mayoría del pueblo escogió como nuevo Presidente de Nicaragua a uno de los candidatos en particular, a don Enrique Bolaños, y en consecuencia prefirió la plataforma gubernamental de éste, que es la que se tiene que aplicar.
En cualquier país democrático gobierna quien ganó las elecciones, no una coalición del candidato triunfador con los candidatos derrotados, ni con base en los programas de gobierno que fueron rechazados o que no fueron aceptados por el pueblo. Y en el caso específico de Nicaragua, la Constitución Política es absolutamente clara (Artículo 144) al señalar que “El Poder Ejecutivo lo ejerce el Presidente de la República, quien es Jefe de Estado, Jefe de Gobierno y Jefe Supremo del Ejército de Nicaragua”.
Otra cosa, pero muy diferente, es que independientemente de banderas partidistas y al margen de diferencias políticas, todos o la gran mayoría de los nicaragüenses coincidimos en que es necesario desmontar el pacto libero-sandinista; erradicar la corrupción o al menos combatirla efectivamente; mejorar la educación; despartidizar y adecentar la Corte Suprema de Justicia, el Consejo Supremo Electoral, la Contraloría General de la República y la Superintendencia de Pensiones; fortalecer la seguridad pública; atraer las inversiones privadas para producir más riqueza y ensanchar el mercado de trabajo; ampliar y hacer más eficientes las prestaciones de salud, etcétera. Sin embargo, para acometer y cumplir estas tareas fundamentales no es necesario —y más bien sería contraproducente— hacer un gobierno promiscuo como pretenden el FSLN y sus aliados. En todo caso, lo que tendrá que hacer el nuevo gobernante es apoyarse en el pueblo, promover la participación de la sociedad y procurarse la cooperación constructiva de una oposición política que será respetable y respetada en la medida en que su actitud sea democrática y civilizada.
Y por supuesto que lo principal será que don Enrique Bolaños ejerza el poder de manera honesta, transparente y eficiente; que respete las libertades individuales y los derechos de las minorías; que promueva el pluralismo democrático; que actúe como representante y mandatario de toda la nación y no como el cacique de un partido político, y mucho menos como el cabecilla de una camarilla de individuos codiciosos y corruptos, como infortunadamente para Nicaragua lo hizo el presidente Alemán en el período que gracias a Dios muy pronto va a terminar. 
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