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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 10 DE MARZO DE 2001
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Genio y figura de Carlos Martínez Rivas

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Armando Amador

El poeta tocó la puerta de nuestra casa aquella mañana de domingo. Trajo un sobre cerrado que me pidió no abriera hasta que concluyera la visita, y no estuviera él presente.

Al invitarlo a entrar lucía muy ágil, jovial y comunicativo. Al entrar a la sala, recorriendo sus ojos escrutadores sobre los cuadros de pintura: Cante Jondo, de Felipe Vallejo, español; Paisaje planetario, de Ileana Veguezzi, argentina; La magia de la risa, de Hugo Baptista, venezolano, preguntando acerca del pintor de Caracas, impresionado por su expresión plástica; y de otras piezas allí expuestas. Pasamos a la biblioteca, en donde estaba mi familia reunida en torno a una mesa saturada de frutas, una jarra de jugo de naranjas, y un galón de helado.

CMR compartió jubiloso aquel ambiente de familia entre libros, frutas, jugos y helados. Empezó elogiando ese encuentro imprevisto, y manifestó cuánto celebraba ese contorno familiar.

Pasaron las horas entre comentarios sencillos sobre las plantas que observaba en nuestro patio, libros, música y pintura. Al comprobar que era la una de la tarde, aceptó almorzar junto a nosotros la comida casera, dando énfasis de alegría por los alimentos sin grasa animal y muy poca sal.

Recorrió los estantes de nuestra biblioteca y luego oímos música francesa, brasilera y venezolana. La cara ovalada de CMR era radiante, hablando de algunas melodías y maestros de diversidad de países.

Celebramos una aproximación familiar a CMR. Inolvidable. A las cuatro y treinta de la tarde dijo que regresaría a su casa de Altamira, y todos los cuatro del núcleo familiar dispusimos acompañarlo.

Transcurrieron seis horas de comunicación no prevista para rodear a CMR en la alegría de vivir, oyéndole y viendo cuánto disfrutó ese ocho de septiembre de l985.


UN GENIO INCOMPRENDIDO

CMR fue un intelectual de hallazgos imprevisibles en su mundo interior, de sus abismos y del rutilante conocimiento de sus dioses y sus demonios, sin paralelo en la inteligencia mayor de Nicaragua.

Ocurre que CMR, al igual que Marcel Proust, a la hora ineluctable del tiempo perdido, poseía tantos escritos inéditos en poesía, crítica, diarios, ensayos y apostillas, al extremo de acumularlos dentro de un baúl, a la espera de un editor.

CMR, resulta obvio, era un escritor de raíces clásicas; dotado de una vasta información en torno de autores antiguos, modernos y contemporáneos.

Entre paréntesis deslumbrantes, CMR disertaba sobre Darwin, Shakespeare, Virgilio, Chesterton, Lope de Vega, Machado de Asís, Guimarães Rosa, Drummond de Andrade, y Nabokov, entre los más diversos escritores en sus referencias eruditas.

Así mismo, es explicable cómo los “400 golpes” sufridos por CMR en la infancia, la adolescencia y cuando era joven, inclusive en la plenitud de su existencia, determinaron un proceso de autodestrucción, a vivir en una solitariedad, dominado por un delirio alcohólico, ávido de sexo sórdido, sin abandono de sus espléndidos conocimientos de la literatura y la ciencia.

Así devino la crisis de su salud, hasta morir.


LOS JUICIOS TERRIBLES

CMR era lúcido, convincente, sin dudas, cuando expresó opiniones sobre pintura, música, medicina, astronomía y política, incluyendo juicios terribles alrededor de personajes y elementos del contorno, a propósito de sus relaciones privadas, dando relieve a hidalguías humanas y en torno a las miserias y tacañerías marcando al rojo vivo a seres equívocos de la mutualidad de los elogios necios.

Los rasgos temperamentales y los valores del carácter en CMR, vistos y tratados en tiempos diversos, están en similitud relevante a María Casares en Residente Privilegiada, y a algunos espacios de André Malraux en sus AntiMemorias.

Managua, 21 febrero 2001.

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Con Hoffmann en Nueva York


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