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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 10 DE MARZO DE 2001
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Con Hoffmann en Nueva York

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Ricardo Alvarado Noguera(*)

Roald Hoffmann (1937, Zloczow, Polonia) es uno de los más brillantes científicos vivientes que lleva el genio en diferentes venas. Laureado con el Premio Nobel en Química en 1981 (compartiendo honores con el japonés Kenichi Fukui) por sus investigaciones sobre las aplicaciones de la mecánica cuántica en la predicción del curso de algunas reacciones químicas.

Roald viene incubando un estilo de poesía fresca y profunda, en donde el arte, y las ciencias puras se mezclan con prodigiosa divinidad y paz, produciendo versos deliciosos que enlazan musas tradicionales con esas que se esconden, tímidas y taciturnas, en los laboratorios. Roald viene generando, con singular destreza, una poesía diferente, una ´poesía cuántica´.

Alquimista del verso y panida de los átomos, el poeta científico ha recibido múltiples elogios, y un buen número de reconocimientos distinguidos: el Nobel en el 1981, la Pristley Medal otorgada por la Sociedad Americana de Química, el Arthur C. Cope Award en Química Orgánica, el Monsanto Award, la National Medal of Science, y otros más.

Las musas de Roald, que intercambian amistades con esas de plumas tan excelsas en la literatura norteamericana como la de Archie Ammons, también han penetrado con éxito indeleble las místicas, y celestiales moléculas de los númenes de la prosa, y de la poesía artística.

Ha logrado, el poeta cuántico, cantar a las geometrías electrónicas con inspiración rutilante, impregnada de flores, y simultáneamente, trovar a las flores con un romanticismo electrónico inmarcesible, vigoroso.

La exuberante creatividad de Roald ha cosechado libros en donde lleva con magnífica sencillez y pulcritud la ciencia al pueblo: Chemistry Imagined: Reflections on Science (1993), y The Same and Not the Same (1995), piezas magistrales. Sus poesías cobran prestigio, y retan a la más aguda imaginación, con colecciones como The Metamict State (1987), Gaps and Verges (1990), Memory Effects (1999). Con su amigo Carl Djerassi (de Stanford University) ha escrito la obra de teatro Oxygen. Oxygen, al leerla, transmite precisamente eso, una especie de oxígeno espiritual y remozado.

Con Roald —a quien llamo por su primer nombre porque así su grandeza y humildad lo han solicitado—, la ciencia fría de los hilos del Internet mantiene una amistad que, paradójicamente, ha conservado cálida.

Hace ya una década le envié una carta a Cornell (en donde enseña química y es the Frank H.T. Rhodes Professor of Humane Letters), manifestándole deseos de proseguir estudios posdoctorales en su grupo. La aplicación no llegó a buen tiempo, pero sí una copia de mi librito “Poetry of Love for Angels. Un punto de vista físico-químico”. Roald gentilmente respondió a la carta, haciendo también llegar algunas copias de sus artículos literarios.

Desde entonces recibo sus libros y sigo con admiración la ascendente evolución de su poesía cuántica, poesía que busca armonizar con franqueza meridiana las bellas metáforas de las simetrías moleculares con esas de las perfectas figuras de los ángeles y las flores (que también están compuestas de moléculas y más moléculas... inmaculadas).

En todo caso, es seguramente cierto que todos los átomos —independientemente de formas y constituciones— han de experimentar —y sentir— algún tipo de belleza, absoluta o relativa.

Roald en conversación dice: «Hay algo que no es cierto, eso de que los científicos tienen una visión superior a la de los poetas en lo que se refiere al funcionamiento de las partes importantes del universo. Curiosamente, creo que muchos humanistas sienten en su fuero interno que les impedimos acceder a ese tipo de conocimiento. ¡Quizás estén en lo cierto, pero lo hacemos en porciones tan cuidadosamente circunscritas del universo! La poesía se eleva, alrededor de lo tangible, en la oscuridad profunda, a través de un universo que desvelamos y creamos».

En los primeros días de febrero pasado (entre aeropuertos, de regreso a Finlandia después de una conferencia en Iowa City), visité con mi esposa Paula a Roald en Nueva York. Tocamos a la puerta. Roald —el mismo que conocí hace 10 años, en otro lugar de la “Gran Manzana”— nos hizo pasar con la amabilidad y carisma de costumbre. No ha cambiado, delgado, quizá con algunas cuantas canas más, cortés, y con el mismo magnetismo.

Magnetismo difícil de describir, que ha de ser cualidad propia de genios que tocan con periodicidad a las puertas del cielo para recibir esa energía y fortaleza espiritual que les facilita producir cosas buenas y dulces, cosas que permanecen en el tiempo... procurando equilibrar el cosmos.

Tomamos café fuerte y conversamos largo. Un poco de todo, de Nicaragua, Finlandia y, por supuesto, de poesía. Las palabras emanaban de sus labios con la misma naturalidad de la tarde helada, que velozmente cedía su espacio frío a la noche.

Al llegar al capítulo poético, sus ojos brillaron con tal intensidad y rapidez, que las palabras no hacían falta para percibir las vibraciones de la pasión del Nobel por las letras.

Como escribe Miguel Méndez Rojas (de Texas Christian University), Roald «ha empleado su habilidad y arte en la escritura, para comunicar a la gente, no necesariamente científica, su particular forma de ver la ciencia, muy especialmente, la química». Cierto, pero hay algo más. Roald está llevando con simpleza y ternura a las ciencias puras, a la poesía y la poesía a las ciencias puras.

Sus versos llegan con tersura al alma, y provocan reacciones en donde se mezclan todos los colores, formas y sabores y, sobre todo, se pierden las fronteras. De allí que la belleza, absoluta o relativa, es siempre bella... provenga ésta de intrincadas configuraciones electrónicas o de las deidades del Parnaso.

Para Roald: «…es igualmente bonita la riqueza de una iglesia rococó de Baviera, como lo es también la aparentemente enmarañada y funcional perfección de la ribonucleosa…/ Hay metáforas en abundancia en ese mundo de la ciencia. Emociones con la forma de estados de materia, y, lo que es más interesante, materia que representa lo que sucede en el alma».

Ha de ser que la materia y el espíritu en Roald han superado los obstáculos del egoísmo humano. Y probablemente la ciencia y poesía que brotan de las células de su ser viven un romance límpido y transparente, tranquilo y bienaventurado.

En su poema Tsunami, Roald se refiere precisamente a esa ´Onda cándida y humana´ que trasciende lo intrascendente, y se sumerge en lo insumergible:

«...Tú
eres una onda.
no de pie, no
viajando, ni satisfaciendo
ecuación alguna.
Eres una onda que no será
(Fourier) analizada.
Tú eres una onda; en
tus ojos me
hundo de buena
gana»

El poeta de los ‘Cuantos’ ha vivido muchos versos, dramas, alegrías y tristezas que han de tener buena poción de influencia en la maravillosa sensibilidad de su inspiración y en la amplitud y serenidad de su filosofía.

Descendiente de una familia judía, es un sobreviviente del holocausto. En su poema Junio de 1943, Roald recuerda el asesinato de su padre a manos de los nazis, irradiando sentimientos que reconfirman su extraordinaria nobleza y fuerza de poeta:

«…, padre,
soñé que tenía poderes,
que podía bombear vodka
en la sangre, paralizar
al policía ucraniano
que disparó su arma
cuando arremetiste al jinete de las SS.

Y cuando esto también falló,
oh padre,
cerré las persianas
y les torcí los rostros
a las personas forzadas
a mirar a la plaza,
para que no pudieran verte caer,
para que no pudieran oírte decir,
dos veces, el nombre de mi madre»

El encuentro con Roald Hoffmann en Nueva York —encuentro con un gran poeta cuántico—, fue efímero, rápido como el tiempo… pero eterno como el cielo y los cuantos. Abrazos y un “hasta la próxima...” clausuraron la ocasión. En la interinidad —no quepa duda— la poesía de Roald continuará volando más alto, con fotones y musas, en su irreversible curso a las puertas del cielo.


ANEXO:

Algunas de las poesías de Roald Hoffmann han sido llevadas al español. Traducidos al francés, portugués, ruso, sueco, etc., los poemas de Hoffmann se han divulgado en muchas revistas. Traducciones al español han aparecido en publicaciones como la del CGAC “Centro Galego de Arte Contemporánea”. El libro The Same and Not the Same (1995), fue publicado (1997) por el Fondo de Cultura Económica (traducción de Leticia García Urriza) con el título “Lo Mismo Y No Lo Mismo”.

(*) Encargado de Negocios a.i. de Nicaragua en Finlandia

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Con Hoffmann en Nueva York


Acuarelas nicaragüenses


Elena Poniatowska, ‘La piel del cielo’


Genio y figura de Carlos Martínez Rivas


Galáctico