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Rosario Aguilar, Recolectora de feminidad
Blanca Castellón
Hace unos días leí en un recuadro de un periódico la información sobre el Premio Gabriela Mistral que había ganado nuestra primera escritora “que hace de la mujer sujeto y no objeto del discurso” según Nidia Palacios, estudiosa de su obra. No pude menos que sentir el júbilo recorriendo mi nacionalidad, mi feminidad, el enquistado oficio de la escritura y hasta algunas remotas gotas de sangre, que dichosa comparto con la autora.
Desde pequeña me fue legada la admiración por Rosario; mi madre, acostumbrada a la lectura de Dostoievski, Víctor Hugo, Dickens y otros inmortales, quedó como hipnotizada por varios días cuando se topó con ‘Un Mar Sin Fondo Ni Playa’; le fue fascinante, y a la vez extraña a su condición de mujer. Pasó varios días comentándola con nosotros, sus hijos y rememorando con orgullo, algunas anécdotas de su infancia compartidas con Rosario.
Han pasado muchos años, pero el ‘enlace’ quedó latente hasta que redescubrí por cuenta propia el universo de esta escritora que recoge el camino espinoso recorrido por nuestras mujeres desde los tiempos de la conquista hasta nuestros días.
En las páginas de sus novelas palpitan nuestros más íntimos deseos, sufrimientos y esperanzas.
Entrar a su obra es internarse en la matriz donde ha evolucionado lentamente nuestra capacidad de ser sujetos activos de la aldea global.
“La conciencia de que soy algo superior, me tornó peligrosa... En mí se ha roto algo; un como candado. Al encontrar en mi cuerpo a un ser humano, a una persona, me siento con el derecho al respeto y la dignidad” (Quince Barrotes de Izquierda a Derecha).
Indiscutiblemente con el aporte de Rosario Aguilar, nuestra literatura se fortalece, y nuestra feminidad se llena de aquellas vigorosas exclamaciones de Doña Luisa en ‘La Nina Blanca y los Pájaros Sin Pies’: “¡Qué valiente me siento, y qué ola de calor me invade cuando oigo el trote de las temibles bestias con cascos...!” ... “¡Qué osada soy! ”.
Osados han sido todos los hombres y mujeres de la palabra, que como Rosario han tomado de la punta el hilo azul, para dejar bordado y en relieve el nombre de la patria sobre la esfera del mapamundi.
Todavía hay motivos poderosos para conservar en nicho de oro nuestra nacionalidad, gracias a la literatura que por tradición ha dignificado, y elevado nuestras raíces.
Al igual que en “Rosa Sarmiento”, madre de nuestro Rubén —“No presiente Rosa cuando lentamente camina, lo que aportará a los hombres. Ese pequeño ser que lleva en ella.”— Seguramente no presintió Rosario en sus años mozos, lo que aportaría su voz y prodigiosa imaginación a las páginas de la historia de nuestra literatura.
Celebramos pues, enlazadas todas, el bien merecido premio que ha obtenido esta escritora de hablar pausado y escritura recia, que parece encarnar en su figura aquellos versos que Darío dedicara a Machado:
“Cuando hablaba tenía un dejo de timidez y de altivez.
Y la luz de sus pensamientos casi siempre se veía arder.” |
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