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DOMINGO 4 DE MARZO DEL 2001 / EDICION No. 22300 / ACTUALIZADA 1:30 a.m.

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Lectura Dominical
Llamados a la vida y no a la muerte

Ministerio Arquidiocesano de Predicación “Madre de la Nueva Alianza”

«Habla la sangre de tu hermano y desde la tierra grita hasta mí»
(Gen 4, 10)


Desde los siglos de experiencia de la Iglesia sabemos que es imposible justificar el pecado del aborto provocado en la mente y el corazón del que lo ha realizado, y por ello tratará de mil maneras de justificarlo, porque le pesa, le grita hasta ensordecerlo, le está presente en todo momento.

Es un cargo de conciencia que se lleva durante mucho tiempo en la vida, seguramente porque hemos sido llamados a la vida y no a la muerte. Y si se da la muerte en nosotros es como paso para la vida eterna. “El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna. Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje” (Catecismo de la Iglesia Católica 1020).

Muchas veces hemos tratado el asunto del aborto provocado solamente como pecado mortal, y lo es, no lo niego. Pero quisiera interesarme por algo que desde mi experiencia sacerdotal me ha conmovido: el sentimiento de culpa que siempre termina cargando la mujer que abortó. Carga que la hace sentir muy mal y la agobia tremendamente. La carga de haber matado a alguien, y ese alguien que era parte de ella, y esto persiste siempre por más que organismos pro abortistas lo traten de justificar y de anestesiar la conciencia para que no sufran esa incomodidad.

Esos traumas que deja el aborto en las mujeres son otras razones que hay que agregar al por qué de la oposición a tal pecado. Siempre está presente la culpa, el sentimiento de crimen. Dios que habla a través de la conciencia: «Habla la sangre de tu hermano y desde la tierra grita hasta mí» (Gen 4, 10)

El trauma que no la deja dormir tranquila, que la hace cambiar de humor por momentos, que le hace sentir incómoda ante diálogos de personas que refieren al tema o ante un pequeño niño que tiene la edad que seguramente tendría el feto que abortó. Sienten que la conciencia no se puede adormecer sencillamente, que necesitan algo más que un psicólogo que le diga palabras consoladoras como: “no te preocupes, aún no era un ser humano”, o “era necesario por tu situación económica”, o “qué habría dicho la gente si vieran a la hija de fulano embarazada”, o “pobre tus padres, tantas cosas buenas que esperaban de ti y salías con esta trastada”, etc., etc. Un millón de cosas que decir para justificar, pero ninguna que logre tranquilizar, seguramente porque en el fondo cada vez que se comete un crimen sigue resonando la voz de Dios a Caín: “Habla la sangre de tu hermano y desde la tierra grita hasta mí» (Gen 4, 10).

Seguiremos tratando sobre este tema la próxima semana porque importa también el que por estas otras razones, que son muy importantes, se dejen de realizar abortos. El aborto, al mismo tiempo que se aniquila a un niño, se aniquila la paz y la tranquilidad de una mujer.  
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