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DOMINGO 4 DE MARZO DEL 2001 / EDICION No. 22300 / ACTUALIZADA 1:30 a.m.

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Desde la Colina Vaticana
Un camino hacia el cambio

J. Dávila y Castellón*

Los políticos, sobre todo en tiempos electorales, hablan mucho de cambio y prometen demasiado, hasta la saciedad, cambiar las cosas. La ciudadanía, por su parte, se queja de que las cosas sigan igual que antes o de que no cambien o vayan cambiando en la medida de lo deseado o prometido. Todo mundo exige, espera y sueña platónicamente el cambio de los demás... pero, lo grave del caso, a menos en muchas ocasiones, es que nada cambia nada, si no es para empeorar. Esto sucede frecuentemente tanto a nivel personal como social. Otras veces, ilusamente, pretendemos que el tiempo sea el encargado de cambiar la situación sin poner absolutamente nada de nuestra parte para que así ocurra.

Pero, la verdad es que, mientras nosotros no hagamos nada para que las cosas cambien, éstas no cambiarán. Más exacta y precisamente: mientras nosotros no cambiemos, las cosas no cambiarán, mientras yo no cambie, mi entorno, mi familia, mi país, todo será igual, nada cambiará.

La Cuaresma es un camino hacia el cambio, así lo entiende el Papa Juan Pablo II, tal como podemos captar si prestamos la merecida atención s su mensaje que, con motivo de la Cuaresma de este año 2001 ha dirigido a todo el pueblo de Dios, invitándonos a una sincera y radical conversión de corazón y de vida, a todos y a todos los niveles.

“Mirad que subimos a Jerusalén” (Mc 10,33). Mediante estas palabras –señala el Vicario de Cristo– el Señor invita a los discípulos a recorrer junto a Él el camino que partiendo de Galilea conduce hasta el lugar donde se consumará su misión redentora. Este camino a Jerusalén, que los evangelistas presentan como la culminación del itinerario terreno de Jesús, constituye el modelo de vida del cristiano comprometido a seguir al Maestro en la vía de la Cruz. Cristo también, dirige esta misma invitación de “subir a Jerusalén” a los hombres y mujeres de hoy. Y lo hace con particular fuerza en este tiempo de Cuaresma, favorable para convertirse y encontrar la plena comunión con Él, participando íntimamente en el misterio de su muerte y resurrección. Por tanto, la Cuaresma representa para los creyentes la ocasión propicia para una profunda revisión de vida”, sostiene el Sumo Pontífice.

En esta Cuaresma el Papa nos invita a “subir a Jerusalén” con Jesús, a imitación de Él; algo sumamente oportuno en estos tiempos en los cuales se vive la cultura de la comodidad, de lo fácil, se rehúye el sacrificio, se busca vivir una vida placentera y muelle, indisciplinada y desprovista de toda consistencia moral y espiritual. En otras palabras, se reniega de la Cruz, que equivale a decir de Cristo mismo, hasta cierto punto, pues no se puede dar un cristianismo ni un seguimiento de Cristo sin Cruz. El rechazo de la Cruz presupone el rechazo del amor; rechaza la Cruz quien se muestra incapaz de amar. El rechazo de la Cruz de Cristo, de sufrir en su nombre, de morir a sí mismo en función del bien ajeno, tal rechazo, constituye la raíz y la fuente del más craso egoísmo y es origen de tremendas injusticias.

El Papa ataca la postura nada profunda de ciertos creyentes ante la oferta de salvación: “En el mundo contemporáneo –señala Juan Pablo–, junto a los generosos testigos del Evangelio, no faltan bautizados que, frente a la exigente llamada para emprender la “subida a Jerusalén”, adoptan una posición de sorda resistencia y, a veces, también de abierta rebelión. Son situaciones en las que la experiencia de la oración se vive de manera bastante superficial, de modo que la Palabra de Dios no incide sobre la existencia. Muchos consideran insignificante el mismo Sacramento de la Penitencia y la celebración eucarística del domingo simplemente un deber que hay que cumplir”, cuestiona con claridad el sucesor de San Pedro.

La Cuaresma es camino hacia la conversión. ¿En qué voy a cambiar con la gracia divina?, quizás en no ser tan superficial frente a las cosas de Dios.

*El autor es profesor de Teología.  
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