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Prosema
Albinoni / Adagio
Francisco Valle
Medianoche de otoño. Canta el misterio su elegía con paso de cortejo. Llega despacio la música como un leopardo, pisando cielo entre amapolas húmedas. Faldellines, hachones y brocados. Desde el centro de las tinieblas espesas avanza un verdugo con caperuza. La princesa menstruante, los puentes levadizos, el neblí enmascarado. Un manuscrito con poemas envejece abandonado en el enmohecido fondo de un arcón. En la sala principal del palacio un ataúd de fresno suda lágrimas vivas, rodeado por un círculo de perros chatos. Cadencias para el desastre, para sellar lo concluido. Noche y ceniza, la piedra que me cubre. Y el suicidio de la irrestañable música labrándose en ternura de astros y violines excomulgados (¡piadosa majestad de Zurbarán! ¡cúpulas de luminosidad y cielo en el Toledo de Narciso Tomé!) —perdurando sobre la mesa las copas vacías y las frutas marchitas, memorias que aún afirman su presencia en la nostalgiosa y predilecta soledad de esta habitación serenamente abandonada—. |
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