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Félix Navarrete N., sísifo de la literatura
Félix Javier Navarrete
En el dieciocho aniversario de su muerte
Escribir sobre mi padre en su faceta de escritor, puede sonar presuntuoso, y hasta extemporáneo para aquellos que lo recuerdan y lo han ubicado dentro de la generación de escritores nicaragüenses desaparecidos, como para ya sepultarlo.
Sin embargo, cada vez que me asomo a sus poemas, cuentos y artículos de opinión dispersos en periódicos, suplementos viejos y manuscritos amarillentos que he venido recuperando a lo largo de estos años con mucho esfuerzo, llego a la conclusión de que su obra debería ser motivo de investigación por su calidad literaria y su vigencia, a pesar de que han transcurrido dieciocho años de su fallecimiento.
Confieso que cuando observo la manera desenfadada con que sus colegas se han olvidado de mi padre, en su faceta de escritor, reduciéndolo a un personaje bohemio y anecdotario, sospecho que sigue habiendo, más allá de su muerte, una tácita censura sobre su obra.
Una tela de silencio sobre su quehacer literario. Una orden nacida en las infinitas entrañas de la mezquindad humana, para no recordarlo con justeza. Una manera sutil de despreciarlo como poeta y admirarlo como bohemio. Es terrible decirlo, pero es la verdad. Algunos amigos dizque admiradores de su obra, recuerdan con nostalgia algunos de sus poemas y cuando me miran hasta me los recitan. Pero ninguno se atreve a rescatarlo.
Es como tocar un avispero o el botón de un misil nuclear. Es como si atentaran contra ellos mismos. Me pregunto ¿quiénes deciden realmente la vigencia de un escritor? ¿Las cofradías o los lectores? La respuesta es obvia: su obra. Pero cuando esa obra, por diversas razones, no goza de la proyección necesaria, y se añade a ella un elemento de olvido deliberado, que no es otra cosa que la mezquindad humana, se realiza un crimen literario.
Félix Pedro Navarrete Noguera nació en Managua el 18 de octubre de 1943, y murió el 28 de junio de 1983, a los escasos 40 años. Fue víctima de un crimen literario ejecutado por el mismo sistema que él ayudó a construir desde su utopía política.
Hasta el momento, la única referencia valorativa a su obra la ha hecho Jorge Eduardo Arellano, en su Panorama de la Literatura Nicaragüense. Su mención es brevísima, motivada más por un acto de deferencia que por las pruebas remitidas. “Otros poetas de entonces merecen citarse: Félix Navarrete, lamentablemente malogrado por fallecer a los cuarenta años a causa del alcoholismo”, escribe con cariño Arellano.
Pero hablemos de su obra. Entre las decenas de poemas dispersos, “El club de los Espectros” —publicado el 2 de agosto de 1975— es a mi juicio, es el que sintetiza su concepción nihilista y dantesca del mundo; su repulsión ante el materialismo consumista, y su crítica demoledora a un mundo cuyo progreso material irónicamente lo degrada y autodestruye. Es su mea culpa, su confesión desgarradora de un mundo irrespirable. Es un epitafio a la vida. Siento un poco el aire de Ginsberg combinado con la ironía de Hermann Hesse y los existencialistas. Transcribo un extracto:
“Cuando anochece vienen los espectros. Ya no se debe procrear ni concebir ni hacer nada.
Puerta palabra sonido son la misma cosa.
Tener que haber caminado en Midway Park haber leído a Mallarmé en su idioma rebuscado en un I Ching los hexagramas que contienen mi tedio terrestre y ahora estar sentado en un retrete con la sangre chorreando por la nariz y los oídos viviendo en el futuro con la cabeza llena de poemas inútiles enseñanzas ídem libracos y filmes ídem.
Posibilidades juntas amaneceres y recuerdos es lo único que me queda y uno insiste en tener que soportar la carga de una ciudad maloliente como si el soportamiento fuera la felicidad o lo que se entiende por eso.
Y a mí me parece que esta vida la he vivido otras veces repetida oxidada transfigurada
Y que ya no tengo nada qué hacer ni qué decir
Me levanto todas las mañanas a lo mismo. Hago lo mismo. El desayuno me afeito me desayuno me afeito Sísifo moderno. Con la piedra en los dientes en los ojos. Clic la cámara nocturna Clic la fotografía de la desesperación humana el palpitar de la vida de la vida en Monkey Park en Atellier House. Después sonará la hora Siempre suena. A su modo a su hora siempre suena”.
Este es el himno trágico de una sociedad que se inmola diariamente en las garras del consumismo. Pero en sus dos opúsculos narrativos, “El Puente y otros relatos” y “Te traigo estas flores”, también el tema de la muerte y de la vida es recurrente, y especialmente, la ironía.
En su obra, la vida y la muerte son temas recurrentes como en todos los escritores, con la única diferencia de que su vivencia cotidiana la trasmutaba con éxito en literatura. Pero también escribió sobre el amor, sobre los detalles que se vuelven complicados, sobre las mujeres y la esperanza.
Cada poema y cada cuento que escribió, lo hizo con la convicción de que estaba escribiendo el último, porque siempre se sintió pasajero, fugaz, peregrino breve de la poesía, y nunca tuvo la aspiración mundana de ganar algún premio o participar en la pasarela de las publicaciones literarias.
Su obra puede reunirse en un libro. La calidad es la garantía de su vigencia. Los que realmente lo conocieron saben que Félix Navarrete fue un escritor comprometido con el hombre y con su obra. Y que si no pudo culminar su carrera literaria, fue porque la guadaña se le atravesó precozmente en el camino, truncándosela parcialmente. Su obra demuestra esta afirmación. |
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