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Narrativa
Un beso,dos, tres…¡
Gloria Hernández Carranza
Una vez más ya era la hora, la esperada de todas las tardes. El tren anunciaba su llegada con un vibrante pitazo. Entonces yo saltaba de alegría, empezaba a correr sin detenerme hasta llegar a cierto punto un tanto distante de la estación. Aguardaba.
Desde ahí podía ver y escuchar todo el movimiento que implica el arribo de un tren: los pasajeros que llegan y los que se van; los vendedores que pregonaban aquellas deliciosas cosadehornos, en sus diferentes formas y texturas —los perrerreques, las empanaditas y las irresistibles quesadillas—; las rellenitas bien calientes que derramaban el queso derretido por sus bordes y que daba pesar cuando se caía un poquito; y por otro lado, el infaltable cafecito percolado, que había que bebérselo de un sorbo porque para entonces no había vasos descartables.
De repente, el maquinista hacía sonar nuevamente el pito. Era momento de proseguir el viaje. Despegaba lento sobre aquellas líneas en fuga que soportaban generosamente a diario, aquella bola de hierro.
En la estación quedaba un tumulto del que se desprendían alegres chascarrillos, las despedidas y el ¡hasta mañana! de todos los días.
Al fin, él. Un beso, dos, tres...
Como siempre, con un paquete en la mano, me tomaba de la otra y nos dirigíamos a casa platicando. ¡Qué felicidad! Él gozaba del aprecio, la admiración y el cariño de todos. En realidad, no era para menos. Fue un gentil hombre, lleno de bondad, radiante de alegría, increíblemente genial, simpático, querendón, cariñoso —especialmente con los niños—, su bandera llevaba dos colores: la humildad y la caridad.
Tenía tipo europeo. Una nariz perfecta, su piel blanca y fresca, algo bajo de estatura, usaba partidito al lado —siempre bien peinado—, sus lentes bifocales le hacían verse serio, pero no. Esos ojos pequeños, rasgados y vivos —color café claro— destellaban siempre amor y bondad.
Definitivamente era un caballero y con una cultura incalculable. Si la memoria no me traiciona, entre otras cosas gustaba de la buena lectura, le encantaba escuchar La Mora Limpia, La Palomita Guasiruca, El Solar de Monimbó, El Güegüense, pero también la música clásica y semiclásica y alguna de la vernácula mexicana.
Amaba el amor, el verde del campo, el cantar de los pájaros y la vida. Aún es mi ídolo. ¡Nos amábamos!
Una tarde, todo se detuvo. La locomotora no anunció que proseguía el viaje, sino su partida —seguramente hacia el cielo—, con un pitazo prolongado y triste. Esa vez no fue un pito vibrante –como el de todas las tardes–, sino más bien un lamento por áquel cuyo corazón había saltado en mil pedazos.
Antes de cerrarse la puerta de su última morada, sólo pude decir: ¡hasta algún día..., Papá!. |
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