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MARTES 26 DE JUNIO DEL 2001 / EDICION No. 22411 / ACTUALIZADA 03:15 am

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La política de Bush Jr. hacia América Latina

Emilio Alvarez Montalván

El tipo de política exterior de los gobiernos norteamericanos hacia América Latina se asocia a menudo con el nombre del presidente que la propuso. Por ejemplo, la Doctrina Monroe (1823); la Política del Buen Vecino de Franklin D. Roosevelt (1933), la Alianza para el Progreso de Kennedy (1964), etc. No obstante y con frecuencia, son los medios de comunicación quienes identifican a esas políticas usando remoquetes peyorativos, como fue “la diplomacia del dólar”, cuando Taft; el “destino manifiesto”, el “big stick” de T. Roosevelt y las “cañoneras” en tiempos de Coolidge , etc.

Esta vez, el presidente George W. Bush presentó en la última Cumbre de las Américas, en Canadá, los fundamentos de su trato con América Latina. Son dos objetivos, que juzga codependientes: La preservación y defensa en el Hemisferio Occidental del sistema democrático y el estímulo al intercambio comercial interhemisférico. Incluso agregó: “Aquellos Estados que no cumplan con los parámetros democráticos, no calificarían para los beneficios económicos que obtuviera la asociación interamericana”...

De todos modos, la última Cumbre de Presidentes de este hemisferio adquirió desde aquel encuentro en Quebec, una categoría práctica, pues se estarían transmitiendo las resoluciones para ser implementadas por la burocracia de la OEA, acusada de inoperante. Lo anterior se deduce de las instrucciones dadas en Canadá a los cancilleres para que preparasen el borrador de una “carta democrática” que reuniría entre otras, las posiciones de Bush. Tal documento se discutiría y aprobaría el mes siguiente cuando la OEA se reuniese en San José, Costa Rica.

Sin embargo, la sorpresa fue que la delegación venezolana respaldada por un grupo de pequeñas naciones angloparlantes del Caribe se opusieran al proyecto, alegando que el texto violentaba el espíritu de la Carta Constitutiva de la OEA. En el fondo, la petición de Venezuela era que se incluyera el término “democracia participativa” como equivalente a “democracia representativa”, tal como lo ha venido proponiendo el presidente Chávez en su versión populista del llamado Estado Bolivariano. Al final, el Canciller venezolano retiró sus objeciones al proyecto y todos convinieron en pasar el asunto a la próxima reunión, en octubre, de la OEA.

El problema de fondo de esta controversia aparentemente trivial o semántica es que si bien se fueron en América Latina los dictadores y el clientelismo fomentado durante la guerra fría, quedaron los caudillos autoritarios, los caciques populistas y maniobreros y desde luego, las élites autoelegidas, fuerzas criollas que tuercen u obstaculizan la democratización legítima. Esa fue la línea de Fujimori y ahora la intenta Hugo Chávez y lo que ahora preocupa a los EE.UU. con un triunfo sandinista en las elecciones de noviembre. Este fue el sentido del discurso del embajador Lino Gutiérrez en Managua.

En cuanto a acelerar liberándolo, al comercio interamericano ya bastante activo, es claro que la firma del ALCA está lejana. Para empezar, el presidente Bush carece de poder para iniciar negociaciones rápidas. En ese sentido la defección del senador por Vermont, Jim Jaffres, que produjo la pérdida de la mayoría republicana en la Cámara Alta, vuelve el trámite del “fast track”, más engorroso.

Por otra parte, están las reticencias brasileñas a involucrarse en un libre comercio con EE.UU. Además sigue grave la crisis económico-social en Argentina, mientras por otra parte, la Unión Europea está empeñada en llegar primero a firmar el codiciado tratado de libre comercio con Mercosur.

Lo que favorece ahora la idea de implementar “democracia y comercio” en las Américas, es la coincidencia de objetivos de Bush con Vicente Fox respecto a América Latina. El Plan Tuxla-Panamá va en ese sentido. Esa vinculación ayuda a quitar toda suspicacia a la política de Bush de activar democracia y comercio en este Continente.

* El autor es analista político.  
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