El calvario de José Antonio Alvarado
Ernesto Rivas Solís
Aclaremos las cosas: éste no es un artículo partidarista. No es pro Alvarado, ni anti alemancista. No es -como es de suponerse- sandinista, ni tampoco es conservador ni liberal. Es simple y llanamente una voz que se levanta para protestar una injusticia producto de un odio personal e implacable, empujado por el poder y la satisfacción de herir a sus conciudadanos, y que es el resultado de la arbitrariedad y veleidosidad de un gobernante a quien no le parece importarle más que la satisfacción de su propia maldad sin tomar en cuenta el daño que le pueda ocasionar al conjunto de la ciudadanía en general, que es a la que supone proteger y defender como primer mandatario de un país que apenas gatea en el andarivel de la democracia.
Además, tenemos que quejarnos también de los pseudo hombres. De los que doblegan la testa bajo al yugo del amo para lograr el banquete de heno que les espera después... o que al menos se les promete aunque no se les cumpla.
Porque la culpa de toda esta injusticia no es únicamente Arnoldo Alemán sino de todos aquéllos que en contubernio con el presidente honorario, cumplen sus deseos sin titubear y sin importarles ni su propia dignidad, ni el bienestar de sus conciudadanos.
Ha sido precisamente para hacer estas cosas, que Alemán realizó unos pactos que le conceden hegemonía sobre todos los demás poderes del Estado.
Estos poderes de Alemán -y de sus compinches los sandinistas- no son del Estado, son instrumentos personales de sumisión, utilizados para cortarle la cabeza a todos aquéllos que se le opongan, o que simplemente “les caigan mal”. Tan sencillo como eso.
El calvario de José Antonio Alvarado ha sido largo y tormentoso. Así como Arnoldo pavimenta las rutas que llevan a sus propiedades, así va colocando piedras en el camino que Alvarado tiene que cruzar. Ha sido tal la maldad que se ha extendido hasta a la familia de Alvarado, a sus amigos, a sus parientes y a sus simpatizantes. Y ha sido tal la reacción, que cada nuevo golpe que asesta Alemán, se convierte en mies que florece en simpatizantes para José Antonio Alvarado. No es que pensemos que gracias a estas barbaridades del gobernante, Alvarado -quien lleva la carga de Vidaurre en sus hombros- pueda convertirlo en el nuevo presidente de Nicaragua, pero sí puede resultar en el debilitamiento de las aspiraciones presidenciales de los candidatos del Partido Liberal Constitucionalista, en contra de cuya voluntad, sigue Arnoldo haciendo de las suyas, porque se hace casi imposible separarlo del conglomerado político que le llevó a la Presidencia. Después de todo, a estas alturas a Alemán le vale un comino que el PLC gane o pierda: él tiene garantizada su impunidad al quedar como diputado en el próximo gobierno, que es lo que le interesa.
Pero lo grave de esta vendetta personal del presidente es que en la explosión de sus propios odios, se lleva de encuentro a todo el pueblo nicaragüense. Su empecinamiento podría, inclusive, llevar a la cancelación de las elecciones de noviembre, por hacerse imposible el cumplimiento del calendario electoral establecido. Expone además a la nación a la incertidumbre y a la posibilidad de disturbios de inconformidad que no hacen sino perjudicar la ya debilitada economía existente en el país. Porque el hombre que supone gobernar, no gobierna, sino flagela. No raciocina, sino odia. No razona, sino que actúa empujado por sus sentimientos envenenados.
De ahí, que el calvario de José Antonio Alvarado ya dejó de ser una cosa personal. Es algo que atañe a todos los nicaragüenses, y no debe existir nadie que considerándose nacionalista, apadrine la injusticia que nace del odio de un mandatario enloquecido. Me parece que el pueblo de Nicaragua -como José Antonio Alvarado- merecen más respeto que ése. Porque eso le puede pasar a cualquiera.
* El autor es periodista nicaragüense.
Reside en Miami. 
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