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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 16 DE JUNIO DE 2001
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Narrativa
Teoría del ego

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Cynara Michelle Medina

A la poeta Blanca Castellón

Claudia Díaz alineó 5 pares de calcetines, el short que usaba en las mañanas para salir a correr y algunas camisetas. Toda su ropa interior cabía en una bolsita plástica. Sus pertenencias indispensables —escasas— fueron colocadas sobre el colchón. Comenzó a empacar una maleta negra, pequeña, que no ocultaba el kilometraje de viajero frecuente.

—“¿Y? no” llevás el saco? ¿Vas a leer en público en tenis y esa camiseta roñosa que te ponés siempre?”

Su ego hablaba. Él creía que la imagen lo era todo.

Claudia no le hizo caso. ¡Siempre era la misma letanía! La eterna diferencia entre las prioridades de ambos.

Había 5 copias del libro inédito de los cuentos por empacar. Esas ocuparían el espacio primordial, junto a las malditas medicinas que Claudia tenía que tomar cada 8 horas. Claudia no quería desperdiciar el tiempo en discusiones con su ego. ¡Se llevaría lo necesario y ya!

Al día siguiente los esperaban demasiadas horas de camino hacia la Ciudad del Sur. Sólo al pensarlo, Claudia sentía dolor en la espalda. Quería dormir porque anticipaba un viaje incómodo, con las piernas encogidas y el trasero achatado.

Pero el ego insistía en su agenda. Los pleitos entre ambos, como una gotera, eran incesantes. Antes de cualquier presentación pública, la tensión subía. La voz del ego lo invadía todo.

El ego parloteaba sin tomar aliento. Claudia era su antítesis: había que sacarle las palabras con una cuchara.

A pesar de las diferencias, Claudia sabía que su ego era un tumor necesario: —“El pobre es un riesgo ocupacional. Si no existiera, yo no me atrevería a presentarme en público, con pito y tambor, para promover el cuento ese que escribí hace tres años, y que nadie me publica”.

A su ego no le gustaba oír lo que Claudia decía en conversación con los amigos en la cocina de su casa. Se resentía, sobre todo, cuando lo convertían en el tema central mientras cocinaban pastas.

—“Qué prosaicos son!” —se quejaba el ego— “encima de lo que ME cuesta ser SU ego, porque tengo que aguantar las críticas de sus detractores, ella me convierte en un aderezo de ensalada. ¡Soy un chiste!”

Algunas veces, Claudia quería estrangular al ego. Hablaba demasiado.

—“¡Qué jode! Siempre es lo mismo: ‘yo’, ‘yo’, ‘yo’. Esta tan hinchado como una pelota en el gimnasio”.

Aquella noche, el ego se durmió cerca de las 3. Insistió sobre el tema del saco y los tacones, pero Claudia no le hizo caso.

—“¡Imagen, Claudia, imagen! ¡Qué frustración! Soy el ego de una mujer que parece víctima de un desastre natural. No me pudo tocar una escritora alta, elegante y rubia”...

Claudia se durmió exasperada, pero triunfante, porque tuvo la última palabra: ¡AGUÁNTATE!

Al día siguiente, el ego estaba en la gloria de la expectativa. “Nos van a llamar ‘poeta’. Si les gusta, nos van a pedir una copia, y hasta con autógrafo”. El ego ya se veía afilando una pluma de ganso. Se relamía los labios, al sólo pensar en los adjetivos que los críticos iban a utilizar para describir el libro de cuentos.

—Pletórico, uxórico, onírico, lúdico, alegórico. Sumamente interesante.

Claudia, por su parte, no tenía ni idea de qué significaba uxórico. ¿Onírico? ¿Sería algo parecido a anoréxico? El ego era quien se deleitaba en arrojar palabras sin sentido al viento, para parecer más inteligente. Él era el maestro del encubrimiento. Muy útil para Claudia, quien no tenía suficiente plata como para comprarse un buen diccionario de la RAE y buscar todas esas palabras.

A las 7 de la noche, Claudia llegó al Palacio de la Cultura en la Ciudad del Sur. Era la sede de la Conferencia de Escritores. Ella casi no conocía a nadie.

El comité organizador esperaba en pleno en la puerta. Le dieron su carpeta, con un efusivo “¿Cómo le va, poeta? ¿Vino bien de Nicaragua? Estamos esperando su presentación de pasado mañana”.

El ego y Claudia sonrieron: —“¡Nos dijeron poeta!”

En el gran salón había unas 50 personas. Bullía la conversación. Claudia captó pedacitos de una y otra parte.

—El último poema de ...

—Es totalmente uxórico

—Y el de ...

—Ese es onírico.

—¿Ya viste mi último libro?

—¿Leíste el ensayo de Manolo sobre ...

—Sí, claro. Manolo es muy postmoderno.

Claudia se sintió como una intrusa en los campos del diccionario especializado.

En el salón había más sillas que gente. El ego creyó que eso era una muestra de consideración por parte de los organizadores.

—“Así los egos no tenemos que pasar toda la noche de pie” —dijo, y se acomodó, muy satisfecho, en una silla a la derecha de Claudia.

El orador principal de la noche era un hombrecito chaparro. Sus anteojos gritaban: “Tengo presbicia”. Sus ademanes, por el contrario, decían: “Uso anteojos porque soy un intelectual y he leído demasiados libros ajenos”. Claudia había oído hablar de él. Era famoso; editaba una revista y sostenía las llaves del reino de los textos obligatorios de las clases de español.

A la izquierda de Claudia, una mujer masculló: “Ese hombre es un perfecto idiota. Se cree la reencarnación del Poeta Niño.”

Claudia nunca había visto al hombre antes. No exudaba sudor de idiota por sus poros de idiota potencial... pero, ¡quién sabe!

El hombre sacó sus papeles de una carpeta de cuero falso. Era su discurso de bienvenida, adjetivado desde la primera línea:

—”¡Compañeros panidas! Bienvenidos a este magno recinto del arte”.

Claudia trató de mantenerse atenta. El hombre tenía una voz aburrida, igual a la música de fondo de los elevadores. La primera página pasó en narración de dificultades.

—“Nos congratulamos porque, a pesar de todo, contamos con la presencia de tantos amigos creadores”.

Durante la segunda página, Claudia se perdió entre las palabras esdrújulas. Difícilmente contuvo los bostezos al llegar a la séptima página. En la décima, no pudo más. El deseo de fumarse un cigarrillo la hizo levantarse con cuidado de la silla.

Otras personas la siguieron. Afuera, comentaron a sus anchas: “El gran panida es un gran idiota”.

—“Cree que uno puede oírlo durante horas”.

—“Y con esa voz de chocorrón que tiene ... ¡uuuhmm!”.

—“Lo que pasa es que ese hombre tiene un ego monumental”.

Claudia se sonrió al oír lo último. Susurró a su ego:

—“¡Ve! No me hagás la zanganada de convertirme en vos”.

El ego respondió:

—“Y vos, no te convirtás en ellos”.

San José, Costa Rica, marzo, 2001.

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‘Pedro Páramo’ tenía un final diferente


Teoría del ego