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Tu sombra me persigue
Julián E. González Suárez
“¿Hasta cuándo se resolverán las cosas de un hombre?”, me dijo cuando estábamos acostados en la cama. En realidad sólo había conversado con ella ocasionalmente en el cafetín de la universidad, con decirte que nunca me atreví siquiera a preguntarle su nombre. Pero cuando estamos acostados en la cama, comencé a desabrocharle la camisa hasta que mis manos se toparon con dos montoncitos de blandas y tiernas carnes.
Después me vi sentado frente al escritorio leyendo la genealogía de los dioses y al lado derecho del escritorio sentadas en las dos sillas que ocupo para las visitas, Clode y Mile, iluminadas con la luz de la lámpara para leer. Pero no conversábamos, sólo estaban ahí como dos estatuas disímiles, Clode, delgada y fina, morena, esquiva y dulce; y Mile, gorda, con su rostro grasiento y salpicado de urticarias, franca y bonachona, y con su risa desparpajada.
De pronto Mile dijo: —”Me voy, son las tres de la mañana”, y como un resorte saltó de la silla la delgada Clode, —”Yo también”, dijo. Dejé la lectura, me levanté de la silla del escritorio y las encaminé hasta la puerta de la cocina y de ahí hasta el pedazo de patio que colinda con la otra casa. Me regresé, pero al parecer la puerta de la sala estaba abierta, al tratar de cerrarla, la fuerza del viento se contraponía a mi esfuerzo, pero al fin logré mi propósito.
Al dejar la puerta, observé que Lucky estaba adentro, dormida, echada en el pedazo de alfombra que mi mujer le ha asignado y no intenté sacarla de la sala, por temor a que otra vez la fuerza del viento no me permitiera cerrar la puerta, entonces caminé de nuevo hacia la puerta de la cocina y salí al pedazo de patio, y del otro lado estaba Clode como un fantasma iluminado por una luz de estaño, me levantó su mano huesuda en señal de adiós, y en ese instante sentí como si una fuerza extraña salía de mis entrañas y se posesionaba de su existencia.
Después, con cierto temor, regresé de nuevo y volví acostarme, y ahí la encontré de nuevo acostada de espaldas con todo y ropa, le besé el cuello con la intención de encenderla, acomodé su cabellera en el hombro y mi pierna izquierda se trenzó con la suya, de modo que la tenía sujeta a mi voluntad, hasta entonces comencé con el ansioso trabajo de despojarla de sus ropas, al desabrocharle la camisa, mis temerosas manos se encontraron con dos bultos carnosos sin protección alguna.
En esos instantes en que la diástole y sístole trabajan desproporcionadamente desiguales, le pregunté si quería tener marido, “tengo marido y cuatro hijos, pero necesito tener marido”, respondió. Ahí fue cuando escuché que alguien entraba a la casa arrastrando los pasos como si anduviera calzado con pantuflas de gamuza, recordé que todas las puertas estaban cerradas y que era imposible que alguien entrara de pronto, traté de levantarme pero ya era demasiado tarde, la sombra se lanzó de plano en la cama y me cayó encima.
Desesperado y con el terror que me invadía entré en una lucha desigual con ella, logré dominarla y darle vuelta, de modo que ahora se encontraba boca arriba y con los brazos abiertos, en esa posición estábamos cuando lo reconocí y entonces lloré desconsoladamente sobre su cuerpo, y le dije: “Sé que has muerto en la ciudad de Quipor, pero estás equivocado, no llegaré a tu vela ni a tu entierro, que la gente de la ciudad y tus dioses te acompañen, tampoco tengo nada que reprocharte, estoy consciente que eras una roca viviente”.
De inmediato ordené que encendieran las luces del aposento, pero en esos instantes desperté nadando en el sudor de la angustia, la desesperación y el temor de encontrarme de nuevo con el terror de la vida. |
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