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Doris Lessing, premio Asturias
(Reuters)
MADRID.— La escritora británica Doris Lessing fue galardonada el jueves con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2001, en reconocimiento a “una de las más indiscutibles figuras de la literatura universal” y a su “apasionada lucha por la libertad”.
El fallo del jurado, hecho público indicó que la obra de Lessing es el resultado de “una vida dedicada a la narrativa”, y se alude a la galardonada como “una apasionada luchadora por la libertad, que no ha escatimado esfuerzos en su compromiso con las causas del Tercer Mundo, desde la literatura y desde la experiencia personal de una biografía azarosa”.
Los miembros del jurado acordaron por mayoría conceder el premio a Lessing por considerarla creadora de “un imaginativo mundo cotidiano” en el que sus personajes, “hijos de la sociedad contemporánea, ofrecen un fiel reflejo moral del siglo XX”, y en el que tienen “especial relieve” las mujeres que protagonizan sus relatos.
Además de Lessing, también aspiraban al galardón la estadounidense Susan Sontag, la poetisa portuguesa Sofía de Mello, el peruano Alfredo Bryce Echenique, y los españoles Alonso Zamora Vicente, Juan Marsé y Ana María Matute, que habían llegado a las últimas votaciones junto a la escritora británica.
El año pasado, este premio recayó sobre el escritor guatemalteco Augusto Monterroso.
El galardón está dotado con cinco millones de pesetas (unos 25,800 dólares), un diploma y una insignia.
Entre política y literatura, una vida no muy feliz, Doris Lessing nació el 22 de octubre de 1919 en la localidad persa de Kermanshash (actual Irán), donde su padre estaba destinado como oficial del ejército británico.
Comprometida con el mundo de la mujer, en 1952 escribió su primera obra de reflexión sobre la condición femenina con el título “Martha Quest”, primera de las cinco que compondrían después la serie “Los hijos de la violencia”.
En esta época, Lessing ingresó en el Partido Comunista, aunque en 1956, decepcionada por la cara oscura del estalinismo, lo abandonaría. Posteriormente, continuó la serie citada con “Un casamiento convencional” (1954), “Al final de la tormenta” (1958), “Cerco de tierra” (1965) y “La ciudad de las cuatro puertas”, de 1969.
En 1962, publicó “El cuaderno dorado”, su novela más conocida, considerada obra fundamental de la literatura inglesa de los años 60 y 70.
“Un hombre y dos mujeres” (1963); “En busca de un inglés” (1965); “Instrucciones para un viaje al infierno” (1974), “El último verano de Mrs. Brown” (1974); “La costumbre de amar” (1983); “Cuentos africanos” (1984); “Diario de una buena vecina” (1987) o “El quinto hijo” (1989), son otras obras de esta autora metódica, amante de los gatos, que trabaja diariamente de ocho a una de la tarde en su casa del barrio londinense de Hampstead.
Autora también de “Si la vejez pudiera” (1988), que firmó con el seudónimo de Jane Somers, y de una autobiografía de la que ha publicado dos volúmenes — “Dentro de mí” (1994) y “Un paseo por la sombra” (1997)—, a los 80 años escribió “De nuevo, el amor”, un relato intimista en el que hace incursiones en los tabúes o miedos sociales acerca del amor y la vejez.
Ha escrito varias obras teatrales, en 1997 publicó “Mara and Dann”, sobre su hermano y su hijo John.
Merienda en el Campo
Doris Lessing
Hoy me llevaron a ver las pinturas de los bosquimanos a unos kilómetros de Harare. Una vez más, avanzamos en coche a través de ricos barrios residenciales, luego ricas tierras rojas, luego Zona Comunitaria. Ésta es comparativamente acomodada. La mayoría de las familias tiene, como mínimo, uno de sus miembros que trabaja en Harare, y el dinero vuelve aquí. O hay cultivos de venta inmediata en estos pequeños y bien trabajados campos que se aceptan para la venta. Hay todo tipo de habitáculos, desde la antigua estructura de grupos de cabañas hasta las nuevas torres de una planta de ladrillos, en jardincitos, con coches delante.
Para llegar hasta las pinturas tuvimos que girar por una calle embarrada, donde se nos desplomaba granito de todas partes, en forma de precipicios, colinas y montones de cantos rodados apilados.
Surgía calor ardiente del granito y de estar debajo de un cielo donde no había ni una nube. La carretera atraviesa pueblos, donde, si hay un coche, es muy probable la presencia de visitantes de las pinturas. En la actualidad, hay planes para reunir pequeños grupos de turistas, cuidadosamente seleccionados, que pueden permitirse pagar bien.
Como siempre, hay un choque entre la necesidad de cuidar estas pinturas, que se estropean fácilmente, y el imperativo de conseguir divisas.
La carretera se redujo a unas marcas de ruedas a través de hierba desigual. Pasamos por delante de gente sentada bajo árboles, que nos saludaron. Les saludamos, con una sensación de extrañeza por estar allí. Unos setecientos metros más adelante, se acabó la carretera, aparcamos, y subimos por laderas agrietadas, cubiertas de cantos rodados, a través de piedras de granito que siempre parece que se van a caer, pero nunca se caen, hasta un incipiente precipicio donde te levantas y luego te arrastras hasta un reborde donde en un tiempo los bosquimanos pintaron en un saliente bajo. Y aquí ves por qué quedan tan pocos de estos vestigios rocosos del pasado. Había algunos en nuestra granja, figuras enérgicamente medio borradas, en la parte interior de una roca. Sufrieron vandalismo, destrucción deliberada. Recuerdo ver escolares tirando piedras a la pared de una roca llena de pinturas, una y otra vez, hasta que se desportillaban, se rompían. ¿Por qué? ¿Por qué estaban allí? ¿Qué significa esta necesidad de destruir?
Hay graffiti aquí, torpes garabatos, una figura de palo como las primeras tentativas de un niño: En esta ocasión, es la gente local la que se ha empeñado en mutilar esta galería de dibujos vivos.
Están hechos con tierras coloreadas o con líquidos de plantas y han sobrevivido cientos de años.
Elefantes, distintos tipos de antílopes, grupos de cazadores con sus flechas, todos con la inmediata y viva sinceridad que ves en un dibujo hecho por un maestro japonés: Una media docena de líneas que dan una flor, un rostro.
Los expertos discuten sobre el sentido de estas escenas, de estas figuras. El problema es que las miramos con nuestros ojos, y no hay manera de saber, digamos, cómo aquella gente veía el mundo.
Estoy con un experto que probablemente es el que más sabe del mundo. No está de acuerdo conmigo: No podemos descubrir cómo pensaban ni comprender su cosmología a través de estas pinturas.
A veces, al lado de un experto, dices algo casualmente y te enteras de que has tocado un aspecto sobre el que la gente ha Estado discutiendo, especulando, durante años.
Quizá a ti te guste la idea de que no les comprendemos, pero ¿no podemos comprenderles?, dijo él.
Es cierto; hay algo inquietante en el pensamiento de que han existido pueblos esforzados y fructuosos y no tenemos ni remota idea de cómo vivieron lo que nosotros denominamos la realidad.
De espaldas a las imágenes que sobresalen te quedas en lo alto, divisando un paisaje que se extiende en kilómetros, hasta colinas, montañas, hasta el borde del cálido cielo azul. Debajo hay dibujos de campos; aquellas líneas que separan los campos, ¿son sierras curvadas o cercados? Si son cercados, o setos, entonces no es un concepto africano, pero tampoco las sierras curvadas lo eran. La gente que hizo estas pinturas, gente menuda, gente baja y achaparrada hecha para la dificultad, estuvo aquí mucho antes de que los africanos de esta época avizoraran este paisaje y vieran... ¿qué? ¿Cómo podemos saber si vieron lo que nosotros vemos?
Quizá cuando miraron las colinas, valles, árboles, se hicieron con lo que vieron en una forma que nosotros no comprendemos, como los aborígenes en Australia pueden ser parte de un paisaje a través del canto. Quizá, avizorando, de espaldas a las pinturas que habían ejecutado, ellos eran el paisaje, eran lo que veían. En ocasiones la gente de hoy tiene destellos o momentos, que son como si formaran “parte de todo”, emergen en “todo”; ondean en árboles, plantas, suelo, rocas y pasan a ser uno con ellos. ¿Cómo sabemos que esta condición, que se consigue sólo temporal y ocasionalmente, y por rara gente, no fue su estado permanente?
Discutiendo con gusto sobre estas posibilidades bajamos a través de las rocas hasta el coche, para almorzar. Dos jóvenes negros salieron de las cabañas para recoger amarilla fruta esparcida por el suelo, caída de los árboles mahobahoba, que allí crecen en una arboleda. Es lo que pretenden que están haciendo, por educación, pero la verdad es que quieren contemplarnos. Disponemos fuentes de loza, cuchillos y tenedores, vasos. Sacamos pollo frío, ensalada y zumo de naranja. ¿Les invitamos?
Pero se mantienen lo bastante alejados como para que esto resulte raro. Además, no hay bastante para cuatro. Comemos, mientras ellos deambulan por el lugar, mirando, mirando, agachándose para recoger una de las amarillas frutas, se la llevan a la boca, se agachan de nuevo, se levantan para desperezarse y bostezar y largarse, con la pretensión de indiferencia... y luego vuelven a recoger fruto y nos contemplan.
Olvidamos que aún resulta raro para la gente pobre lejos de la ciudad observar las vidas de los blancos ricos u, hoy en día, de los negros ricos.
Miran algo inalcanzable dice mi compañero, señalando el gran coche norteamericano, hecho para una vida en carreteras difíciles, y la cesta, las fuentes, los vasos, la cubertería. Ya tienen veinticinco años, y no son lo bastante jóvenes como para tomar parte en la revolución educadora de Mugabe, que dice que cada niño, chica o chico, tiene derecho a estudios secundarios. Probablemente han ido al colegio cuatro o cinco años. No tienen trabajo. Sueñan con la buena vida en la ciudad.
Nunca tendrán un coche y una casa de ladrillo con ventanas con cristales y cortinas y un traje con chaleco.
Cuando acabamos de comer, lo recogimos todo en la cesta, enterramos la basura en un agujero bajo una roca, pero dejamos el pollo en un trozo de papel sobre una roca. Dejarlo parecía un insulto. No dejarlo, parecía cruel. Sólo la noche anterior, me habían contado una historia de cómo en un pobre pueblo que padecía la sequía, mataron un pollo y se aseguraron de que cada uno de los cuarenta aldeanos restantes consiguiera, por lo menos, un trozo del pollo y algo de caldo con su salza.
Al meternos en el coche, unos mandriles ladraban desde el reborde donde estaban las pinturas. Nos habían contemplado desde un lugar seguro, y ahora se acercaban para inspeccionar el reborde y descubrir qué habíamos hecho, y si habíamos dejado algo. Muy pronto, cuando los jóvenes negros ya habrían vuelto a sus cabañas, los mandriles vendrían aquí para recoger la fruta amarilla, hoy perfectamente madura, puesto que esta fruta tiene su momento de madurez, sólo unas horas, y antes de esto es amarga y áspera al paladar y, luego, limosa, asquerosa.
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