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Narrativa
Idilio de papel
Fernando Centeno Chiong
Lla primera vez que llegó no me llamó la atención. Estaba absorto en las trivialidades de la oficina, y en las elucubraciones banales de los atardeceres.
Revoloteó un poco en el pequeño espacio cuatro por cuatro y se posó un poco más cerca de mí. No tenía nada extraordinario, aparte de dos lunares negros y realzados como en forma de corazón sobre sus amarillentas alas.
Al día siguiente la encontré de nuevo en el mismo lugar y pensé que algún detalle en sus alas no le permitían volar.
La observé y seguí trabajando... — ¿No te molesto?, preguntó...
Acostumbrado a las diferentes manifestaciones del amor y sus reflejos hasta en los seres más inanimados, decidí seguir la conversación...
— No, no me molestas... al contrario, me haces compañía, respondí.
— La tendrás, porque me agrada estar aquí...
—¿Qué es lo agradable?, le dije en tono escéptico, yo no veo nada del otro mundo... un escritorio, una archivadora, un montón de papeles, periódicos por todos lados, cuadros y desorden...
—No. Me agrada por lo que lees...
Volví a ver a mi alrededor y no encontré nada que no fuera extraño del menaje de oficina.
—No leo nada en especial, respondí...
— Lees poemas de amor, contestó con mucha seguridad.
Su respuesta me sorprendió, ya que la última vez que lo hice, habían pasado muchas lunas románticas en el jardín de mis recuerdos.
— Sí, contesté, leo poemas.
— Léeme algo, dijo a manera de rogativa.
La quedé viendo fijamente y detrás de sus negros ojos, observé un hálito de tristeza a pesar de la belleza de sus alas... La noté desaliñada, huérfana de maquillaje y de olor a polen, prófuga de placeres y vuelos etéreos.
En una de las gavetas, y casi siempre a mano para paliar la soledad de las tardes enfermas de nostalgia, tenía varios ejemplares de clásicos románticos, de versos rimados, ritmo y sintonía para enamorados...
Creo que leyó mi pensamiento, pues antes de extraer alguno de ellos, se adelantó...
— Léeme a Benedetti...
Hacía tiempo, cuando las tardes se hacían más largas, reencontré a Mario en el estante de una librería, y me aprendí casi todos los “Poemas para otros “:
“si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo en la calle codo a codo somos mucho más que dos...
Esa tarde, no sé cuántos de estos versos le leí o le declamé y dentro de una ilusión pasajera, quizás recordando, La Dama de las Camelias, o a Darío, le llamé: Margarita.
Con la avidez de un enamorado en su primera salida, consumí la mayor cantidad de versos que pude...
Tal vez ya cansada o aburrida, batió sus alas y se fue...
La tarde siguiente, llegó a la misma hora y repetimos la historia:
“Podés querer el alba
cuando quieras
he conservado intacto
tu paisaje
podés querer el alba
cuando ames
venir a reclamarte
como eras”
— Léeme otro, me decía cerrando sus ojos y ocultando su frágil carita tras sus alas...
“hay diez centímetros de silencio entre tus manos y mis manos una frontera de palabras no dichas entre tus labios y mis labios y algo que brilla así de triste entre tus ojos y mis ojos...
No sé cuánto tiempo pasamos así. Ella llegaba todos los días a escuchar los poemas y últimamente los entremezclaba con los míos porque me daba pena que supiera que era poeta...
“Nunca la espera es tan larga cuando el camino es corto para amarse”
“No hay tiempo para reflexionar porque el vivir se acelera y si alguna vez dejas de amar no importa, apaga la hoguera.”
Me tenía encantado. Esa es la palabra. Encantado. Cada vez que llegaba por las tardes la buscaba y si no, la esperaba para iniciar nuestro encuentro con versos y poetas.
No sé quién se encantó primero, pero nos buscábamos el uno al otro y nos embriagábamos con poemas...
Rebuscaba libros en los anaqueles de las viejas librerías, la mayoría anémicas de romance... y comencé a citar a Chichí, poeta granadino, bohemio y enamorado.
“El amor no conoce el aroma del ocaso
Hacer el amor es cumplir con el rito de la Eucaristía
Del martirio y del júbilo
cumplir el secreto recóndito de la alquimia
del alma y del cuerpo...
El amor es una mesa servida de virtudes...”
Había encontrado en Margarita, aliento y musa, sol y luna, amor y vergüenza...
No sé cuántos poemas leímos juntos y mientras las noches caían sobre sus tiernas alas...
Luego pasé mucho tiempo sin verla. Pensé que había elevado vuelo para siempre y junto con otras margaritas había regresado al jardín escondido del amor.
Estaba resignado que este idilio de papel sería parte del jardín secreto de mis recuerdos.
Un día y cuando menos lo esperaba, regresó. No me sorprendí puesto que los amores son como los barcos.
— Dónde has estado, pregunté sin expresar mucha sorpresa.
— Me fui a buscar otro jardín... el tuyo ya está lleno de rosas y claveles, tu jardín está florecido y ni los atardeceres sombríos, ni las ausencias de rocío lo marchitarán...
“gracias a vos he descubierto
que el amor es una bahía linda y generosa
que se ilumina y se oscurece
según venga la vida
una bahía donde los barcos
llegan y se van.
Una bahía linda y generosa
Donde los barcos llegan
Y se van...
Margarita levantó vuelo, no sin antes decirme mostrando sus ojos, ahora más brillantes y frescos que cuando la conocí...
¡Gracias por todo,. ahora vuelo mejor...! |
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