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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 9 DE JUNIO DE 2001
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Cuento
El capital de papá

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Eugenio Tórrez Díaz

Mi nombre es Karlos, así, con “K”, y tengo apenas doce años, aunque mamá siempre me llama Karlitos, y papá Karl, como Karl Mark, porque por este filósofo, sociólogo y economista nacido en el mundo viejo me pusieron así; según dice mi tío. A mí me gusta escribir, es mi mayor pasatiempo, y mi hermano que ayer vino del Japón me trajo de regalo una computadora, ahora son tres las que tengo, tiene CD, disquettes, y todo. Voy a comenzar a trabajar en un nuevo sistema y quiero iniciar diciendo que a mí me gusta que me llamen Karl; porque este señor tenía poder económico e intelectual, y a mí me gusta eso, cuando sea más grande quiero ser igual o mejor que Karl Mark o como papá.

Mi papá es político, revolucionario y muy famoso como Santo Tomás o la puerta de Alcalá, él viene desde abajo porque cuando era chavalo como yo vivió en un pueblito bien pobre, en una casita chiquita y muy viejita como la Madre Teresa de Calcuta. En ese entonces mi abuelita tuvo que trabajar bien duro la pobrecita, para poder mantener a sus hijos, ella solita; ya que mi papacito murió bien joven ahogado en la Quebrada de la Luz.

Un día me llevó a conocer el lugar donde nació. Bien fresco, aire puro de montaña, muchos pájaros, ríos, rumiantes, minas abandonadas y mucha vegetación; pero el pueblito estaba abandonado y la casa donde vivió papá se encuentra ahora hecha un museo sin nombre. Y entonces terminé de convencerme con lo “desde abajo”. Lo que pasaba era que como vivimos bien cómodos, como un Kennedy, y tenemos un montón de casas y cosas y buenas amistades y un poquito más, se me hacía difícil de creerlo. Pero ahora no tengo la menor duda, y en honor a la verdad, o en otras palabras, tengo que decir que somos, somos ricos, millonarios, sanos y felices, como una primaveral y alegre canción. Y como si eso no fuera suficiente tengo la dicha de ser novio de una chavala que se parece a Marilyn Monroe.

Yo me siento muy orgulloso de él porque sin él no seríamos nada, yo creo que mi cielo sería de bronce y mi tierra de hierro; pero eso no es así gracias a él. Me parezco tanto a papá; porque con todo y todo nunca estoy conforme.

Una cosa sí les confieso, sin ser un verdadero cristiano, y es que cuando papá se enoja con algún amigo me da miedo, también cuando discute con mi tío que todos los años nos visita para Navidad y siempre me trae algún regalito, también me da miedo. Yo quiero mucho al hermano de mi padre, y a veces he llegado a pensar que es más inteligente que él.

A mí me gusta que mi héroe sea lo que es, y me emociono mucho cuando aparece en Internet, la radio o en la televisión; pero no me gusta verlo descontrolado. Las fotos, banderas, los aplausos, el cariño de la gente, y todo lo que recibe de los demás lo siento como si fueran para mí también. Me hace sentir alto y ungido, como un escogido, porque papá es un escogido “él es un escogido” me enfatiza mamá casi siempre cuando regresamos de celebrar el hito popular. A los elegidos lo escoge la gente, ya que Dios no puede hablar, en fin ahora yo sé y mirando de hito en hito de que él cumplirá y terminará su misión con el fin de la elección; porque mi amado padre ha sobrevivido y sufrido más que el Cristo Negro de Panamá. Se lo tiene bien merecido. Yo quiero y deseo que regresemos al sistema de los de abajo para poder tener más.

Ayer lo fui a visitar a su dormitorio de estrellas, trofeos, medallas y otros premios que se ha ganado con sudor, y el pobrecito estaba roncando con la boca abierta, y se miraba bien cansado de tanto trabajar por los demás, tenía en su desnudo pecho un grueso libro color café de Carlos Mark, titulado “El capital”. Se lo quité con suavidad para no despertarlo y lo puse en la mesa de noche, cerca de la foto de la Virgen del Socorro y de mi hermano Jonás. Y de pronto se me metió en la cabeza que ese libro puede ser la clave para hacer mi propio capital (porque él mucho lo lee) y así poder ser rico, revolucionario y famoso como Presley o Karlos Mark.

Ya voy a cerrar el sistema y también voy a guardar los cambios para grabarlos en el disco duro de mi procesador, porque mañana tengo que levantarme temprano para ir a clase de español en Nueva York, y de paso me voy a llevar este libro en mi maleta de mano, o mejor le voy a decir a mi madre que le diga a Jaime que me lleve en el avión privado, para que a papá no le dé tiempo de regañarme por lo del libro, es que a él no le gusta que le toquen sus cosas.

Ahora, aunque él todavía no lo sabe, yo quiero ser como él, tengo que ser como él, acaso no soy el hijo del elegido. La generación de papá ya pasó, al igual que el viejo sistema de mis otras dos computadoras y ahorita pensándolo bien, las voy a vender baratas en la institución que tiene mi hermana mayor.

Bueno, ahora que estoy en un nuevo programa quiero terminar diciendo, que el tiempo moderno es joven y me pertenece, y que estoy definitivamente convencido como el bíblico Abraham, que mi capital va a ser mayor o igual que el de Linda McCartney, Castro y la princesa Diana o como el capital de papá.

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Idilio de papel


El capital de papá


El perseguidor