Desde la cueva
El béisbol del recuerdo
Tito Rondón tito.rondon@laprensa.com.ni
Vi mi primer juego de béisbol en 1947, a los seis años de edad. En ese entonces vivía yo en el Paraíso Terrenal, o sea, en una hacienda en Chontales.
La vida era lenta y soñolienta; el trabajo marcaba el ritmo de las horas y el paso del tiempo. Los campistas se despertaban a las tres de la madrugada para “ir a traer las bestias” y ensillarlas, para estar al amanecer en el lugar donde iban a realizar las tareas del día.
Por supuesto, se acostaban temprano. Quedaba un cachito de tarde para descansar.
Un buen día se rompió la monotonía, y ese trocito de tarde se llenó de una actividad febril. “Hay que rozar el campo”, “hay que hacer la enramada”, “hay que practicar”, se oía. Desde las ventanas veía yo todo el trabajo que no existía antes, y sobre todo, sentía entre la gente una gran excitación, nacida de la anticipación. Y no sabía por qué.
“Es que vamos a jugar ‘baibol’”, me explicó alguien. “Vienen del ‘pueblo’ (o sea la cabecera departamental, Juigalpa). Vamos a jugar contra el ‘Pepsi Cola’”. (Si es venado, ya cumplió 54 años...).
Tenía que averiguar qué era eso del ‘baibol’. Los grandes practicaban muy en serio, con las manoplas “Pantoja” traídas de Managua, y los chavalos con alguna bola de hule. Los más pequeños mirábamos...
El día anterior por conferencia telefónica se arregló que el árbitro sería don Plácido Mena, quien aunque era administrador de la finca era honrado a cabalidad y todos lo sabían. También le llegaron los informes a mi papá: “Ya llegaron las vende-güaro, están en ‘La Garita’”. “Que no haya abusos, no le den mucho a los que tienen ‘mal guaro’”...
El primer vehículo en llegar fue el “jeepón” de la Guardia, con tres efectivos. Uno para cada barra y el tercero en medio... El segundo vehículo era un camión de la embotelladora, que traía a los peloteros con la barra más cercana (patrocinadores y parientes).
Detrás otro camión igual, con las vendedoras de cajeta, vaho, cigarrillos, caramelos, peines y demás, y el grueso de la barra visitante.
Para mis ojos de niño lo que siguió fue una lucha titánica. El lanzador tiraba la bola con velocidad endemoniada, el bateador contestaba con una línea violenta. El fildeador usaba su cuerpo para parar el misil, lo recogía y lo enviaba a la base apropiada, no necesariamente con puntería.
Los más robustos de los bateadores (Chu María Rueda, Zenón Cundano, Lolo Bonilla, Mártir López) dieron batazos que después --me daría cuenta-- eran de unos 400 pies; Mártir cayó en un hoyo profundo haciendo una atrapada que ya la quisiera ESPN para los “web gems” (y no se fracturó), y al final, cuando vino el inevitable pleito en el séptimo episodio y alguien “levantó campo”, ganaban los visitantes 32 a 24.
¿Cómo no enamorarme? 
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