Cosas Veredes Sancho Amigo
Camilo Zapata, el hombre de los nombres olvidados
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 | “No me siento un guitarrista ni siquiera regular, lo que pasa es que me acompaño bastante bien mis canciones, y por eso creo tener alguna aceptación”, dice humildemente nuestro “Clarinero Mayor” |
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Camilo Zapata. |
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Mario Fulvio Espinosa mariofulvio.espinoza@laprensa.com.ni
Sentado en el quicio de la puerta de una casita humilde ubicada en la Calle del Aluvión --allá en la Managua de los años veinte--, un muchachito flaco y conchudito mira pasar, como embobado, la corriente de agua y lodo que baja de Las Sierras como remanente de un reciente aguacero.
De la contemplación pasa al juego, pues ha encontrado unos palitos de zacate de escoba que parte en pequeños trozos que va colocando, uno por uno, sobre la corriente. En su imaginación, son barquitos que se alejan presurosos hacia un puerto que sólo cabe en su mágico mundo de niño.
Es Camilo, Camilo Zapata, el managua que cabalgó en el incomparable Caballito Chontaleño, que le prestó su “relación” al Zanatillo Clarinero para sacarse una espina que tenía en el corazón, capaz de bailar el son nica en la punta de un ciprés, en el mero Solar de Monimbó, y que se enamoró como salesiano de la Minga Rosa Pineda --la de la risa de seda--, de la cual sospechó infidelidad cuando la susodicha no se dejó retratar de perfil.
DE LA CALLE DEL ALUVIÓN A VALLE DORADO
Han pasado más de setenta años de aquella escena de la Calle del Aluvión, que después se transformó en la flamante Avenida Bolívar. Ahora Camilo vive en Valle Dorado, sus cuatro hermanos mayores, con el paso del tiempo, pasaron a mejor vida. Vive con uno de sus hijos, tarareando canciones y grabándolas en su diminuto estudio. Físicamente se ve muy bien, pero asegura “que padece amnesia” y que ya se le olvidan algunas cosas, fechas y nombres.
“Nací el 25 de septiembre de 1917. ¿Qué cuántos años tengo? Pues no sé, generalmente ya no hago cuentas para no afligirme, así mejor... dejémoslo ahí... Pero volviendo a la inicial, como se dice en béisbol, mis padres vendieron aquella casita y compraron otra en el Barrio San Pedro, cerca del cementerio de ese nombre. Viviendo ahí, comencé mi primaria en el Colegio Bautista, hasta que por circunstancias determinadas estudié telegrafía.
Para el terremoto de 1931 yo estaba cipotón. Ese 31 de marzo estaba jugando béisbol con mi gavilla en un potrero que quedaba en la esquina suroeste del Bóer, ahí había una bodega donde guardaban tractores y otros chunches, cerca vivía una familia de apellido Robleto.
Precisamente, cuando iba a batear, pum, caigo sentado en el terreno, y veo a la gente que vivía en el bodegón salir en una sola carrera gritando: “¡Terremoto! ¡Terremoto! Yo estaba aturdido, no sabía por qué gritaban hasta que volví la vista en dirección al centro de la ciudad, y sólo vi una enorme nube de polvo. Corrí desorientado hacia el lado de un teatro que había por ahí, pasé brincando sobre las ruinas y sobre los muertos entre aquella polvareda, sentía que todo estaba al revés, hasta que me encontró mi mamá que había salido a buscarme. Dichosamente no hubo desgracias en mi familia, pero la casa se derrumbó, entonces llevamos camas y frazadas al potrero de béisbol, y allí vivimos a la intemperie durante varios días.
¿Qué recuerdos tiene del general Sandino?
Como le dije, yo estudié telegrafía y estaba ansioso por trabajar. Me asignaron Muy Muy, pero cuando me disponía a viajar ocurrió la muerte del General, ya no pude hacerlo, pues en aquella región había lo que Somoza llamaba “la pacificación de Las Segovias”. Cuando me dieron humo blanco me voy encantado, pero me mandan en un camión de carga, voy sobre unos sacos, en un camino malmatado, zarandeado y golpeado. Llegué a Matagalpa en un estado lastimoso, y me hice presente en la oficina de Telégrafos. Al día siguiente me dieron un caballo, pero yo no sabía andar a caballo, pero haciendo de tripas corazón salí al día siguiente para Muy Muy, el viaje me pareció larguísimo, me dolían las piernas y el fundillo, pero me consolaba imaginando que iba a tener toda una oficina para mí. Pero cuando llegué vi que aquello era un cuchitril sucio, con una mesa desvencijada, un biombo de periódicos y una cama de mecates. Me puse a trabajar en medio de penalidades, pero no aguanté y pedí mi relevo. No me hicieron caso, entonces huí en el mismo caballo. En Matagalpa abandoné al animal y me metí a un camión que me trajo a Managua. Allí quedó olvidada para siempre la telegrafía.
¿Cómo inicia la puntada musical?
Son recuerdos muy lejanos, muchos nombres se me han olvidado. Estoy padeciendo de amnesia. Me acuerdo, sí, que en el auditorio del Colegio Bautista había un piano que yo llegaba a travesear. Don Arturo Parajón, que era el guía espiritual de los bautistas, trató de enseñarme. Me gustaba ponerme a disparatar en el instrumento, y las muchachas me rodeaban, y me sentía importante. Yo tocaba de oído. Estudié música, pero no completé cursos, me quedé sin solfear, pero me creía muy compositor.
Para satisfacer mis sueños artísticos llegaba a cantar a la Radio Rubén Darío, la primera emisora que hubo en Nicaragua, tenía muchos radioyentes, y una vez llegó una carta procedente de San Pedro Sula, en la cual una señorita hondureña llamada (...?), me felicitaba. Yo no me explicaba la situación porque sabía que la emisora era local y que sólo se oía en Managua, pero el dueño de la misma, que se llamaba (...?) me explicó que a veces la onda corta podía superar distancias al rebotar contra las capas ionizadas de la atmósfera.
¿Cuándo aprendió a tocar guitarra, don Camilo?
Eso se me metió de repente, y sin que mis padres lo supieran corría para unas cantinas que quedaban por el Panteón del Bóer, donde llegaban unos picados a tocar guitarra. Yo me quedaba ahí viendo los signos que hacían y los practicaba después en una guitarrita que me regaló mi mamá.
Después se me metió la idea de hacer canciones. Las hacía de una manera disparatosa, recuerdo la primera que hice, decía así:
Vivo en un rancho elevado casi cerquita del sol donde no existe pescado pero hay tortillas con queso y pinol.
Eran verdaderos disparates, pero por lo mismo fáciles de recordar, pegajosos. Recuerdo que mi hermano mayor, Benjamín, era aficionado al teatro y había organizado un grupo teatral que llegaba a ensayar a la casa.
Una vez estaban platicando sobre Chontales, sus quesos, leches, vacas, caballos y gente. Yo me sentaba en el suelo a escuchar la plática, y en una de tantas se me ocurrió hacerle una canción al caballo chontaleño. No conocía nada de Chontales, pero salí avante porque la canción sólo decía tonterías, pero logré mejorarla y cantarla por la radio, y al fin quedó tal como se escucha hasta hoy.
¿Desde entonces se dedica a componer?
Pues no. Como le dije, yo cantaba en un programa de Radio Darío, y una vez llegó a buscarme un ingeniero que se llamaba Tomás (...?). Me dijo que le gustaban mis canciones y que por aquí y que por allá. Me preguntó cuánto ganaba, yo le dije que cinco pesos. Entonces me dijo: Ya está, quiero que sea mi cadenero. Pues no voy a poder, le dije, porque me imaginaba que tendría que arrastrar alguna pesada cadena de hierro y yo era muy débil. ¡Cómo no!, me dijo, usted va a poder, mañana llegará un coche por usted y nos vemos en la Planta Eléctrica.
Así fue. Llegué a la Planta y allí había otras personas aspirantes a un trabajo. Entonces llegó un ingeniero y dijo: “Bueno, cada quien toma sus herramientas”. Usted que es cadenero, agarre la cadena. “¡A la madre!”, dije, y buscaba la cadena por todos lados, pero no la encontraba. Y le pregunto: “¿Pero dónde está la cadena?” “Ahí está” --me dice--, y yo me hacía el loco, y resulta que era una cinta metálica de medir metida en una caja de lata. Así me hice cadenero, aprendí después a dibujar, a hacer el trazado, los perfiles, etc. Y cumpliendo esa labor anduve mucho tiempo trabajando en la carretera que viene de Jícaro Galán al Espino, y luego en la construcción de una Base Naval de Estados Unidos que estaba en Corinto. Soy jefe de topógrafos, y concreté estudios en las Escuelas Internacionales.
Luego me dediqué a hacer trabajos particulares, en proyectos de riego, y en las bananeras de la Standard Fruit Company, en Chinandega.
Me imagino que en Chinandega hizo latrocinios amorosos, pues muchos creen que usted es de esa ciudad.
Tuve vario amores de los cuales no me acuerdo mucho. Como era muy tímido, mi método era que me hablaran primero. Mi primer amor era de Ciudad Darío, y precisamente cuando jalaba con ella fue que me trasladaron a Honduras, después tuve otros amores pasajeros.
Entonces, ¿cuál fue la mujer que le dio el sopapo definitivo?
Eso fue en Chinandega. Ella se llamaba Lila Quiñónez, y con ella tuve cuatro hijos, todos varones. Dos viven en Estados Unidos, otro trabaja pare el FISE, y el otro, Rodolfo, es el que vive conmigo en esta casa, pero la casa es de él.
Y eso de la Minga Rosa Pineda, ¿qué ligazón tuvo con ella?
No es una persona real. Mis canciones son ideas, no hay nada en ellas de histórico ni de recuerdos. Puede que exista en Nicaragua alguna Minga Rosa Pineda, pero en ese aspecto nada tiene que ver conmigo.
En verdad me siento realizado, aunque el arte apenas sí me ha dado para sobrevivir. Sigo componiendo, es bastante grande la producción que dejaré aunque por diversas circunstancias algunas se han perdido.
NO HA PODIDO "CAPITALIZARSE"
Gracias al “Caballito Chontaleño” ha recibido muchos homenajes de parte de los ciudadanos de Chontales.
Don Camilo fue amigo de Erwin Krüger y de Pepe Ramírez, el mejor guitarrista de su tiempo.
“El problema de los compositores no es componer, sino financiar sus propios discos.”
“El arte me ha dado sólo para sobrevivir, no he podido capitalizarme ni tener otro negocio adjunto.”
SUS CANCIONES
Entre las composiciones más populares de don Camilo, figuran: El Caballito Chontaleño, Minga Rosa Pineda, El Solar de Monimbó, El Zanatillo, El Nandaimeño, Flor de mi Colina, El Arriero, El Marimbero, Teustepe y El Sopapo. 
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