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MARTES 24 DE JULIO DEL 2001 / EDICION No. 22439 / ACTUALIZADA 11:20 pm

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Entre populismo y demagogia

Joaquín A. Pastora

Antes se decía de los políticos: son unos demagogos. Demagogia es aprovecharse del escenario miserable para mentir. Pero ahora este término ha sido suplantado por otro populismo.

El demagogo adula al pueblo y luce en su discurso todos los matices del engaño pretendiendo ser parte de él, siendo todo lo contrario. Pero el populista va más allá de los atrevimientos orales usados en el típico balcón donde con un “chagüite” se gana el poder. El discursante de este estilo diseña paraísos sobre endebles contexturas aunque esté consciente de que su expresión encaja con la ilusión. Pero el populista promete distribuir títulos de propietario sobre tierras que no tiene, valiéndose de lo ajeno, quedando bien ante los electores con “sombrero ajeno”.

Los populistas irresponsablemente condonan deudas a los morosos sin recibir el racional análisis de los casos colectivizándolos, solamente por captar votos de un sector importante de la población como son los pequeños y medianos productores, focos atractivos para los objetivos deseados, no importando que la paternal condonación sea un deplorable factor de disuasión para el desarrollo económico del país. Caso concreto de irresponsable populismo: el discurso prometiendo condonar la deuda de los cafetaleros explotados por el sistema bancario actual, aupando a través de sus agentes la invalidación que justifica y proclama la cultura frentista (nunca sandinista) de no pagar. Al populista no le importa que semejante maniobra dañe el porvenir económico, no sólo de la nación sino de los propios cafetaleros. No le importa la desestabilización del Sistema Financiero Nacional, sino la estabilización de su posición política.

No le interesa tampoco la política crediticia internacional en un país acostumbrado a extender la mano en circunstancias en que cada vez más se debilita su capacidad de exportar en la ingente tarea de procurar mayores réditos en “la moneda dura”, que nunca dejarán de invocar desdichadamente los “países subdesarrollados”. Al populista no le importa crear fisuras en las disciplinas del crédito internacional.

El populista se vale de la ignorancia y la ignorancia o quizá mejor su ingenuidad cree en todas esas promesas desde el fondo de la amargura.

Si hay algo cierto es que la economía de Nicaragua ha venido arrastrando los peores retrasos desde los años ochenta, tiempo en el cual se impulsó este tipo de economía populista, valiéndose del instinto primitivo de lo conocido como “masas”.

En el populismo el pueblo siempre tiene teóricamente la razón, más nunca en el terreno de la realidad. Una vez logrado el poder, las masas, los pobres se “van al carajo” y quedan solamente como entes utilizados, con valor sólo para llenar las plazas y alzar las pancartas, como aquella “Trabajadores al Poder”.

Siendo el populismo el otro nombre del fascismo y uno de los tantos factores que tienen a nuestra economía en el suelo, es prudente reflexionar sobre la presencia de los males, esos fantasmas que nos persiguen desde hace mucho tiempo.

* El autor es periodista.  
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