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SáBADO 21 DE JULIO DEL 2001 / EDICION No. 22436 / ACTUALIZADA 11:30 pm

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Blanco y Negro
“No vuelvo a beber” o seré buen presidente

Eduardo Enríquez
eduardo.enríquez@laprensa.com.ni

Hace poco le dediqué una columna a don Daniel y a sus promesas, por eso, en esta ocasión quería escribir sobre algo diferente. Error de cálculo de mi parte, pues la verdad es que en estos días lo que está en el ambiente es precisamente eso, la celebración sandinista y el discurso del candidato perpetuo. Así que no pude resistir la tentación.

Cuando escuchaba por la televisión el jueves el discurso de don Daniel, no pude evitar acordarme del viejo chiste de las tres mentiras más grandes, una de las cuales es: “No vuelvo a beber...”, porque de verdad no creo que don Daniel pueda cumplir con los puntos que prometió en su discurso.

No es porque no tenga voluntad, tal vez la tenga. Y no es que no le creo porque lo que está ofreciendo es simplemente todo lo contrario que hizo cuando fue gobernante, pues en realidad todo el mundo tiene derecho a cambiar. Yo no creo que don Daniel pueda cumplir porque, al igual que el que sabe que los tragos le hacen daño, no los puede dejar porque no ha cambiado de actitud. Sigue con los mismos amigos y hace las mismas cosas que inevitablemente lo llevan al mal comportamiento.

Para que en Nicaragua se pueda hacer todo lo que don Daniel y sus amigos tienen en mente, ellos antes tendrían que sentar las bases para la construcción de una nación de verdad, firme, estable, viable. Y ahí es donde viene el problema.

Olvidémonos de la década de los 80. Los sandinistas dicen que esa gestión de ellos no vale porque la tuvieron que hacer en medio de una “guerra de agresión” que no los dejó desarrollarse y más bien desvirtuó su proyecto. Bien.

Examinemos entonces la actitud de don Daniel y sus amigos una vez que pasaron a ser oposición. Entonces ya no tenían la presión del imperialismo y tenían 39 de los 92 diputados en la Asamblea Nacional, para no mencionar la influencia clara en el Ejército y la Policía. Tenían la oportunidad de oro de hacer una oposición que ayudara a sentar las bases de un proyecto de Nación. Pero más bien a ellos no se les ocurrió nada mejor que salir a “gobernar desde abajo”, rompiendo calles, levantando barricadas, armando asonadas y disparando morterazos y balazos. Y cuando el sector más “vegetariano” del Frente Sandinista se embarcó en el proyecto de Reformas Constitucionales de 1995 —probablemente las mejores reformas aprobadas en Nicaragua en el siglo XX— don Daniel y sus amigos los expulsaron del partido.

Pero como si eso fuera poco, en 1996 se repitió la historia. El sector ortodoxo del sandinismo, una vez depurado de los “vegetarianos”, sacó 36 diputados en la Asamblea Nacional, un buen bloque que de mantenerse monolítico hubiera servido para atraer a los descontentos y bloquear la contrarreforma de la Constitución que vino a destruir lo que en 1995 se había avanzado en la construcción de un Estado más institucional.

La bancada del Frente se mantuvo monolítica, pero para desandar lo andado en 1995 y repartirse el poder con los liberales de Arnoldo Alemán. Entonces, ¿cómo se les puede creer que una vez en el Poder, van a verse “iluminados” y a empezar a aprobar leyes que garanticen el fortalecimiento de la democracia? ¿Cómo es posible pensar que con la clase de candidatos que llevan a la Asamblea Nacional —y que hacen mancuerna con la lista de Alemán— se puede comenzar a pensar en que se elegirán funcionarios idóneos para dirigir las otras instituciones del Estado? Pensar eso es ser iluso, pues ya vimos el tipo de gente que eligieron para esos puestos en los últimos dos años y en contubernio con los liberales.

¿Qué tipo de gabinete de gobierno podemos esperar con la gente que rodea a don Daniel? Es cierto que en público no dan mucho la cara, pero son los mismos de la línea dura que lo han rodeado siempre y que no han dado la menor señal de cambio de actitud, todo ha sido del diente al labio.

Aprender a gobernar bien es como dejar de beber, no se puede hacer de la noche a la mañana, y mucho menos si no se ha cambiado de actitud.  
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